domingo, 25 de junio de 2017

Abrazar la diversidad



          Madrid empieza estos días a vestirse multicolor. Se acerca la fiesta del orgullo, una cita que, en pocos años, ha pasado de ser un mero evento, con muchas dosis de exceso y espectáculo, nacido del deseo y la necesidad de visibilización de muchas personas gays y lesbianas que, hasta ese momento, habían vivido su orientación sexual rodeadas de complejos y en secreto ante la sociedad, a convertirse en una fecha que, apoyada desde las propias instituciones, se erige en celebración de la diversidad y reivindicación del respeto, la tolerancia y la normalización de toda la comunidad LGTB.

 En Badajoz, cuando nuestro agreste exalcalde quasi vitalicio Miguel Celdrán no dudó en sacar pecho en un medio radiofónico de difusión nacional calificando de “palomos cojos” a estas personas y afirmando que allí “estábamos todos muy sanos”, se desató la famosa Caravana de Palomos cojos (Los palomos, con el tiempo) que un Partido Popular con su usual visión estratégica y empresarial supo asumir inteligentemente desde el plano institucional, haciendo “de la metedura de pata, virtud” y convirtiendo también a Badajoz en ciudad de la diversidad.

    Está asunción de la visibilización y el trabajo por los derechos de un colectivo desde el plano institucional es un cambio significativo y supone un camino de comunicación de ida y vuelta entre unos representantes políticos y una sociedad que empieza a entender que no solo se trata de mirar a un grupo determinado de personas con respeto, sino de acoger y hacer suya, plenamente, la causa del abrazo a la diversidad en nuestro mundo.

Como ocurre con todas las grandes problemáticas sociales, el cambio empieza a ser posible cuando la sociedad se sensibiliza y lo que le duele a un grupo en materia de injusticia y discriminación nos duele a todas las personas. Muy lejos quedaron aquellos sketches de Martes y Trece de “mi marido me pega”, que palidecen con el paso del tiempo y nos causan estupor de pensar lo normalizado que era, en aquella época en la que las crónicas televisivas hablaban de “crímenes pasionales”, asumir que la violencia del hombre contra la mujer era una cuestión meramente doméstica reducida al fuero privado, derivada en muchos casos de los avatares normales de una relación de pareja.


      Queda mucho trabajo por hacer en este ámbito, ante la flagrante realidad de tantas mujeres que son, aún hoy, maltratadas, silenciadas, reprimidas y asesinadas, pero poco a poco se empieza a tomar una conciencia de que este tema nos implica a todas las personas, y el ponernos otras gafas y asumir otra mirada nos permite ver todo lo deudor que hay en nuestras prácticas, nuestra cultura, nuestra sociedad y nuestro lenguaje de una manera de entender el mundo, la vida y las relaciones asentada sobre cimientos desoladoramente desiguales, patriarcales, machistas y jerárquicos.

Hoy, cada vez son menos las personas que piensan que eso de la cuestión feminista solo implica a un cincuenta por ciento de nuestra población, y se empieza a asumir con naturalidad que la necesidad de visibilizar y normalizar la presencia de la mujer en lo público, lo político, lo social o lo económico es una tarea colectiva que no va en detrimento de nadie. Un imperativo de justicia para corregir una desproporcionada inclinación histórica de la balanza. Y que no es posible avanzar en otra comprensión de la política, la ecología, la economía, las relaciones entre las personas y con el mundo sin abrazar esta perspectiva integral de la vida.

La Iglesia católica, que para esto de los cambios suele ser un pesado transatlántico con rumbo obstinado y avance lento pero que, por otro lado, goza de una polifonía de opiniones, expresiones y carismas que conviven en una comunión mucho más armoniosa que, por ejemplo, las diversas tendencias de un mismo partido político, tiene ante sí el reto de sintonizar decididamente con la sensibilidad actual, sabiendo ofrecer una voz sólida y autorizada de acogida y respeto ante la pluralidad.

