martes, 21 de marzo de 2017

Benedizione della mattina nella stanza




Esta mañana me has traído como caricia el sol de Italia,
que es un sol distinto
a los demás soles.
Me dices “quédate aquí conmigo” o “aquí se vive de otra forma”.
Puedo imaginármelo.
Sobre la mesa está nuevamente
el misterio cotidiano. Ese que,
desde hace siglos,
nos llama, nos convoca, nos reúne.
Hemos seguido viniendo
durante todo este tiempo.
No hemos faltado a nuestro encuentro fiel
con el sentido antiguo de las cosas,
esa mecha prendida
en torno a la escucha íntima
de esta historia (que es nuestra historia).

Mirad cómo se aman”, dice la Escritura,
pero ese versículo está por estrenar.
El niño sólo está llorando
y a su alrededor  ya hay tres mitras
escribiendo, regulando, normativizando.
¿Por qué ponerle medida
a aquello que no la tiene?

Adelante. Deja dulce caos que se desborde esta noche.
Ábreme la puerta.
Si es con tu acento, si es en tu lenguaje
estoy dispuesto a quedarme.

En italiano la palabra “verso” significa “hacia”.
Quizá es que ya se dieron cuenta de que es
                                      
                                                 la poesía

                                                                  la que indica el camino.





lunes, 6 de marzo de 2017

Aún no ha llegado el tiempo de las camisas



Dices que no se puede salir guapa en invierno
y es que este frío se ha instalado en nuestros cuerpos
como visitante que, sin avisar, vino a quedarse por demasiado tiempo.
Adormece los sentidos, nos paraliza, nos hace deambular,
nos encierra hacia adentro.
Quiere detener nuestra pasión
y nos condena a la cárcel de los intentos.

Esta noche, diez furgones policiales están peinando Lavapiés.
Junto al muro, las caras consternadas, el silencio de sables, las manos contra la pared.
Miradas ajenas pasamos de largo
y grita una pintada rebelde: “Este establecimiento destruye el comercio de barrio
pero es difícil dolerse por esas cosas
si vivimos refugiadas
en una transición de luz entre espaldas enlazadas.
Dicen las pintadas que “Este establecimiento explota a sus trabajadores
pero es tan fácil mancharse
si seguimos habitando este paraíso cotidiano
de miradas que se acercan,
serpientes acuáticas
y lunas que tiemblan.

Dices que se trata de ensanchar el corazón y sus constelaciones de arterias
para abrazar
fuerte, grande y largo
las raíces de la tierra.

Háblame de la vida, la justicia y el amor.
Susúrrame que es posible, que el verano está a la vuelta.
Llévame al lugar donde las revoluciones se inventan.






martes, 3 de enero de 2017

Instalarse en la intemperie



   En estos días se escuchan continuamente en las conversaciones que planean sobre innumerables comidas y cenas familiares. Se leen en los mensajes de móvil, se oyen en las llamadas telefónicas e ilustran multitud de imágenes que se comparten y se multiplican en las redes sociales .

      Buenos deseos, felicitaciones y propósitos de año nuevo. Es tiempo propicio para mirar hacia adelante y llenarnos de planes por desarrollar, de objetivos por cumplir, de metas por alcanzar. Es un momento de renovar energías, de oxigenarnos y llenar con avidez, para no perder un ápice de tiempo, la lista de cosas por hacer en este 2017.

      
     Mirar hacia atrás, sin embargo, también nos hace comprobar de qué manera los caminos, a veces tan sinuosos y caprichosos de la vida, nos han llevado por otros derroteros muy diferentes a los que planeábamos ordenadamente hace poco más de un año. Quizá esa comprobación nos depare un gesto agridulce o a lo mejor una sonrisa agradecida ante sorpresas inesperadas que nos trajo el pasado año. Seguramente hubo personas a las que se esperó y no llegaron, otras que se fueron inesperadamente y otras que, de manera fortuita, aparecieron en el momento en el que más las necesitábamos.

      También hubo lugares que probablemente pensábamos frecuentar y apenas llegamos a pisar y otros en los que igual irrumpimos casi sin percatarnos y donde aprendimos a montar nuestra tienda de campaña para quedarnos más tiempo del esperado. Posadas en las que, casi sin haber sitio, aprendimos a encontrar un hueco y a hacer de ellas nuestro hogar.



      Mirar hacia adelante revela también, en muchos casos, escenarios desesperanzadores de futuro. En las conversaciones de estos días abundan, entre amigas, amigos y compañeros, las situaciones escandalosamente normalizadas de precariedad y falta de horizontes ante el final de períodos de estudio y de prácticas que dejan, tras de ellos, situaciones que conducen a la frustración de no poder desarrollar una vocación humana y profesional, de vivir con autonomía e ir poniendo los cimientos para construir un proyecto vital propio.

