viernes, 21 de septiembre de 2018

En este tiempo



En este tiempo frenético
de las relaciones líquidas,
de las opciones a tiempo parcial
de la hiperconexión de las redes,
hoy vengo a dar gracias a la vida
por lo que permanece.


Y hace un tiempo que escribí (cosa así de cinco años)
unos versos que rezaban “veintiuno de septiembre”
y empezaban con un “hoy”
que era un hoy por aquel hoy, los mañanas, los ayeres.


Decía Borges que la amistad
no necesita frecuencia,
que resiste a la distancia
y que el tiempo la macera.


Y en este tiempo de locos
donde nos tienta la desesperanza
al contemplar
lo que pasa, lo que termina, lo que no llega,
yo vengo a alzar un brindis
por las causas y las cosas que nos unen


y por celebrar que, en este tiempo
de pronósticos difíciles y de encrucijadas abiertas,
me sigue acompañando
la fidelidad revolucionaria
la presencia discreta
y la mirada serena
de quien siempre se queda.






martes, 11 de septiembre de 2018

Los hilos que enhebran nuestra historia



Hay trazos invisibles que conectan
los puntos más lejanos en un mapa,
sonidos de armonía disonante
y palabras con rima imposible
que, en verso, se buscan y se intentan,
se atientan,
luchan siempre por tocarse.


Hay jardines que crecen a la sombra
de eriales, de campos de batalla
y flores muertas con olor que permanece
detenido en un instante.


Y hay, a veces, miradas que, en un gesto,
se cruzan abocadas a encontrarse.


Los escépticos se empeñan en nombrar
la magia para deslegitimarla:
azar, casualidad, destino, karma.


Pero no hay nada escrito,
nada decidido.


Es una chispa, una intuición, una descarga,
el anhelo de un posible
lo que cada mañana nos enciende
y pone en funcionamiento
la maquinaria.


Y son infinitos hilos de colores
los que tejen una red.
Se enhebran y entrelazan
y tiran de nosotros ante el empuje
irrefrenable
que inspiran las miradas,
que ejercen las palabras,
que desatan los besos
y que incendia el amor
por cada causa.









Imagen: florecer en las vías del tren camino de Roma a Ladispoli (Lazio, Italia.2017)

domingo, 22 de julio de 2018

kilómetro cero




Ha dicho el ministro de affaires internacionales
que hemos estado amando
por encima de nuestras posibilidades.
Se anuncian recortes  reformas
que afectarán a las clases más perjudicadas
y la oposición reclama
un paquete de medidas extraordinarias
para ayudar a los damnificados
a sobrellevar los fríos meses de verano.

Pero hay voces proféticas que señalan
que este sistema inhumano
con su terca arquitectura
también tiene sus grietas,
sus hendiduras posibles
por donde la luz se introduce
con su haz de colores complementarios
que tiñen,
como una lluvia de pigmentos ancestrales,
los rostros desdibujados
y las manos que han aprendido a permanecer.

Dioses, ninfas y astros preludian
que el tiempo no nos asfixia. Nos vive
en un fluir constante
a través de caminos nuevos
por rutas salvajes
donde la tierra mojada
dibuja mensajes
bajo nuestras pisadas descalzas.

A ti, que permaneces,
A ti, que con la lógica de una mirada
haces fáciles y nuevas todas las cosas.
Tuya es la gracia.
Tuyo, por siempre, el poder de la música,
que sacia, sana y salva.





viernes, 27 de abril de 2018

Hermanas en manada


Durante el último año y medio han sido varias (la mayoría, mujeres) las personas  de mi entorno más cercano que me han confesado haber sido víctimas de abusos sexuales.

No hablo de conocidas, ni de amigas de amigas. Hablo de gente a la que veo casi todos los días, con la que comparto vida, rutina, espacios, compromisos, proyectos y opciones y que, de manera inesperada, en un determinado momento de intimidad, sinceridad y escucha mutua, han sido capaces de abrirse y expresar una verdad dolorosa y traumática soterrada en el baúl de un pasado (en alguno de los casos, muy reciente) que, en su momento, debieron gestionar con incomprensión, soledad y culpa. Episodios que posteriormente han intentado olvidar pasando página pero que, inevitablemente, afloran desde el fango a la superficie y hacen disparar continuamente alarmas emocionales, afectivas, sexuales, físicas y psicológicas en forma de miedo, bloqueo o ansiedad ante muchas situaciones de la vida ordinaria.


