martes, 12 de abril de 2022

El currículum oculto

 

Así voy devolviéndole a Dios unos centavos

del caudal infinito que me pone en las manos.

(Jorge Luis Borges)

 

 

Mi amigo Jesús me dijo una vez que los McDonald´s tienen algo de religioso. Ante el vacío que nos hacen sentir aquellas grandes preguntas para las que no encontramos respuesta, las religiones nos invitan a sujetarnos a una (a veces, dudosa) red. Nos ofrecen seguridad frente a lo desconocido. Nos venden certezas, a coste variable. Lo mismo nos pasa al encontrarnos fuera de nuestro hogar. Cuando visitamos un país lejano a menudo desconocemos su moneda, nos cuesta saber si algo es caro o barato y, si es la primera vez, tampoco podemos adivinar, más que por referencias indirectas, si tal o cual comida nos gustará.

En ese contexto, y hasta en el lugar más recóndito del mundo, suelen avistarse, más cerca que lejos, unos arcos dorados que nos ofrecen un asidero al que agarrarnos. Ante lo desconocido, se convierten en un oasis en medio del desierto: sabemos exactamente el tipo de comida que encontraremos, su sabor y el coste que tendrá. Incluso nos imaginamos con rapidez la propia configuración interna del local (prácticamente idéntica en cualquier parte del mundo).

El capitalismo funciona así. Cuando las coordenadas cambian, nos pone delante los suficientes elementos conocidos como para hacernos sentir el confort, la ficción de la libertad de elegir. Por muy lejos que nos encontremos siempre habrá un lugar donde experimentemos, aunque no sea más que un mero espejismo, que tenemos todo lo necesario para sentirnos en casa.

Sin embargo, este sistema económico suele obviar rápidamente las variables que contemplan el cuidado y el sostenimiento de la vida. Quienes hemos elegido caminos como la música, el arte y la educación nos hemos dado cuenta de que la productividad de nuestra actividad solo puede medirse con otros parámetros. Y la carrera académica es exigente en dedicación y dilatada respecto a la posibilidad de vislumbrar un escenario de estabilidad al final de tantos escalones.

«Con el tiempo aprenderás que hay diferencia entre conocer el camino… y andar el camino…», le decía Morfeo a Neo en Matrix (2001), esa fábula moderna que nos hizo alucinar a los niños de los noventa, y que ya ha cumplido nada menos que veintinún años. Que se lo digan a ellos: imaginaron un 2199 repleto de desarrollo tecnológico, realidades digitales paralelas y saltos mortales sin gravedad, pero…seguían usando cabinas telefónicas ¡vaya! Desde luego, no conocían el camino…

Cuando decides, rozando los treinta, aventurarte a andar el camino incierto de realizar una tesis doctoral, después de haber emprendido prácticamente todas las rutas opuestas a aquellas que podían encarrilarte hacia un futuro seguro (estudiar una carrera musical, consagrar los años centrales de tu juventud a la militancia en una organización estudiantil…), la incertidumbre que se te presenta delante es la misma. Y la emoción, afortunadamente, también. Además, eliges orientar tu investigación hacia Hispanoamérica, una tierra que no has pisado nunca, pero desde la que –por alguna extraña razón– llevas tiempo mirando, pensando y sintiendo el mundo; el mundo, y la música.

    Y nos sobreviene una pandemia, que te deja en la orilla, y frena por dos años tu deseo de cruzar el Atlántico. La cosa se complica.

Y en el trayecto que comienza, la gente que bien te quiere te asesora para introducirte en un complicado entramado que requiere estrategia, trabajo, perseverancia, visión de futuro: delimitar bien tu perfil, armar el currículum…estudiar, enseñar, publicar. Calcula cada paso, pero no pierdas el alma por el camino, no te olvides de la motivación y el sentido.

Así las cosas, cuando el camino empieza a desbrozarse te das cuenta de que no es solo gracias a tu valía académica, sino a la apuesta generosa de personas que van moviendo fichas delante de ti para que el tablero se despeje de manera casi natural a tu paso: desde el profesor que te orienta sistemáticamente para tomar las decisiones acertadas a los vecinos de un humilde barrio de Sevilla que prestan unas mantas para preparar la habitación de la casa de un amigo que te acoge durante un mes de estancia de investigación. O esa familia que te recibe a 9.000 km de tu ciudad y dispone la mesa para tu llegada. Y la compañera que te abre las puertas de su hogar y su microcosmos creativo y, durante un mes, aparca su agenda para vivir desde ti y guiar tus sentidos por “mi Buenos Aires querido”.

El capitalismo y su lógica de franquicia norteamericana sacude a quien no tiene los resortes económicos y personales para soportar las embestidas, pero la historia (que sigue siendo profana y sagrada a la vez) nos habla al mismo tiempo desde las redes comunitarias que cuidan y sostienen la vida. Sin ellas, sería imposible vivir la aventura.

Hace unos días, una profesora de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid nos contaba que, durante la defensa de una oposición a profesora titular a la que recientemente había asistido, la candidata empezó enumerando aquellos proyectos en los que se había embarcado y vivencias que “no le habían reportado nada” para su engrosar currículum académico, pero que habían definido el tipo de persona y profesora que hoy era.

El “currículum oculto”. Ese paisaje de personas, emociones y momentos que configuran nuestra biografía personal y profesional. Ese expediente que, sin computar de forma directa en los ránkings mejor posicionados, hace posible andar el camino. Y que tiene una traducción directa en nuestra forma de relacionarnos con el mundo, de aprenderlo y de enseñarlo.

Gracias.