El Papa Francisco, a pesar de hablar mucho sobre el matrimonio y el amor de pareja entre el hombre y la mujer en su Exhortación apostólica Amoris Laetitia, sostiene que “debemos reconocer la gran variedad de situaciones familiares que pueden brindar cierta estabilidad” (imagino que porque hoy es osado hablar de estabilidad plena en cualquier situación familiar teniendo en cuenta las circunstancias económicas y laborales). El Pontífice ha sabido, con certera intuición y, sin cambiar casi un ápice de la doctrina, abanderar un cambio sustancial al poner el foco y el acento en la misericordia y la acogida, cerrando filas ante tanto juicio estéril y condena unilateral por parte de muchas voces que se han erigido durante demasiado tiempo en custodias de la “recta praxis” en nuestra Iglesia.

Recuerdo, hace un par de años, un encuentro organizado por la Delegación de Pastoral Universitaria de la Archidiócesis de Madrid, en el que un sacerdote le preguntó al arzobispo Carlos Osoro sobre cómo ayudar a una persona transexual que estaba viviendo en la calle en condiciones de marginalidad a salir del pecado sobre el que había fundamentado su existencia.

La respuesta del cardenal, lapidaria y disuasoria, fue la de preguntarle a ese sacerdote que quién era él, y quiénes somos nosotros, como Iglesia, para emitir un juicio como ese.

     De igual modo ocurrió con la famosa polémica de la campaña de autobuses de HazteOír en contra de la educación inclusiva con la comprensión de la realidad de las personas transexuales, que fue hervidero de reacciones y expresiones grotescas desde diversos frentes que iban desde un espectáculo de carnaval que ridiculizaba el imaginario cristiano de la Semana Santa hasta la desafortunada afirmación de un prelado que comparaba la tragedia que representaba dicho espectáculo con un accidente de aviación. Ante esto, el semanario Alfa y Omega, medio oficial de la archidiócesis de Madrid, publicó un editorial en el que, además de desmarcar a la Iglesia diocesana de la campaña de los autobuses, abogaba por la tolerancia, el respeto y el abrazo a la diversidad ante tanto despropósito.

Para mi sorpresa, vi cómo algunas personas de referencia en el mundo asociativo juvenil que, además, son personas lejanas a la Iglesia y a la religión y profundamente críticas con la institución, compartieron dicho editorial haciéndose eco y suscribiendo plenamente el posicionamiento del cardenal al respecto.

   Esto me hace reflexionar sobre cuál es la autoridad que debemos ir conquistando como Iglesia: una autoridad que nace del reconocimiento externo, ganado desde la coherencia del predicamento y la práctica ante una realidad social fuertemente polarizada y que necesita de voces lúcidas y serenas de acogida y comprensión. Solo ganando esta autoridad con posturas constructivas para toda la sociedad podremos ganar en legitimidad para hablar de otros temas y para defender, cuando sea el caso, la presencia normalizada y la aportación de la Iglesia en el espacio público.

    Estos pasos que se van dando pueden ser algunos símbolos que, por su alcance, van ayudando a dar forma  a otra imagen y a otro discurso, pero aún hay mucho trabajo por hacer y el abrazo a la diversidad tiene que avanzar, tanto en la sociedad como en la Iglesia, desde la denuncia, reivindicación y visibilización de buenas prácticas y gestos significativos, hacia la incorporación plena y con naturalidad de esta diversidad en la psicología, los esquemas, las dinámicas y las prácticas de nuestra vida.









domingo, 18 de junio de 2017

Tan diferentes, tan iguales


Mi peluquero se llama Ramzi. Es marroquí. Cada vez que voy a mi peluquería, situada en una calle repleta de comercios, bares y pequeñas tiendas en la zona de Carabanchel bajo, suele haber mucho trasiego. Rara es la ocasión en la que no hay que esperar a que una o dos personas terminen de cortarse el pelo para que te atiendan. Es un barrio de mucha inmigración en el que es frecuente encontrar personas de diversas procedencias siempre que vas a hacer la compra, a pasear o hacer cualquier gestión administrativa. La peluquería no es una excepción y son habituales las conversaciones mixtas entre el árabe y el español más castizo.

Hace unos días fui a cortarme el pelo. Ramzi, que generalmente te recibe y atiende con mucha viveza y sin parar de hablar, estaba esta vez con el ánimo un poco más apagado, macilento, fatigado. Con gesto lento y expresión callada.

Es el mes del Ramadán y, con el calor que está azotando Madrid estos días, debe de ser muy difícil aguantar una jornada entera de trabajo como la de la peluquería, pasando unas dieciocho horas del día sin llevarse a la boca nada de comer ni, especialmente, de beber.

