sábado, 26 de agosto de 2017

De desiertos lejanos


                Con el gesto derrotado, el alma atormentada por el horror de la guerra y el anhelo de justicia y de redención como obsesión vital , el excombatiente Ethan Edwards, inolvidablemente interpretado por John Wayne en  Centauros del desierto (John Ford, 1956) emprendía un viaje crepuscular hacia la búsqueda de la mirada tierna de una niña, su sobrina, que los indios comanches (salvajes estereotipados en el imaginario patriótico-poético del western clásico norteamericano) secuestraron vilmente, arrebatándole la infancia con una muñeca entre sus manos.


            El personaje de Wayne apenas disimulaba su racismo, odio y aversión hacia una raza, sentimientos que había ido fraguando, a lo largo de su vida, en su lucha militar y sus conflictos interiores. Y el emprender esa búsqueda para encontrar y rescatar a su sobrina junto a un joven mestizo le pone en continuo contraste y cuestionamiento con sus valores más arraigados en un recorrido que se torna una suerte de viaje iniciático, un camino de descubrimiento personal y colectivo donde aflora y se revela la cara más esperanzadora al tiempo que la más terriblemente desgarrada y cruel de la especie humana.

            Cuando, tras todo aquel periplo, Wayne encuentra finalmente a su sobrina en medio del campamento comanche, descubre, desolado, que ya no queda nada en ella de aquella niña que fue. Se trata de una desconocida que se ha inculturado totalmente en la vida y las costumbres de los indios, fiel servidora de una causa bélica ajena a su origen y que reniega y rechaza cualquier vínculo con su vida, su identidad y su historia anterior.
           





               Tras los atentados de la semana pasada en Cataluña, el autodenominado Estado Islámico ha lanzado el primer vídeo en que amenaza abiertamente a España con nuevos ataques, reivindicando las muertes de Barcelona y apelando a la reconquista de Al Ándalus como tierra de califato. Y lo hace un chico español, originario de Córdoba, que se expresa en la lengua de Cervantes y de Cortázar.


            Las reacciones no se han hecho esperar y, después de una semana de shock, de alarma social y de una enorme polarización del pensamiento en la opinión pública y, especialmente, en las redes sociales, parece bastante terapéutico, lógico y legítimo (muy a pesar de algún periodista de El País) reivindicar el humor al ridiculizar la figura de Yassin, "el hijo de la Tomasa", como una respuesta sanadora de una sociedad conmocionada a quienes pretenden sembrar el terror, uniendo esto a la solidaridad con las víctimas y al grito unánime de "No tinc por".

            Muchos han sido los memes, los vídeos y los comentarios ocurrentes e ingeniosos que hacen burla del malogrado camino de un joven que ha sido, como tantos, objeto de la radicalización extremista del yihadismo.

            Sin embargo, pensar por un momento en la figura de esos abuelos que, discretamente, han aparecido en los medios de comunicación rotos de dolor al reconocer en ese terrorista al niño que jugueteaba de pequeño en su casa de Córdoba y que lamentan haber perdido a su hija en el momento en que contrajo matrimonio con un posesivo yihadista radicalizado, me remite a esa escena de Centauros del desierto en que John Wayne descubre con tristeza cuál ha sido el destino de su sobrina. Con toda su carga de derrota, de constatación trágica de una transformación incomprensible en una persona que rompe con el arraigo y la identidad más profunda en pro de un viaje sin retorno al radicalismo y una entrega sin concesiones a la locura irracional.

            Decía hace algunos años el nunca suficientemente valorado, reconocido ni, por supuesto, juzgado como criminal de guerra Aznar que los que habían ideado los atentados terroristas de Atocha no estaban "ni en montañas lejanas ni en desiertos remotos", manteniendo, aún mucho tiempo después de demostrada la autoría de Al Qaeda en los atentados, las famosas teorías de la conspiración.

            Tristemente, parece que esta vez era cierto, pues tanto quienes ejecutaron la matanza de Barcelona como quienes anuncian nuevos ataques no nacieron al calor de desiertos lejanos, sino que son personas jóvenes nacidas y criadas en nuestras ciudades, en nuestras escuelas, en nuestros barrios.



            Se trata también de víctimas, de historias de vida probablemente truncadas que han abrazado una ideología fanática y homicida ante una realidad social, cultural y familiar que no ha sabido o no ha podido darles respuestas y evitar la injerencia de idearios fundamentalistas que anulan la identidad y la personalidad del individuo y siembran su veneno en las mentes y espíritus más débiles e influenciables.