      Ante estos sentimientos, volver al sentido originario de la Navidad es, quizá, acercarnos a un acontecimiento que se da a la intemperie y que es recibido, precisamente, por aquellas personas que viven su vida en medio de esa intemperie ("Porque no había sitio para ellos en la posada..." "Había en aquellos campos unos pastores que pasaban la noche al raso..." Lc 2, 7-8)

      Puede que este relato nos deje el eco de una llamada a saber vivir al raso, en intemperies desnudas de certezas y seguridades, donde, si bien es difícil intuir cuáles serán los caminos que transitaremos a nivel laboral, profesional o personal, sí es posible definir el cómo queremos vivirlos. Sí que es posible alumbrar criterios, actitudes y claves que queremos cuidar en una etapa en la que ya sabemos de antemano que no todos nuestros propósitos y planes se desarrollarán como nos gustaría.

      Instalarnos en la intemperie es también una opción. La opción de saber hacer presencia en lugares de frontera, de periferia, en sitios donde sabemos que no suele ser cómodo permanecer, acompañando situaciones o dejando la vida en frentes donde muchas veces se nos demanda y se apuesta a fondo perdido.



    Entre las estampas de estos días recordaba la imagen de un personaje sugerente e inspirador del cine: Danny Rose, el protagonista de una evocadora película que Woody Allen dirigió, en blanco y negro, en los años ochenta.


    Ambientada en el mundo encantador pero también decadente de los locales nocturnos de Broadway, Danny Rose es un mánager que se gana (o se pierde) la vida representando a los personajes más esperpénticos y pintorescos de ese mundo.
Lo hace apostando, con fe ciega en las posibilidades de los demás, por todos aquellos por los que nadie en su sano juicio apostaría: un bailarín de claqué con una sola pierna, un malabarista manco, un xilofonista ciego y un hipnotizador incapaz de sacar del trance, entre otros.

      Danny Rose se juega la vida y se mete en líos por dar una oportunidad a aquellos que solo parecen predestinados al fracaso y, que paradójicamente, cuando consiguen salir de su situación de mediocridad, lo abandonan buscando a otros representantes mejores, relegándolo siempre a su condición de mánager de artistas de segunda o tercera fila.

      Es desgarradoramente bella y agridulce aquella escena en la que Danny Rose llega a casa para celebrar la cena de Nochebuena y aparece nuevamente, irremisiblemente solo pero tímidamente feliz, rodeado de todos esos perdedores que han seguido siendo su más importante y única opción en la vida.

      A veces es también opción por la intemperie y opción de confianza la de acompañar a personas y procesos que nos hablan desde el fracaso y la debilidad, sabiendo que muchas veces no llegaremos a ver los frutos de ese acompañamiento más que cuando esa persona tome las riendas de su situación para seguir su propio camino.

      Y, sin renunciar a la necesidad de reivindicar la esperanza, la alegría y nuestra disponibilidad para acoger lo nuevo que el año nos traerá, para mí es una llamada a pensar en esas claves desde las que quiero vivir, en esos lugares en los que quiero permanecer o a los que quiero llegar, y en esas personas desde la que creo que es necesario seguir mirando y entendiendo el mundo, y apostando sin condiciones.


Feliz 2017.




jueves, 25 de agosto de 2016

nómada





Eres todos los lugares donde has amanecido,

la luz de cada despertar

en brazos de aquella persona

a la que una vez bautizaste con la palabra "hogar".


Eres el tiempo de espera en tantas estaciones cuyos nombres ya no recuerdas.

Todas son la misma. En todas

el mismo cartel de bienvenida,

la misma escena de exilios y retornos,

reencuentros

         y despedidas.



Aprendiste solo a recordar ( del latín recordāri , "volver a pasar por el corazón" )

la instantánea de un desayuno a medias y el esbozo tímido de un poema naciente

al borde de una servilleta de papel.



Aprendiste que no había más destino

que la certeza callada

de unos brazos, al llegar, en los que sentirte acogido (bendecido).



Nunca te quedaste mucho tiempo. Nunca

llegaste a hacer de ese calor una constante, una costumbre, una rutina.



Pisaste tierra sagrada, te descalzaste, sacudiste

el polvo a las puertas de cada fracaso, derrota y abatida.




Eres esa maleta siempre por hacer, siempre por deshacer, esa que siempre te dejas

en medio del pasillo de la vida.


Quizá porque te recuerda tu vocación peregrina, la exigencia

de no hundir nunca hasta el fondo las piquetas de tu tienda 

en el suelo donde pisas.