Sin embargo, sería injusto decir que el trato se resintió pues, a pesar del cansancio y el agotamiento físico, Ramzi mantiene siempre la simpatía y el afán de la conversación.

Recordé una ocasión en la que acudí a la peluquería, hace unos meses, y había varios señores presumiblemente madrileños, “autóctonos del lugar”, preguntándole a Ramzi sobre los usos y costumbres del Islam.

Él les explicaba que el sentido que tiene no comer ni beber durante el Ramadán es una suerte de alteridad: tratar, por un tiempo, de experimentar, de ponerse en la piel de la persona pobre que no come ni bebe durante el día.

Eso está muy bien, pero los pobres que están en la calle no comen ni de día ni de noche, y vosotros cuando llegan las diez de la noches os hartáis”.

Ramzi escuchaba en silencio con mucha paciencia y respeto pensando, supongo, que simplemente se trataba de ponerse en la piel del otro para experimentar su realidad, y no de volverse una persona pobre totalmente.

Por otro lado, vosotros en el Ramadán no bebéis alcohol, y todos sabemos que la mayoría de la gente que está viviendo en la calle se pasa el día borracha agarrada a la botella o al tetrabrik de vino”, argumentaba el hombre, exhibiendo bastante desprecio y desinterés por conocer el sentido profundo de esa tradición.

Y dime, Ramzi, ¿en qué mes se celebra el Ramadán? Porque claro, eso de que según vaya o venga la luna cada año caiga en un sitio…¿Eso qué es? Aquí en España la Nochebuena cae siempre el 24 de diciembre y la Nochevieja el 25, de toda la vida de Dios. Pero, eso de que el Ramadán caiga cada año en un sitio según la luna, el tiempo y no sé qué más, ¿eso qué es?”

Ramzi se quedó pensativo y le preguntó:

¿Y la Semana Santa? ¿En qué fecha la celebráis?”





El desconocimiento de lo diferente suele venir unido al prejuicio fácil, al desprecio voluntario y la mirada de superioridad que arrojamos desde lugar en el que nos situamos para mirar el mundo. La cuestión religiosa está encima de la mesa. Lo queramos o no, la realidad de la diversidad religiosa, a través de los fenómenos migratorios, está presente cada vez más en nuestras aulas, en nuestros barrios, en nuestras ciudades. El hecho religioso es un hecho y, desgraciadamente, el panorama internacional nos lo trae a colación demasiado frecuentemente ante los conflictos, crímenes y atrocidades cometidas bajo la insignia de creencias religiosas de distinto signo que se tornan fundamentalistas.

Relacionar, por ejemplo, y como ocurre tantas veces, el Islam con el terrorismo yihadista, es una simplificación y una peligrosa asociación  que nos lleva a vincular lo diferente, exótico o lejano con el peligro o la amenaza, y esto solo puede nacer de la  ignorancia sobre la verdad que subyace tras el credo y la historia de cada persona, de cada cultura, de cada pueblo.

Hoy se somete a debate y se cuestiona desde muchos ámbitos la presencia de la religión en la educación pública, abogando por denegar a la Iglesia Católica el privilegio del diseño y configuración del currículo de esta asignatura y por limitar la expresión de lo religioso al ámbito exclusivamente privado.

Sin embargo, hay voces que, fuera de los posicionamientos de trinchera, argumentan la necesidad de abordar, con serenidad, la presencia el hecho religioso en la escuela desde un planteamiento integral, con atención a las diferentes religiones y elaborando los contenidos correspondientes en diálogo con las autoridades competentes no solo de la religión cristiana, sino de todas las demás.

Parece fuera de discusión que es difícil un acercamiento pleno a la historia del arte, la música, la literatura (pensemos, solamente, en el David de Miguel Ángel, la Sagrada Familia de Gaudí o el Réquiem de Mozart) sin un mínimo grado de conocimiento de la historia y contenidos de las principales religiones de las que bebe nuestra cultura.

Pero, yendo mucho más allá, va a ser muy difícil abordar la tolerancia, la educación para la paz y la convivencia en nuestras clases, en nuestros barrios, en nuestras ciudades, en nuestra sociedad...si no asumimos, como tarea urgente, un acercamiento, desde la voluntad y deseo sincero de conocer y tender puentes con lo diferente, a la realidad de aquellas personas que, como dice el Papa Francisco, “piensan distinto, sienten distinto”.