Si le ponemos nombre a los hechos podemos hablar de violación consumada o no en estado de embriaguez, forzamiento a practicar sexo oral de manera repetida bajo amenaza e intimidación o abuso sexual continuado a personas menores de edad.


Ninguna denunció a los agresores que ejercieron la violencia sexual sobre ellas. Quizá no los conocían, o no los recuerdan, o prefieren no recordarlos. Han recurrido a ayuda técnica, personal y comunitaria, y han abrazado la causa feminista con la determinación del pensamiento, la pasión del corazón y la mirada colectiva que lleva a la militancia activa.


Desde ayer, el tema que copa todas las conversaciones físicas y virtuales y las noticias, hilos y publicaciones de las redes sociales es la polémica resolución del juicio contra la manada. Confieso que yo, que dediqué prácticamente todo el día a asuntos de gestión musical, pude leer el relato de los hechos en un desplazamiento en metro a través del móvil y tuve que parar porque sentí un mareo y unas náuseas que me hacían tambalearme. Confieso que recibí la convocatoria de la concentración a las 20h. frente al Ministerio de Justicia y me sentí incapaz de ir. Decidí desconectar el móvil y buscarme un lugar tranquilo donde parar y silenciarme ante el dolor y la injusticia, en la respuesta a la sinrespuesta que únicamente encuentro en la oración, el silencio y la contemplación.


Confieso que, al final del día, y volviendo inevitablemente algunas de las imágenes de la narración a mi cabeza, no pude evitar pensar en todos los comentarios, comportamientos, gestos, palabras y actitudes machistas que me he permitido a lo largo de mi vida (solo basta que uno se dé un paseo de repaso por algunas de las frases más estelares de su pandilla de amigos en la adolescencia)


Sentí, por primera vez, asco y rechazo de mi propio cuerpo, como parte de ese todo que, desde la posición de poder y superioridad, ha subyugado, dominado, forzado, violado y silenciado a tantas mujeres a lo largo de la historia, y sigue haciéndolo hoy.


El debate semántico sobre las palabras “abuso”, “agresión” o “violación” o la sola imagen de una sala donde los magistrados y el público visionan una y otra vez una secuencia de brutalidad ininterrumpida de 96 segundos para discernir si las relaciones sexuales son consentidas o no, si el gemido es expresión de dolor o de disfrute, es un nauseabundo y descarnado espectáculo que alerta, de modo sintomático, de lo putrefacto de un sistema deshumanizado y que no pone el foco de atención en la verdad central sobre la que pivota lo que ha desatado tanta ira e indignación en estos días: la perpetuación, de manera institucionalizada, normalizada y, por lo que hemos visto, legislada y legalizada, de un sistema de relaciones de poder que deja a la mujer vulnerable ante el control y el acceso sistemático sobre su cuerpo y sobre su vida que el hombre ejerce sobre ella.





La violación en grupo es solo la culminación aberrante de este sistema, cuyo engranaje se nutre de mil gestos, actitudes y dinámicas cotidianas y que no es, como sabemos, patrimonio exclusivo de un ambiente desenfrenado y salvaje como el de unos Sanfermines.


También en el mundo en que me muevo, el del arte, la música y la cultura (supuestamente espacio privilegiado de sensibilidad y humanidad) he sido testigo y confidente de dinámicas de poder ejercidas por alumnos y, especialmente, profesores (en muchos casos con la connivencia de compañeros de profesión) que, desde una posición de privilegio e, incluso, de admiración en el plano artístico por parte de sus alumnas, las han humillado, las han machacado psicológicamente y las han intentado arrastrar a dinámicas de dependencia emocional y sexual.


He acompañado procesos de compañeras que han sufrido estas experiencias y han llegado incluso a abandonar sus centros de estudios y sus carreras en algunos casos.


La única respuesta posible es la que vimos ayer y la que ha llenado las portadas de la prensa hoy: la colectiva, la que genera lazos comunitarios, de pertenencia y hermandad (a la consigna “Yo sí te creo” se ha añadido la palabra hermana); la que no culpabiliza, victimiza y señala a la mujer (no ha aparecido en ningún medio la identidad ni la imagen de la chica que sufrió la violación múltiple) y sí enfoca a los verdugos y apunta con el dedo lo estructural y sistémico de la injusticia. La que arropa, moviliza, genera conciencia colectiva, cultura y pensamiento.