            Contemplar estos hechos y el devenir asesino de sus protagonistas pone también el foco en los procesos educativos y de socialización de nuestro mundo, en la capacidad que tenemos de dar respuestas personales y colectivas, de integrar y de acompañar a las personas.


         "¿Cómo puede ser, Younes? ¿Qué os ha pasado? ¿En qué momento...? ¡Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas! Érais tan jóvenes, tan llenos de vida, teníais toda una vida por delante..."

            Eran las palabras de Raquel, educadora social que trabajó con uno de los chicos integrantes de la célula terrorista.

         También están siendo muchas las reacciones que vemos en nuestras conversaciones cotidianas y en la opinión pública que se entregan rápidamente al juicio fácil que asocia, peligrosamente, el terrorismo de signo yihadista con el Islam en general. Que estigmatizan a las personas por profesar esta religión (u otras, o cualquier religión en general), por ser extranjeras, inmigrantes... y que apelan a la expulsión, al cierre de fronteras o a la contundencia de las respuestas militares en países como Siria.

         Es el termómetro de una sociedad, la nuestra, a la que, si bien lleva a sus espaldas memoria, historia y heridas suficientes como para haber alcanzado la mayoría de edad a la hora de acercarse y reflexionar con serenidad sobre el fenómeno del terrorismo, sus causas y la manera de responder a él, le queda aún mucho por aprender.


           
            Mucho nos estaremos equivocando si no somos conscientes de que, además de las medidas que se tomen para combatir el terrorismo a nivel policial y militar, habrá que indagar en las consecuencias y el coste de las relaciones económicas y gubernamentales que nuestros estados, gobernantes, monarcas y demás representantes mantienen con quienes amparan y promocionan la difusión de interpretaciones religiosas que alimentan esta espiral de violencia.


            Pero, sobre todo, nos equivocaremos, y mucho, si no entendemos la importancia de transitar caminos que ahonden más en los procesos personales y educativos, en la integración social, el diálogo entre distintos credos y expresiones de fe y la necesidad de recuperar, desde las diferentes creencias (reto fundamental) y desde fuera de ellas, narrativas humanizadoras que pongan a la persona en el centro frente a la basura de idearios que formatean las mentes haciendo, de personas libres, autómatas para causas suicidas, fanáticas e imposibles.







jueves, 17 de agosto de 2017

Ropa tendida




Despiertas antes que yo
y me dices
que ha pasado la tormenta, amor
y a mí se me hace raro
ahora que la lluvia no es más que un recuerdo, ese olor
que llevo puesto en la infancia
cuando paseaba con mi abuelo por la mañana
buscando caracoles en la tierra mojada.

Y ahora se me hace raro
despertarme tarde y dejar entrar el sol
por la ventana, por la terraza, por el balcón
con esa luz mediterránea
que nunca pide y siempre se da
(quienes saben la comparan con la brisa de ese Dios que viene de fuera).

Y dices que si logramos esperar un poco más
será porque merece la pena
todo lo que está por llegar.

Yo he viajado, he escuchado, he contemplado
y puedo asegurarte, amor,
que he presenciado ese florecer de la vida
detrás/a pesar de las alambradas, los muros y las verjas.

(Ese florecer
que nos llama
desde el fondo de la escena
como un reclamo salvaje
de primavera)

Te he visto llegar, a lo lejos,
bajo esos rayos que se cuelan
entre la ropa
que hemos puesto a secar al sol.

Y hay un olor a comida recién hecha
y partituras revueltas sobre el piano.
Y entre valses, preludios y una invención a medias
creo que si madrugo
aún me queda tinta y tiempo, corazón.

Y si tú llegas 

temprano

te diré
que aún me queda tinta y tiempo,
que aún me quedan 

oberturas
para el sueño

de esta noche de verano.








viernes, 21 de julio de 2017

Ellas



Una vez hablaron de ella en la crónica de sucesos televisiva.
Era una mujer sencilla,
una niña de su barrio,
una señora de casa,
una chica de provincias.

Frecuentaba la fruta de temporada en el mercado por la mañana temprano
y paseaba por horas a un señor mayor.
(no iba a la escuela en verano)
Se emocionaba con las novelas de siempre y las canciones de autor.

