lunes, 19 de julio de 2021

Si cantase el gallo rojo

 

Mi abuelo le ha preguntado su edad

a ese hombre mayor apoyado en la barra del bar.

Hoy cualquier muchacho tiene ochenta años, dice

mi abuelo, que ya ha visto la moldura de la cornisa en el horizonte.

 

Mi abuelo vino a este solar

con la Segunda República, con esa luz

que tan bien pintó José Luis Alcaine para Fernando Trueba

en Belle Époque

(claro, que era más fácil vivir aquellos años

cuando eras un jovencísimo Jorge Sanz solo preocupado

por debatirte entre las sábanas de Penélope Cruz,

Ariadna Gil, Miriam Díaz Aroca y Maribel Verdú).

 

Cuenta mi abuelo en sus memorias

que de niño andaba curioseando en la puerta del cuartel

de la Guardia Civil porque habían cogido a un maqui

que andaba por ahí haciendo de las suyas

y que lo habían prendido sin resistencia y que a los dos o tres días

lo sacaron a pasear y lo echaron fuera

de la carretera y le pegaron cuatro tiros

y que durante mucho tiempo

la gente estuvo yendo al lugar a mirar la sangre

 

y que en el año 1945

el hambre inundó las calles de caras hinchadas

pidiendo a las puertas de las casas

y que muchos años después hubo un alcalde

que no se había enterado de que Franco se había muerto

y una noche, después de cerrar el bar, se juntaron varios,

conspiraron y montaron un partido para echarle.

 

Yo creo que no le ha costado ser rojo y creyente

porque siempre ha ido de la mano de la Quisca, que ha debido de ser

ese Dios entre las ollas y los fogones

del que hablaba Santa Teresa unos siglos antes.

 

En los ochenta dio trabajo a bastantes muchachos

y vio cómo el alcohol se llevó por delante a más de uno

de modo que decidió beber con poso lento

una botella de Rivas del año 1963

que todavía hoy saca en ocasiones especiales.

 

No se le han dado mal los números

ha tenido amigos médicos, fontaneros, curas y albañiles

y siempre ha estado convencido de lo de la igualdad

no le han sorprendido los desmanes de la Corona

porque nunca se ha fiado de ella

y tenía ganas de ver

después de tanto tiempo

a algún comunista sentado en el consejo de ministros

de este país de vísceras calientes y memoria corta.

 

Mi abuelo Quico Medina.

 

Nunca le fue mucho la disciplina militar,

así que después de la mili montó un bar

y un negocio de materiales de construcción

y entre brindis por la vida, mucho sudor y baile

ha sido la historia de España

la que se ha puesto a desfilar delante.

 





jueves, 1 de julio de 2021

¿Un mundo ideal?

 

De entre todas las experiencias en las que el cine nos permite vernos reflejados siempre me despiertan especial curiosidad aquellos relatos de gentes que, teniendo ante sus pies el mejor de los mundos posibles, acaban finalmente optando por la rutina conocida. A mí, que tantas veces se me ha escapado como arena entre los dedos la compañía de personas y vivencias especiales que desearía haber atesorado, me cuesta empatizar con esos personajes que renuncian voluntariamente a los ideales a su alcance por conformarse con una vida más cómoda.

En Corazonada (Francis Ford Coppola, 1981), un matrimonio sumido en una convivencia tediosa y conflictiva decide separarse y poner fin a su proyecto compartido. A lo largo de una noche mágica, teñida por las luces de neón y la música de los motores de los coches de la ciudad de Las Vegas, cada uno emprende su propio rumbo en busca de alguien que llene su corazón. Ella queda maravillada por la labia de Raul Juliá (el actor puertorriqueño que daba vida al padre de la familia Addams), un pianista que promete llevarla a lugares exóticos que ella solo conoce a través de los folletos de la agencia de viajes donde trabaja como dependienta. 