Las personas graduadas de la Juventud Estudiante Católica hemos decidido este curso enfocar nuestra Acción Común al trabajo por la tolerancia, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, y constatamos que es imposible trabajar problemáticas como la inmigración, los derechos humanos, la convivencia,  la educación para la paz y el papel y el empoderamiento de la mujer, sin abordar las diversas y complejas casuísticas religiosas que se dan hoy en nuestro entorno. Realidades que representan una enorme riqueza de la que podemos aprender mucho, pero que implican también un trabajo de formación, conocimiento y acercamiento real a la práctica, vida, creencia y costumbres de las personas con las que compartimos esta casa común.


En mi opinión, entablar diálogos con las distintas expresiones de la fe es una tarea urgente que debemos abordar, en primer lugar, desde las organizaciones religiosas que trabajamos en los ambientes educativos y sociales, pero también desde toda la sociedad. Se trata de una necesidad que, lejos de clausurarse en el espacio privado, está llamada a ser una preocupación compartida que se aborde desde el ámbito de lo común, lo público y lo colectivo.







jueves, 15 de junio de 2017

Génesis



¿Recuerdas la costilla, aquel primer
momento en que la vida comenzaba?
Y el mundo tan reciente a nuestros pies.
Sin huellas, sin palabras, sin memoria.
¿Recuerdas? Esa brisa inauguraba
las cimas, los pilares, los sentidos.
El mar y tú, el primer atardecer.
La mañana preñada de sonidos.

De barro los latidos, los anhelos.
Con pulso de barro, y barro enamorado,
tomamos todo el tiempo en nuestras manos.
Guardamos un jardín de azul y rosas.
Nos miramos, dimos nombre a cada ser.
Remecimos la medida de las cosas.

Plantamos a la sombra, en el ocaso
la semilla de una tempestad furiosa:
fruta amarga y profunda de placer.
Derramamos la sustancia oscura, intensa.
Mordimos el amor a flor de piel.

Y clamamos hacia el cielo y las entrañas
de la tierra los llantos de un destierro
forzoso como todos los exilios,
eterno como todos los inviernos.

Y nómadas, al este del Edén,
olvidamos nuestra patria, nombre y tiempo.
Nos lanzamos a una ruta sin destino,
comenzamos un peregrinaje incierto.

Hoy los vientos nos susurran ¿no los oyes?
con cadencia de pozos y silencios
los hogares donde fuimos, los paisajes
que inventamos en la sed de los desiertos.
Bocas que vuelan, estelas, mariposas,
luces blancas vacilantes en el cielo.
Piedras preciosas al borde de un camino
que, inconscientes, recorrimos sin saberlo.








domingo, 4 de junio de 2017

De vino y rosas




como hijas e hijos de sensaciones antiguas
prendidas a un tiempo esperanzado
que todavía luchas
que todavía llevas puesto
en el pañuelo el vestido la garganta
las manos marchitas
de guerras que siempre perdimos
revoluciones que nunca fueron las nuestras
y sin embargo
nos vaciaron hasta el fondo
como el amor abatido
a la luz de las copas las miradas los cuerpos
y dices dale y es tarde y mañana te marchás
y quizá tu melena sepa algo de eso
afuera siguen las protestas mira afuera
han sellado bajo rosas en el suelo
las fechas y los nombres de los muertos
y suena una música déjame entrar
en tu laboratorio de latidos disecados
en tu taller de arquitecturas precisas
de color y de vida
y déjame beber del néctar de plata que se derrama entre tus dedos
que es tarde y nos hemos rendido
una y mil veces ante todos los inviernos
pero es de noche y la noche
es una garra suave que sigue acechando

indómita

las fronteras de los cuerpos





jueves, 20 de abril de 2017

Primavera frecuente




Es esa sensación. Ya la conoces.
El tren asciende a la superficie
y te sorprende el día
amaneciendo
(ha venido con colores nuevos)

Lees los periódicos. Anoche
lloraron los niños de Siria,
perdieron los de siempre la Liga,
hicieron a Trump presidente del mundo,
mataron a Dios en Palestina.