Eres la mañana abierta hacia posibilidades infinitas,

una hoja en blanco, un pentagrama,

un boceto que promete color

en su versión definitiva.


Eres todas las copas que alzaste por las causas que merecieron 

                              (y siempre merecerán)  

la alegría.




martes, 19 de julio de 2016

A las puertas







Esta noche he visto automóviles atravesar ciegos las calles recogiendo a los hijos 
                                                            [ primogénitos de Europa

no he podido escuchar sus nombres

no he podido escuchar sus nombres porque afuera hay un ruido de sables

no he podido escuchar sus nombres porque hay un silencio en los despachos 

donde los observadores firman tratados internacionales


Babel es una montaña de escombros que sepultan una arqueología de lenguas 

                                                                            [milenarias


esta noche he visto una legión de soldados sin patria atravesar ciegos los muros de 

Europa

no pueden recordar sus nombres no pueden porque solo han visto

paraísos prometidos en pantallas donde se coreografían infiernos urbanos


Liberté égalité fraternité ironizan las glosas de otro tiempo

mientras en las fosas se escuchan sarcásticas las antífonas de los muertos


Babel es una mitología arcana de músicas perdidas

pero yo no las escucho yo no las escucho porque

afuera hay un ruido de sables y esta noche


he visto automóviles atravesar ciegos los cuerpos de todos los hijos de la historia









viernes, 10 de junio de 2016

Una habitación por estrenar




Tú sabes bien, y yo, los dos sabemos
que un día cualquiera de estos, una mañana, un día
la vida dejará los baches y reveses
y tocará madrugar y construir. Será el momento
de pintar de azul las paredes y los meses,
encalar los miedos, las dudas, los fantasmas
y poner una vela débil, un pábilo prendido
por cada nombre, cada logro,
cada paso en el camino.


Tú sabes bien, y yo, que muchas veces
es duro, nos cuesta, nos cansamos.
Parece que no hay modo, no hay salida
y, sin embargo,
hay una ruta extraña, una senda indescifrable
(solo visible en latitudes compartidas)
de mariposas que cuidadosamente se posan
junto a la palabra precisa, el verbo, la medida,
el verso exacto que anuncia
que bajo la fría superficie de la escarcha
se escucha, tímido, imparable
el rumor de un latido nuevo en cada esquina.


Tú sabes bien, y yo, no hay que engañarse
que no hay batallas cómodas ni dulces despedidas,
que no hay dolor sin reservas
ni justicia sin tripas
pero está por estrenar (verás que será pronto)
una habitación nueva
con vistas a la vida


con todos los amaneceres por desnudar,
con todos los rincones por habitar,
con todas las historias por contar.

Y será tu tiempo, el nuestro y el de todas
las miradas 
eternamente rotas y abatidas


y será el momento, la mañana, el turno, el día
de reivindicar a toda luz, con toda fuerza
la opción preferencial por la alegría.









martes, 7 de junio de 2016

Negociar la identidad

     

    
   Hace poco tuve la suerte de escuchar, en la asamblea del movimiento de Profesionales Cristianos, una conferencia de Carlos García de Andoin, compañero militante, teólogo y psicólogo cristiano de fuerte compromiso político y amplia trayectoria en distintos movimientos de la Acción Católica Española, que hablaba de la presencia cristiana en la esfera pública y del papel que nuestros movimientos están llamados a desempeñar para poder articular una acción significativa en la sociedad actual.

       Carlos recogía con mucho acierto y un toque de humor la situación a la que muchas personas cristianas hacemos frente en nuestra rutina cuando, muy frecuentemente, nos toca explicitar y justificar nuestra fe en ámbitos fuertemente secularizados donde lo religioso no es representativo y la imagen de la Iglesia está totalmente devaluada y carece de crédito.

       Según él, los cristianos y cristianas que vivimos nuestra vocación en medio del mundo, nos encontramos en un estado de invisibilidad social dentro de una sociedad de tolerancia limitada.



      Cuando nos definimos como tales, rápidamente se nos mira con extrañeza y, a menudo, se nos piden cuentas de los errores e incoherencias de la Iglesia y se nos echan sobre las espaldas poco menos que todos sus grandes pecados, desde la Inquisición y la condena de Galileo Galilei hasta la pederastia infantil.

       Ante esto, sostenía que hay dos grandes vías de respuesta que nos permiten salir del escollo ilesos sin entrar demasiado en debates y discusiones ideológicas: la de que nosotros somos cristianos de base, expresión que automáticamente nos sitúa en un espacio de simpatía fuera de toda sombra de sospecha y, por otro, la de resolver nuestra condición cristiana por la vía de la ética, de que vivimos nuestro cristianismo por el camino de la lucha por los derechos y la justicia social.