Con mucho esfuerzo, o con poco, estudió un máster, un grado
o no estudió nada (pues en su época y lugar no era lo propio o no se llevaba)
pero cultivó la sabiduría
de las manos atentas que amasan y miman
el tiempo, la lucha y la paciencia.
La sabiduría del calor palpitante en el vientre,
los flujos portadores de la vida
y la ternura subversiva de la tierra.

No le explicaron muy bien, o se lo explicaron tarde (igual no quiso enterarse)
el por qué de tanto trato favorable.
Aprendiendo, asumiendo, asimilando
de la mano de los mejores maestros:
Las damas primero” o “las niñas bonitas no pagan dinero”.
Y, de los mismos autores, llegaron más adelante:
con faldita, y mejor si es corta” o “pásate después de clase”.
Hazlo como le guste a él”, “si duele, más vale callarse”.

Un día 
(fue contra todo pronóstico, sin encomendarse a nadie)
madrugó, se puso las sandalias.
Pedaleó deprisa,
soñó en voz alta,
amó lentamente
y llenó la plaza
con el grito sesgado y marchito de cien flores arrancadas.

Cosió con punto preciso
los retales, los jirones
esparcidos por el campo de batalla.

Si nacemos a lo nuevo
que sea con las manos manchadas.
Que no se acostumbre el tiempo, que no se acostumbre el cuerpo,
que no se acostumbre el alma.
Que no se olvide la historia
de la sangre y el sudor.


Y quédate bajo este sueño de mil astrales memorias,
de venas que se dilatan hacia rincones perdidos de pueblos
que guardan, con vuestros nombres, 
estelas de corazones
en un vuelo azul y firme
que nadie detiene. Que nadie
enjaula, a su paso, la brisa
ni cerca las olas del mar
ni agarra el soplo del aire.





Imagen: Mural Arte, Amor y Libertad. Bárbara SiebenList ( Barrio de Lavapiés, Madrid. 2017)

domingo, 25 de junio de 2017

Abrazar la diversidad



          Madrid empieza estos días a vestirse multicolor. Se acerca la fiesta del orgullo, una cita que, en pocos años, ha pasado de ser un mero evento, con muchas dosis de exceso y espectáculo, nacido del deseo y la necesidad de visibilización de muchas personas gays y lesbianas que, hasta ese momento, habían vivido su orientación sexual rodeadas de complejos y en secreto ante la sociedad, a convertirse en una fecha que, apoyada desde las propias instituciones, se erige en celebración de la diversidad y reivindicación del respeto, la tolerancia y la normalización de toda la comunidad LGTB.

 En Badajoz, cuando nuestro agreste exalcalde quasi vitalicio Miguel Celdrán no dudó en sacar pecho en un medio radiofónico de difusión nacional calificando de “palomos cojos” a estas personas y afirmando que allí “estábamos todos muy sanos”, se desató la famosa Caravana de Palomos cojos (Los palomos, con el tiempo) que un Partido Popular con su usual visión estratégica y empresarial supo asumir inteligentemente desde el plano institucional, haciendo “de la metedura de pata, virtud” y convirtiendo también a Badajoz en ciudad de la diversidad.

    Está asunción de la visibilización y el trabajo por los derechos de un colectivo desde el plano institucional es un cambio significativo y supone un camino de comunicación de ida y vuelta entre unos representantes políticos y una sociedad que empieza a entender que no solo se trata de mirar a un grupo determinado de personas con respeto, sino de acoger y hacer suya, plenamente, la causa del abrazo a la diversidad en nuestro mundo.

Como ocurre con todas las grandes problemáticas sociales, el cambio empieza a ser posible cuando la sociedad se sensibiliza y lo que le duele a un grupo en materia de injusticia y discriminación nos duele a todas las personas. Muy lejos quedaron aquellos sketches de Martes y Trece de “mi marido me pega”, que palidecen con el paso del tiempo y nos causan estupor de pensar lo normalizado que era, en aquella época en la que las crónicas televisivas hablaban de “crímenes pasionales”, asumir que la violencia del hombre contra la mujer era una cuestión meramente doméstica reducida al fuero privado, derivada en muchos casos de los avatares normales de una relación de pareja.