Y anuncia el Corte Inglés
que la primavera ha llegado
pero yo lo sabía de antes
cuando vi, tímidamente,
tu bicicleta aparcada en mi puerta
y tu vestido de seda
y  tus labios fruta de temporada (tiempo preciso de espera)
y en las yemas de tus dedos floreciendo
alondra de antigua ausencia.

Primavera
que se desborda
por los bancales de barro y de piedra.
Parece que llega tarde.
Parece que nunca llega.
La aguarda tu pecho abierto
como surco sediento en la tierra,
nostálgico
de manos labradoras
y de brotes furtivos de hierba.

A pesar del fuego abierto, los frentes y las trincheras
la primavera es frecuente,
la primavera se cuela
en los pasos, las esperas
las miradas de la gente.

Hay una distancia, un tiempo,

                                                              una luz

que nos apremia.

Abre el balcón. Un campo

            infinito

de aletargados corazones de mármol

está despertando afuera.







Ilustración: Cuando se me da la vuelta el corazón y florece (Técnica: punta seca grabado. María Belén Corso. 2014)

sábado, 15 de abril de 2017

Desde un rincón del mundo

            

         Hace unos meses tuve la ocasión de compartir espacio en un acto con un concejal del Ayuntamiento de Madrid:  Javier Barbero, militante cristiano y profesional de la Sanidad venido del ámbito de los movimientos sociales que hablaba sobre los desafíos y retos que surgen para la nueva política que se ha abierto paso en la escena española en los últimos tiempos.

            En su intervención, articulada en torno a la presencia cristiana en el ámbito de lo público, hablaba de nuevas maneras de gestionar las políticas de lo común, incorporando, entre otras, las perspectivas de la ecología, la mirada feminista o la economía de los cuidados. Pero incidía también en las dificultades que, a pesar de estar al frente de una corporación municipal, se encuentran para trabajar en estas líneas teniendo en cuenta el panorama y la articulación económica y social de la vida.

            "No nos engañemos. Nosotros hemos llegado al poder, pero el poder lo siguen teniendo ellos", decía, haciendo referencia a los bancos, al capital y a todo lo que supone el engranaje de un sistema económico regido por criterios que dejan en los márgenes y las cunetas a tantas personas y al que, desgraciadamente, se han postrado y han reverenciado los poderes políticos con demasiada facilidad a lo largo de la historia y, especialmente, durante la crisis económica.

            Por algún motivo, estas palabras resonaron en mi cabeza cuando tuve la suerte de ser recibido en audiencia oficial por el Papa Francisco.

            "Francisco, tú has llegado al poder, pero el poder lo siguen teniendo ellos", pensaba yo. Es profética la valentía y audacia que tiene el Papa a la hora de posicionarse en materia política y social a todos los niveles, aunque esto le suponga enfrentarse a líderes y poderes internacionales. También sus condenas a un orden económico mundial moralmente injusto que descarta a la persona y tortura nuestro planeta. Y son conocidas las no pocas resistencias que el Santo Padre encuentra dentro del propio Vaticano y las Iglesias locales para todas las reformas que está acometiendo con valentía y aire aperturista.

            La primera impresión que me dio al verlo fue la de una persona cansada, fatigada por la intensidad de su actividad y la fuerza de unas convicciones que, si bien avivan esperanza y entusiasmo en muchos, también generan desconcierto, crítica e incluso rechazo en su propia casa.

            Se me antoja, por las anécdotas e historias que me cuenta su gente más cercana de la Argentina, imaginar al padre Jorge en sus tareas pastorales, celebrando la Eucaristía en los barrios. Acogiendo, consolando y sirviendo a pie de calle. Es, posiblemente, el hábitat más natural para esa mirada entrañable y esa prosa misericordiosa. Pero es, sin duda, una gracia inmensa que un hombre sencillo, un pastor como él haya podido llegar hasta ese faro desde donde ilumina, guía y orienta con intuición certera los caminos de una Iglesia tan frecuentemente alejada de las preocupaciones del mundo, y que parece que, gracias a él, sintoniza de manera novedosa con este.

            Este encuentro y muchos otros me hacen reflexionar sobre la mochila que cada persona lleva detrás, lo que ha podido vivir hasta llegar al lugar donde está, y a tomar conciencia de los lugares y posiciones desde donde nos relacionamos unas con otras.