Hoy me decía uno de mis mejores amigos, que está a punto de acabar la carrera de Derecho, indignado con la resolución de la sentencia:

“El número de magistradas va subiendo cada año, y las chicas que entran en la carrera aumentan. Que dentro de tres años tendremos más magistradas, más juezas, más abogadas, nos da esperanza en que la aplicación de las leyes pueda cambiar


Probablemente hubiera habido otra resolución si hubieran sido tres mujeres quienes juzgaran el caso, pero esta es una tarea de todas las personas, mujeres y hombres, que abarca lo educativo, lo social, lo cultural, lo político.


Y quizá, como hombres, deberíamos más veces pararnos para que otras alcen la voz y silenciarnos para discernir y depurar nuestro pensar, ser y hacer en un camino de continuo aprendizaje y desaprendizaje. Y confiar nuestro silencio (no cómplice, sino compañero) al grito de las que tienen que seguir, con nuestro apoyo, abanderando una lucha y un cambio que, como vimos el pasado 8 de marzo y ayer, ya es imparable.









jueves, 29 de marzo de 2018

Las cosas importantes




Las cosas importantes se dicen en voz baja.

Los cuentos, las historias
las dulces confesiones,
las verdades descalzas.

Las cosas importantes no copan las portadas
ni llenan titulares.
Carecen de sección fija
en la prensa de la semana.
No siguen fieles, sumisas
las líneas editoriales
(se anuncian, si acaso, discretas
en notas a pie de página)

Las cosas importantes se dicen en voz baja.
A voz en grito se alzan
las consignas, las proclamas,
las mentiras abiertas,
las defensas a ultranza.

Las cosas importantes apenas si se oyen
entre el bullicio, el ruido,
la sordera que dejan
las razones esgrimidas
desde el campo de batalla.

Las cosas importantes se dicen en voz baja.
Los “cuenta conmigo”, “te espero”,
los “duerme tranquila”, “ten calma”.

Por no importunar, las cosas
importantes van a tientas.
Por no arrebatarle agenda
a las cosas de importancia.

Las cosas importantes
tantas veces ni se dicen.
Se rezan en los silencios,
se intuyen en las miradas.

Las cosas importantes se dicen en voz baja.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Las manos de Dios deben de ser como las tuyas





Las manos de Dios deben de ser como las tuyas,
con ese calor
a vida recién traída.
Con esa
calma nocturna
que habita silencios y aquieta heridas.
Esa
agitación
que, en la espera, delata palmo a palmo
la impaciencia nerviosa de aguardarnos.


Tus manos vienen de ayer, saben de muchas cosas.
Han tentado el tiempo, la lucha, la poesía.
Se han alzado, indómitas, por causas que una vez
se alumbraron con dolores de parto y utopía.


Tus manos del sur tienen fragancia oscura,
perfume que en la noche se estremece.
Heladas, se despiertan al tocarte,
estallido de mil peces, agua viva.


Tus manos del norte son manos guerrilleras
que sudan, tapan, sienten, rozan, piden.
Abrazan, calman, cuidan, permanecen.
Sostienen desde el fondo. Atrás, anónimas,
militan por las venas de la historia.


Son tus manos, en fin, arqueología
del Reino.
Buscan huellas perdidas en la noche,
caminantes abatidos en la orilla.


Pintan tus manos, a fuerza de intuiciones,
sueños blancos de esperanza colectiva,
mañanas de un mañana que promete,
salvaje,
memoria, libertad, justicia y vida.






Imagen: mural de arte urbano en las calles de Salamanca

domingo, 19 de noviembre de 2017

Raíles hacia el progreso


Con un sol de justicia quemando la dureza de una tierra manchada de olvido y la aridez de un paisaje indomable, Claudia Cardinale se bajaba del tren para saldar las cuentas con un pasado que se resistía a desaparecer. Hasta que llegó su hora o, en su traducción original, Érase una vez en el oeste (Sergio Leone, 1968) suponía para el western, género cinematográfico icónico-masculino por excelencia, la primera vez que una mujer, más allá de ser mero objeto y causa de disputas entre grandes arquetipos de virilidad, ocupaba el eje central de una trama y asumía en soledad el timón de un destino personal, histórico y colectivo.


La maravillosa película que el romano Sergio Leone dirigió en 1968, ambientada en las postrimerías de la Guerra de Secesión americana, representaba el epílogo de un mundo que se extinguía y la obertura de un nuevo tiempo marcado por el nacimiento de la modernidad.