En una escena maravillosa, la chica se sienta sola en un restaurante, apenada por haber perdido la pista a su nuevo y fulgurante pretendiente. Él reaparece en ese momento como el camarero del local, donde trabaja explotado (seguramente porque la música sola no le da para vivir…) por un jefe intransigente que le recrimina que se ponga a hablar con la chica y acaba despidiéndole. En un alarde de dignidad y teatralidad, se levanta fingiendo ser un comensal indignado por el servicio y el trato recibido y se marcha con ella a vivir una aventura al compás de bailes latinos y evocadores acordes de piano.

El marido de la chica, un tipo soso y anodino, convoca a un colega para salir por la noche a por nuevas conquistas. En un circo descubre a una hipnótica y bellísima acróbata de la que queda prendado (Natassja Kinski), que se lanza a sus brazos para vivir un romance bajo el cielo rutilante del crepúsculo a las afueras de la ciudad.

Incomprensiblemente, ni el atractivo desbordante de Juliá ni la magia funambulesca de Kinski lograrán retener a la pareja protagonista. Al final, ambos abandonan a sus arrolladores amantes de una noche para darse una nueva oportunidad, con pocas garantías de que su convivencia deje de ser el infierno irrespirable en que se había convertido…

    Mucho más conocido es el sorprendente desenlace de El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Dorothy, aquella niña pelirroja que soñaba en blanco y negro con un lugar más allá del arcoíris junto a su perrito en una granja de Kansas, despertó a un mundo maravilloso en Technicolor para recorrer el camino de baldosas amarillas hacia la prometida Ciudad Esmeralda. Sin embargo, todo ese viaje en compañía de amigos fantásticos solo le sirve finalmente para darse cuenta de que “se está mejor en casa que en ningún sitio”: una bofetada de realismo para la sociedad norteamericana de finales de los años 30, a la que quizá se estaba invitando a abandonar los horizontes elevados y a resignarse, sin intuir que lo peor aún estaba por llegar.

También la pandemia ha sido una bofetada de realismo que ha cerrado el paso a todos nuestros ideales. Nunca seremos capaces de medir el coste que ha tenido –y está teniendo– en términos de proyectos de vida truncados, de biografías marchitadas prematuramente en la soledad de las ucis y el silencio de las residencias. Nunca podremos llegar a dignificar lo suficiente tantos finales abruptos. La crisis de la COVID-19 nos ha hecho tomar conciencia de nuestros límites personales, sociales y estructurales y nos ha empujado a vivir en una realidad enclaustrada que ha cortado el vuelo a nuestras grandes aspiraciones; a movernos en unas coordenadas que no nos han permitido proyectarnos más allá de lo tangible e inmediato.

Hace una semana se anunció el fin de la obligatoriedad de llevar mascarillas en los espacios abiertos, un soplo de novedad que ha llegado coincidiendo con los primeros rayos del verano. Más allá de la inconsciencia de algunos (que ha estado presente durante toda la pandemia) parece que sí se vislumbra un horizonte de esperanza con escenarios distintos que dan margen a la ilusión por emprender nuevas rutas hasta ahora vedadas.

Frente a la mirada práctica de quienes se mueven únicamente basándose en certezas y seguridades, Irene Vallejo reivindicaba hace una semana en las páginas de El País el idealismo sano de quienes, a lo largo de la historia, no se han conformado con lo que tenían delante y se han arriesgado, abriendo el camino a importantes descubrimientos: “nos ayudan más quienes tienen la cabeza llena de pájaros que quienes matan dos pájaros de un tiro”.

Ojalá, después de tanto tiempo con un bozal que nos ha impedido contarnos las historias que necesitábamos escuchar, quitarnos las mascarillas nos ayude a poner voz a los cuentos que nos hacen soñar un poco más alto. Y quizá sea el momento de acercarnos más a esas personas con la capacidad mágica de desplegar sobre un presente cada vez menos incierto la proyección de un mejor mundo posible. Al fin y al cabo, la realidad –ya nos lo ha demostrado sobradamente– se encargará de ponernos los límites.


Foto: obra de @sentydoart (instagram). La Salvaje, Oviedo