      Queda mucho trabajo por hacer en este ámbito, ante la flagrante realidad de tantas mujeres que son, aún hoy, maltratadas, silenciadas, reprimidas y asesinadas, pero poco a poco se empieza a tomar una conciencia de que este tema nos implica a todas las personas, y el ponernos otras gafas y asumir otra mirada nos permite ver todo lo deudor que hay en nuestras prácticas, nuestra cultura, nuestra sociedad y nuestro lenguaje de una manera de entender el mundo, la vida y las relaciones asentada sobre cimientos desoladoramente desiguales, patriarcales, machistas y jerárquicos.

Hoy, cada vez son menos las personas que piensan que eso de la cuestión feminista solo implica a un cincuenta por ciento de nuestra población, y se empieza a asumir con naturalidad que la necesidad de visibilizar y normalizar la presencia de la mujer en lo público, lo político, lo social o lo económico es una tarea colectiva que no va en detrimento de nadie. Un imperativo de justicia para corregir una desproporcionada inclinación histórica de la balanza. Y que no es posible avanzar en otra comprensión de la política, la ecología, la economía, las relaciones entre las personas y con el mundo sin abrazar esta perspectiva integral de la vida.

La Iglesia católica, que para esto de los cambios suele ser un pesado transatlántico con rumbo obstinado y avance lento pero que, por otro lado, goza de una polifonía de opiniones, expresiones y carismas que conviven en una comunión mucho más armoniosa que, por ejemplo, las diversas tendencias de un mismo partido político, tiene ante sí el reto de sintonizar decididamente con la sensibilidad actual, sabiendo ofrecer una voz sólida y autorizada de acogida y respeto ante la pluralidad.

El Papa Francisco, a pesar de hablar mucho sobre el matrimonio y el amor de pareja entre el hombre y la mujer en su Exhortación apostólica Amoris Laetitia, sostiene que “debemos reconocer la gran variedad de situaciones familiares que pueden brindar cierta estabilidad” (imagino que porque hoy es osado hablar de estabilidad plena en cualquier situación familiar teniendo en cuenta las circunstancias económicas y laborales). El Pontífice ha sabido, con certera intuición y, sin cambiar casi un ápice de la doctrina, abanderar un cambio sustancial al poner el foco y el acento en la misericordia y la acogida, cerrando filas ante tanto juicio estéril y condena unilateral por parte de muchas voces que se han erigido durante demasiado tiempo en custodias de la “recta praxis” en nuestra Iglesia.

Recuerdo, hace un par de años, un encuentro organizado por la Delegación de Pastoral Universitaria de la Archidiócesis de Madrid, en el que un sacerdote le preguntó al arzobispo Carlos Osoro sobre cómo ayudar a una persona transexual que estaba viviendo en la calle en condiciones de marginalidad a salir del pecado sobre el que había fundamentado su existencia.

La respuesta del cardenal, lapidaria y disuasoria, fue la de preguntarle a ese sacerdote que quién era él, y quiénes somos nosotros, como Iglesia, para emitir un juicio como ese.

     De igual modo ocurrió con la famosa polémica de la campaña de autobuses de HazteOír en contra de la educación inclusiva con la comprensión de la realidad de las personas transexuales, que fue hervidero de reacciones y expresiones grotescas desde diversos frentes que iban desde un espectáculo de carnaval que ridiculizaba el imaginario cristiano de la Semana Santa hasta la desafortunada afirmación de un prelado que comparaba la tragedia que representaba dicho espectáculo con un accidente de aviación. Ante esto, el semanario Alfa y Omega, medio oficial de la archidiócesis de Madrid, publicó un editorial en el que, además de desmarcar a la Iglesia diocesana de la campaña de los autobuses, abogaba por la tolerancia, el respeto y el abrazo a la diversidad ante tanto despropósito.

Para mi sorpresa, vi cómo algunas personas de referencia en el mundo asociativo juvenil que, además, son personas lejanas a la Iglesia y a la religión y profundamente críticas con la institución, compartieron dicho editorial haciéndose eco y suscribiendo plenamente el posicionamiento del cardenal al respecto.

   Esto me hace reflexionar sobre cuál es la autoridad que debemos ir conquistando como Iglesia: una autoridad que nace del reconocimiento externo, ganado desde la coherencia del predicamento y la práctica ante una realidad social fuertemente polarizada y que necesita de voces lúcidas y serenas de acogida y comprensión. Solo ganando esta autoridad con posturas constructivas para toda la sociedad podremos ganar en legitimidad para hablar de otros temas y para defender, cuando sea el caso, la presencia normalizada y la aportación de la Iglesia en el espacio público.