            En un mundo cada día más globalizado e interconectado, donde una pequeña decisión en un rincón puede tener repercusiones y consecuencias en sitios muy alejados, parece que la relación entre los distintos seres que habitamos esta Casa común es cada vez más estrecha y cercana.

            Pedro José Gómez Serrano apuntaba que, frente a ese concepto tan recurrente de "La aldea global", que evoca una idea de idílica y apacible convivencia entre la humanidad, es mucho más acertado hablar de "El cortijo global", una imagen mucho más ibérica que nos remite a lo más rústico, añejo y arcaico de nuestra tradición, a esos excesos caciquiles entre señoritos y sirvientes que ilustran un sistema de relaciones donde la mayor proximidad física convive con las más sangrantes desigualdades entre las personas.



            Asumir responsabilidades y compromisos en los distintos espacios de la vida nos lleva a tejer relaciones con personas de distintos ámbitos, a hacernos presentes en espacios y foros diversos, y a la necesidad de aventurarnos a salir de nuestros propios terrenos afianzados para aprender a situarnos, leer y mirar desde la mirada del otro, en la búsqueda de la comprensión mutua, a veces desde posiciones muy lejanas.

            Parece que son tiempos en que, en los ámbitos social, político, eclesial... se nos llama a hilar especialmente fino, a saber tender puentes y a lanzarnos hacia diálogos que no sabemos a dónde nos llevarán.

            Y, sin embargo,  es importante no perder de vista la conciencia del lugar del que venimos y desde el que nos situamos, el rincón desde el que miramos o deseamos mirar el mundo, y guardar, desde ahí, una fidelidad profunda a nuestras raíces más asentadas, a la fuente que nos da de beber con más sentido y nos orienta hacia donde queremos llegar.

            Intentar vivir esos días de Semana Santa con cierto sentido creo que tiene algo de tomar esta conciencia.  Mirar al Crucificado, más allá de la devoción y los sentimientos populares que inundan las calles estos días, es reconocer que son pocos los caminos y trayectorias que no se han forjado bajo una base de injusticia, desigualdad y muerte.

            Aceptar que no podemos mirar la realidad de un modo neutro, que estamos condicionados por una historia, quizá privilegiada, quizá no, que nos ha situado en la posición en la que estamos y que esto, a quien más, a quien menos, nos pone sobre los hombros una responsabilidad importante para con los demás seres con los que compartimos nuestra andadura.

            Mirar al crucificado no es mirarlo plenamente si no nos incomoda, nos descoloca y nos moviliza. Aceptar este seguimiento, adherirnos a este proyecto no será una decisión real si no comporta un elemento de subversión con nosotros mismos y con los órdenes establecidos en este mundo.

            Actualizar esta historia, que es nuestra historia, es asumir que la primera y más crucial de las opciones es la de elegir desde qué rincón nos situamos para mirar el mundo. En favor de quien, definitivamente, estamos dispuestas y dispuestos a tomar partido, a leer la realidad, a escribir la historia y a dejarnos la vida.







martes, 4 de abril de 2017

Es justo y necesario



Dicen que la humanidad se condenó
el día en que convertimos en insulto
la palabra “vividor”.
No sé en qué funesto momento, en qué desafortunado instante
equivocamos el rumbo
dando a quienes tomaron
como máxima primera e irrenunciable
la vida
el mayor de los desplantes.

Una suerte parecida debió de correr la voz “amante”,
relegada, por los siglos de los siglos,
al terreno de lo oculto, lo prohibido,
lo profano, inconfesable.
Paradoja extraña, absurda:
ejercitar entre las sombras
el acto tan humano
(y, por tanto, incontestablemente divino)
de amarse.

Se impone, entonces,
pedir perdón por todo el daño causado,
recuperar el tiempo perdido,
consagrar antiguas rutas,
trazar nuevas sendas,
resucitar viejas ilusiones.

Se precisa reclamar, como lícita,
la pasión por el presente
sin cláusulas ni condiciones.

Se exige restaurar, con justicia,
a las manos que bordan
y a las bocas que se desbordan.

Reivindico los fracasos, las heridas,
las secuelas de toda travesía.

Reivindico los amores
a plena luz de vida.