jueves, 25 de agosto de 2016

nómada





Eres todos los lugares donde has amanecido,

la luz de cada despertar

en brazos de aquella persona

a la que una vez bautizaste con la palabra "hogar".


Eres el tiempo de espera en tantas estaciones cuyos nombres ya no recuerdas.

Todas son la misma. En todas

el mismo cartel de bienvenida,

la misma escena de exilios y retornos,

reencuentros

         y despedidas.



Aprendiste solo a recordar ( del latín recordāri , "volver a pasar por el corazón" )

la instantánea de un desayuno a medias y el esbozo tímido de un poema naciente

al borde de una servilleta de papel.



Aprendiste que no había más destino

que la certeza callada

de unos brazos, al llegar, en los que sentirte acogido (bendecido).



Nunca te quedaste mucho tiempo. Nunca

llegaste a hacer de ese calor una constante, una costumbre, una rutina.



Pisaste tierra sagrada, te descalzaste, sacudiste

el polvo a las puertas de cada fracaso, derrota y abatida.




Eres esa maleta siempre por hacer, siempre por deshacer, esa que siempre te dejas

en medio del pasillo de la vida.


Quizá porque te recuerda tu vocación peregrina, la exigencia

de no hundir nunca hasta el fondo las piquetas de tu tienda 

en el suelo donde pisas.


Eres la mañana abierta hacia posibilidades infinitas,

una hoja en blanco, un pentagrama,

un boceto que promete color

en su versión definitiva.


Eres todas las copas que alzaste por las causas que merecieron 

                              (y siempre merecerán)  

la alegría.




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