    Estos pasos que se van dando pueden ser algunos símbolos que, por su alcance, van ayudando a dar forma  a otra imagen y a otro discurso, pero aún hay mucho trabajo por hacer y el abrazo a la diversidad tiene que avanzar, tanto en la sociedad como en la Iglesia, desde la denuncia, reivindicación y visibilización de buenas prácticas y gestos significativos, hacia la incorporación plena y con naturalidad de esta diversidad en la psicología, los esquemas, las dinámicas y las prácticas de nuestra vida.









domingo, 18 de junio de 2017

Tan diferentes, tan iguales


Mi peluquero se llama Ramzi. Es marroquí. Cada vez que voy a mi peluquería, situada en una calle repleta de comercios, bares y pequeñas tiendas en la zona de Carabanchel bajo, suele haber mucho trasiego. Rara es la ocasión en la que no hay que esperar a que una o dos personas terminen de cortarse el pelo para que te atiendan. Es un barrio de mucha inmigración en el que es frecuente encontrar personas de diversas procedencias siempre que vas a hacer la compra, a pasear o hacer cualquier gestión administrativa. La peluquería no es una excepción y son habituales las conversaciones mixtas entre el árabe y el español más castizo.

Hace unos días fui a cortarme el pelo. Ramzi, que generalmente te recibe y atiende con mucha viveza y sin parar de hablar, estaba esta vez con el ánimo un poco más apagado, macilento, fatigado. Con gesto lento y expresión callada.

Es el mes del Ramadán y, con el calor que está azotando Madrid estos días, debe de ser muy difícil aguantar una jornada entera de trabajo como la de la peluquería, pasando unas dieciocho horas del día sin llevarse a la boca nada de comer ni, especialmente, de beber.

Sin embargo, sería injusto decir que el trato se resintió pues, a pesar del cansancio y el agotamiento físico, Ramzi mantiene siempre la simpatía y el afán de la conversación.

Recordé una ocasión en la que acudí a la peluquería, hace unos meses, y había varios señores presumiblemente madrileños, “autóctonos del lugar”, preguntándole a Ramzi sobre los usos y costumbres del Islam.

Él les explicaba que el sentido que tiene no comer ni beber durante el Ramadán es una suerte de alteridad: tratar, por un tiempo, de experimentar, de ponerse en la piel de la persona pobre que no come ni bebe durante el día.

Eso está muy bien, pero los pobres que están en la calle no comen ni de día ni de noche, y vosotros cuando llegan las diez de la noches os hartáis”.

Ramzi escuchaba en silencio con mucha paciencia y respeto pensando, supongo, que simplemente se trataba de ponerse en la piel del otro para experimentar su realidad, y no de volverse una persona pobre totalmente.

Por otro lado, vosotros en el Ramadán no bebéis alcohol, y todos sabemos que la mayoría de la gente que está viviendo en la calle se pasa el día borracha agarrada a la botella o al tetrabrik de vino”, argumentaba el hombre, exhibiendo bastante desprecio y desinterés por conocer el sentido profundo de esa tradición.

Y dime, Ramzi, ¿en qué mes se celebra el Ramadán? Porque claro, eso de que según vaya o venga la luna cada año caiga en un sitio…¿Eso qué es? Aquí en España la Nochebuena cae siempre el 24 de diciembre y la Nochevieja el 25, de toda la vida de Dios. Pero, eso de que el Ramadán caiga cada año en un sitio según la luna, el tiempo y no sé qué más, ¿eso qué es?”

Ramzi se quedó pensativo y le preguntó:

¿Y la Semana Santa? ¿En qué fecha la celebráis?”





El desconocimiento de lo diferente suele venir unido al prejuicio fácil, al desprecio voluntario y la mirada de superioridad que arrojamos desde lugar en el que nos situamos para mirar el mundo. La cuestión religiosa está encima de la mesa. Lo queramos o no, la realidad de la diversidad religiosa, a través de los fenómenos migratorios, está presente cada vez más en nuestras aulas, en nuestros barrios, en nuestras ciudades. El hecho religioso es un hecho y, desgraciadamente, el panorama internacional nos lo trae a colación demasiado frecuentemente ante los conflictos, crímenes y atrocidades cometidas bajo la insignia de creencias religiosas de distinto signo que se tornan fundamentalistas.