       Se trata, según decía Carlos, de un proceso de negociación de la identidad en el que reducimos nuestra vivencia de la fe a una serie de elementos que gozan de la aceptación social que todos necesitamos, silenciando o invisibilizando otros menos populares como la eclesialidad, la espiritualidad o el misterio.

       Esta expresión de la negociación de la identidad me resulta enormemente sugerente y me recuerda mucho a unas de mis películas favoritas, Ed Wood (1994) aquel maravilloso biopic - homenaje que Tim Burton dedicó al considerado “peor director de la historia del cine”.




       Johnny Depp encarnaba al malogrado Ed Wood, un hombre entusiasta, visionario y aficionado al travestismo que, sin ninguna formación académica, desarrolló su carrera cinematográfica en el género de la serie B contando con el apoyo de una serie de excéntricos personajes, entre los que se encontraba su gran ídolo Bela Lugosi, el mítico Drácula a quien rescató en el crepúsculo de su vida y el declive de su carrera, asediado por la soledad, las adicciones y la locura a la que le llevó el encasillamiento en su rol principal de vampiro transilvano.

       Ed Wood, con su comitiva de marginados, fracasados y olvidados se lanza a la empresa de llevar a cabo su gran proyecto cinematográfico final pero, ante las dificultades que encuentra para su financiación, se ve forzado a hacer una serie de concesiones extravagantes que pasan por bautizarse por el rito de la Iglesia Bautista de Beverly Hills para ganarse el favor de sus productores, cambiar a la actriz protagonista por la familiar de uno de ellos o modificar el título del film por otro más acorde a las creencias e ideas de su bienhechores. Sin duda, un proceso de negociación de la identidad del que resulta una desastrosa película que poco o nada tiene que ver con la idea inicial del creador.

       Si reflexionamos un poco, probablemente muchas de las acciones y decisiones de nuestra vida suponen actos de negociar la identidad, de renunciar a alguna parte, mas o menos sustancial de lo que pensamos, creemos o sentimos, en pos, como en el caso de Ed Wood, de lograr una aceptación o cauce para nuestro proyecto o, sin llegar a esos extremos, de adherirnos a una causa más global y colectiva.

       Este es el sentimiento que se me presenta ante la nueva cita electoral: las generales del 26J.
 


      Frente a políticos que enarbolan la devolución de la soberanía al pueblo, se nos convoca a las urnas nuevamente ¿para qué? para corregir el resultado de unas votaciones, para ver si esta vez acertamos porque la sociedad debió equivocarse cuando lanzó un mensaje de pluralidad, de cintura para negociar posturas y lograr entendimientos, de una necesidad de gobernar sin amplias mayorías, sin decretos ni rodillos.

       Ante la imposibilidad de jugar con esas cartas, se nos devuelve la patata caliente, y sin que haya habido demasiada autocrítica, sin que se hayan dado pasos hacia atrás ni rectificaciones significativas.

       Y es muy probable que volvamos a ese bipardisimo tan polarizado del que tanto hemos querido huir, solo que ahora con nuevas formas y nuevas caras...o las de siempre.

       Negociar la identidad, dejar atrás los escozores y las incoherencias que nos despiertan los líderes, los programas y los planteamientos de los partidos para intentar adherirnos a algo con la convicción de que solo ese puede ser el camino para seguir apostando por una sociedad más justa, por un mundo más humano.

       Parece peor el remedio que la enfermedad. Parece tremendamente irresponsable permanecer en casa esperando unos resultados que nunca serán satisfactorios mientras siguen las alarmantes tasas de desempleo, de pobreza, de precariedad laboral, mientras se sigue escuchando en diferido el grito de tantos seres humanos que llaman a la puerta de una Europa que continúa replegándose en sus propios intereses y desoyendo el clamor hermano de los que agonizan en las fronteras.

       Negociar la propia identidad, ponerse las pinzas y taparse los ojos para volver a ir a votar porque hay que seguir luchando, porque las soluciones a tantas realidades de sufrimiento no pueden esperar.

       Y ser como Ed Wood, ese visionario loco y apasionado que ponía el corazón en lo que hacía y que se emocionaba contemplando la mediocridad de su obra arte, aunque fuera consciente, quizá, de que había que ser muy ingenuo para no ver los decorados de cartón piedra, los cables, la tramoya y la iluminación artificial.

       De que era demasiado evidente el truco, el engaño y la farsa detrás de cada escena pero que el espectáculo debía continuar a pesar de que el resultado final, fuera el que fuera, siempre dejaría mucho que desear.