A un lado, el salvaje oeste, universo de antihéroes solitarios, historias individuales de lucha y redención y tierras sumidas en el abandono. Al otro, la belleza italotunecina y la inspiradora personalidad de Claudia que, con  el tren, traía las medidas del futuro y la civilización y un nuevo orden de la vida marcado por la comunicación y la apertura al exterior.

El ferrocarril y sus vías en construcción, marco de fondo de toda la película, representaban la metáfora del progreso y la llegada inexorable de la modernidad frente a un sistema en extinción que daba sus últimos coletazos. Esta imagen, sugerente y evocadora, representaba el cambio de una época y, releída con el tiempo, nos habla hoy de la importancia que tienen las infraestructuras y el desarrollo para el progreso de los pueblos y el avance de las sociedades.

El momento social y político que atraviesa nuestro país, con el debate territorial encima de la mesa al hilo de la cuestión catalana,  ha surgido como un tiempo propicio para reflexionar sobre el marco de convivencia que regula la vida de las gentes en el espacio que compartimos. Hace tambalearse, desde el plano lingüístico, la objetividad de ciertos conceptos acuñados y asumidos como inamovibles en nuestra conciencia colectiva (Estado, nación, región) y ha hecho, desgraciadamente, resucitar ciertos fantasmas que desfilan bajo la forma de excluyentes radicalismos identitarios de diverso signo. Cuando las bandeas ondean no como expresión de la pertenencia geográfica que enraíza y da identidad y riqueza a la vida de los pueblos, sino como ariete de la diferencia y emblema de la confrontación, el diagnóstico de nuestra sociedad empieza a pasar de grave a muy crítico.

Pero toda esta coyuntura apunta y pone el foco también en una herida sangrante que nos hace tomar conciencia de la injusticia y la enorme brecha de desigualdad que padecemos entre nuestros propios territorios.

Extremadura es la única comunidad autónoma sin un kilómetro de vía férrea electrificada, ni vía doble, sin líneas de larga distancia. Quienes vivimos fuera de ella sabemos lo que es viajar en esos trenes antiguos que, a menudo, salen con retraso, se detienen en mitad de su trayectoria y no invierten menos de seis horas en un recorrido que, en coche, se realiza en poco más de tres.

Nuestra región es una de las más pobres, con una realidad rural profundamente desatentida y con una riqueza cultural, social e histórica poco reconocida y valorada.



La reivindicación por un ferrocarril decente viene tomando forma desde que, hace varios meses, la ocurrente plataforma ciudadana Milana bonita, formada por personas que homenajeaban a los costumbristas personajes de Los santos inocentes, se presentaron en la estación de Atocha denunciando el abandono y el olvido de las tierras extremeñas por parte de las instituciones y reclamando un sistema de transportes digno que facilite nuestra conexión con el resto de territorios del Estado.

Ayer, miles de personas se congregaron en la capital y clamaron por un Tren digno para Extremadura. A pesar de la reivindicación unánime, hay voces críticas que apuntan que la instalación del AVE podría significar la llegada de un medio cuyo uso no estaría al alcance de todas las personas y podría suponer un desmantelamiento encubierto de la vía de la plata, señalando como mejor solución la habilitación de un tren convencional de altas prestaciones y sostenible.

Pero es indudable que, salvando estos matices importantes que marcarán la diferencia entre una resolución del tema arbitrada solo por políticos o que mire, escuche y se consensue con las voces de otros colectivos, esta lucha, a la que se han sumado con vigor los obispos de las diócesis extremeñas respaldados por sus presbiterios y el conjunto de personas laicas, comunidades y movimientos que formamos la Iglesia, sirve para poner otros acentos en medio del esperpéntico escenario social y político actual de esta España nuestra.


Y afirmar, con urgencia, que el diálogo en torno a los territorios, las fronteras y las identidades al que estamos abocados si queremos concebir un nuevo marco de convivencia en que todas las personas estemos a gusto no será equitativo, exigente y con planteamientos verdaderamente humanos (y, ¿por qué no, cristianos?) si no se ilumina con serias implicaciones políticas, sociales, económicas y fiscales y con criterios de justicia y solidaridad entre los pueblos que sepan poner la mirada y el corazón en las personas y comunidades más pobres, olvidadas y desfavorecidas.