Relacionar, por ejemplo, y como ocurre tantas veces, el Islam con el terrorismo yihadista, es una simplificación y una peligrosa asociación  que nos lleva a vincular lo diferente, exótico o lejano con el peligro o la amenaza, y esto solo puede nacer de la  ignorancia sobre la verdad que subyace tras el credo y la historia de cada persona, de cada cultura, de cada pueblo.

Hoy se somete a debate y se cuestiona desde muchos ámbitos la presencia de la religión en la educación pública, abogando por denegar a la Iglesia Católica el privilegio del diseño y configuración del currículo de esta asignatura y por limitar la expresión de lo religioso al ámbito exclusivamente privado.

Sin embargo, hay voces que, fuera de los posicionamientos de trinchera, argumentan la necesidad de abordar, con serenidad, la presencia el hecho religioso en la escuela desde un planteamiento integral, con atención a las diferentes religiones y elaborando los contenidos correspondientes en diálogo con las autoridades competentes no solo de la religión cristiana, sino de todas las demás.

Parece fuera de discusión que es difícil un acercamiento pleno a la historia del arte, la música, la literatura (pensemos, solamente, en el David de Miguel Ángel, la Sagrada Familia de Gaudí o el Réquiem de Mozart) sin un mínimo grado de conocimiento de la historia y contenidos de las principales religiones de las que bebe nuestra cultura.

Pero, yendo mucho más allá, va a ser muy difícil abordar la tolerancia, la educación para la paz y la convivencia en nuestras clases, en nuestros barrios, en nuestras ciudades, en nuestra sociedad...si no asumimos, como tarea urgente, un acercamiento, desde la voluntad y deseo sincero de conocer y tender puentes con lo diferente, a la realidad de aquellas personas que, como dice el Papa Francisco, “piensan distinto, sienten distinto”.




Las personas graduadas de la Juventud Estudiante Católica hemos decidido este curso enfocar nuestra Acción Común al trabajo por la tolerancia, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, y constatamos que es imposible trabajar problemáticas como la inmigración, los derechos humanos, la convivencia,  la educación para la paz y el papel y el empoderamiento de la mujer, sin abordar las diversas y complejas casuísticas religiosas que se dan hoy en nuestro entorno. Realidades que representan una enorme riqueza de la que podemos aprender mucho, pero que implican también un trabajo de formación, conocimiento y acercamiento real a la práctica, vida, creencia y costumbres de las personas con las que compartimos esta casa común.


En mi opinión, entablar diálogos con las distintas expresiones de la fe es una tarea urgente que debemos abordar, en primer lugar, desde las organizaciones religiosas que trabajamos en los ambientes educativos y sociales, pero también desde toda la sociedad. Se trata de una necesidad que, lejos de clausurarse en el espacio privado, está llamada a ser una preocupación compartida que se aborde desde el ámbito de lo común, lo público y lo colectivo.







jueves, 15 de junio de 2017

Génesis



¿Recuerdas la costilla, aquel primer
momento en que la vida comenzaba?
Y el mundo tan reciente a nuestros pies.
Sin huellas, sin palabras, sin memoria.
¿Recuerdas? Esa brisa inauguraba
las cimas, los pilares, los sentidos.
El mar y tú, el primer atardecer.
La mañana preñada de sonidos.

De barro los latidos, los anhelos.
Con pulso de barro, y barro enamorado,
tomamos todo el tiempo en nuestras manos.
Guardamos un jardín de azul y rosas.
Nos miramos, dimos nombre a cada ser.
Remecimos la medida de las cosas.

Plantamos a la sombra, en el ocaso
la semilla de una tempestad furiosa:
fruta amarga y profunda de placer.
Derramamos la sustancia oscura, intensa.
Mordimos el amor a flor de piel.

Y clamamos hacia el cielo y las entrañas
de la tierra los llantos de un destierro
forzoso como todos los exilios,
eterno como todos los inviernos.

Y nómadas, al este del Edén,
olvidamos nuestra patria, nombre y tiempo.
Nos lanzamos a una ruta sin destino,
comenzamos un peregrinaje incierto.

Hoy los vientos nos susurran ¿no los oyes?
con cadencia de pozos y silencios
los hogares donde fuimos, los paisajes
que inventamos en la sed de los desiertos.
Bocas que vuelan, estelas, mariposas,
luces blancas vacilantes en el cielo.
Piedras preciosas al borde de un camino
que, inconscientes, recorrimos sin saberlo.