martes, 9 de junio de 2015

mediterráneo






en el fondo de las aguas se celebra una liturgia de coral
sobre el altar se depositan lentamente los sueños que gravitan y descienden
ofrendas recogidas por las olas mecidas por la corriente


bajo la noche sumergida sin estrellas
un pueblo peregrino de exilios y esperanzas construye una ciudad blanca
de almas limpias y paralelas
mujeres luminosas y hombres que se yerguen
sobre raíces minerales y primigenias



arriba se debate y se discuten
los modos las formas las maneras
se reparten las culpas y se cifran
los daños y las pérdidas

pero

en el fondo de ese mar mediterráneo
se escucha un coro de voces negras
que canta la nostalgia de la orilla prometida que llora y besa la tierra



al otro lado del mundo



                                                                      el paraíso



siempre los espera






domingo, 17 de mayo de 2015

Parque del Retiro



En la fiesta de San Isidro, el parque del Retiro se llena de gente. Madrid está empapelada con carteles y colores de campaña electoral para las elecciones del 24 de mayo. A la entrada del Retiro hay un puesto de Ciudadanos que intenta captar, sin demasiado éxito, la atención de las personas que se adentran en el parque. La gente coge, a pesar de ello, globos y banderitas naranjas para los niños y niñas, que llenan de colores el tránsito por los caminos y la hierba en la tarde soleada.  Escucho una música conocida. Una violinista toca para los transeúntes en un rincón. Es buena. La Chacona de la Segunda Partita de Bach. La gente pasa, aunque algunos advierten la calidad del espectáculo que acontece y se paran por segundos. Yo me siento enfrente de ella a abstraerme y observar. Su presencia tiene solidez y energía. Por su estatura y el brillo dorado de su melena debe de ser de Europa del este. La técnica es impecable. Un hombre de unos setenta años pasa. De su mano, un ángel con cuerpo de criatura, una niña eterna vestida de inocencia que gime con sonidos primarios y golpea su cabeza con violencia e insistencia. El padre la sostiene con fuerza y la mira con ternura. Se acerca a la violinista y se detiene para escuchar. Ella mantiene su concentración en la interpretación. Escucho. La chacona de Bach. Ese re menor me habla de pasión desgarrada y entregada.  La música dice lo que dice, dice mi profesor de cámara. No hay nada concreto, es un lenguaje abstracto y, sin embargo, hay énfasis, discurso y elocuencia expresiva, el sustrato para nuestra propia narrativa. La niña se lanza al suelo, grita y araña el aire y su propio cuerpo. El padre la levanta, la mira con cansancio y la acerca a la música. En la mano lleva una banderita de campaña electoral y en el rostro lleva la cicatriz del tiempo y la derrota. La gente pasa. Cierro los ojos y observo. La vida que se entrega y se desgarra. La música dice lo que dice, dice mi profesor de cámara. La retórica, que decían los barrocos. Termina la obra. Re menor. Creo que a ese padre le ha dicho algo del amor y de la muerte.









viernes, 8 de mayo de 2015

garissa



          



la letra ya no entra con sangre en las aulas de garissa

los libros están cerrados

hay un silencio en descomposición y una lluvia de cristales muerde la tierra

una niña copia con pulso tembloroso unos versos del corán 

y firma su sentencia de muerte



hoy es jueves santo y no se habla de trigonometría ni de aritmética ni de lingüística ni de álgebra

en la universidad de garissa



músicas ajenas llaman a la oración desde un desierto rojo

pero las niñas ya no rezan las niñas ya solo

sueñan sueños de papel abrazando la tierra

porque han cosido sus labios con la palabra de dios



no hay exámenes pero los versos se desangran en las bibliotecas

los corazones se pudren en los laboratorios

los altares se desploman en los templos




ciento cuarenta y siete flores crecen hacia el interior de la tierra

porque una lluvia de metales negros ha tatuado la palabra de dios sobre sus cuerpos



hoy no se habla de trigonometría ni de aritmética ni de lingüística ni de álgebra

en la universidad de garissa





es jueves santo y han fusilado a cristo sentado en un pupitre









martes, 5 de mayo de 2015

La radio de Conchita


     
    Conchita duerme en la calle, en el centro de Madrid. Es una de esas personas que Esperanza Aguirre considera que gozan de “muy buen vivir” y que  hay que sacar de los espacios públicos del centro de la ciudad porque  “ahuyentan a los turistas”.





 “La ética contra la estética”, advierte Cáritas. Los obispos españoles, reunidos en asamblea, reconocen que “ha sido el comportamiento irracional o inmoral de los individuos o de las instituciones la causa principal de la situación económica actual” y piden “perdón por los momentos en que no hemos sabido responder con prontitud a los clamores de los más frágiles y necesitados”.


La de Conchita es una más, una de esas historias periféricas, de esas vidas a la intemperie que aguantan la erosión de las horas sin gastar tinta en los titulares de prensa.

Madrid exhibe el ecléctico rostro del éxito y el fracaso bailando en la misma escena: proyectos de vida rotos que deambulan en mareas anónimas y silenciosas, itinerarios cotidianos detenidos por la irrupción del paro, del exilio o el abandono.




Acercarse a estos espacios es pisar terrenos sagrados, como ocurre siempre que nos asomamos con mirada descubierta y pies descalzos a los asuntos de la vida.

La oportunidad para conocer estas realidades que forman parte del paisaje urbano de la capital me vino de la mano de Sole, compañera de mi grupo de la JEC, amiga humanista y periodista de fuertes inquietudes intelectuales y sociales que anda embarcada en un ilusionante proyecto de periodismo alternativo, Utoperiodismo (http://www.utoperiodismo.com/).

       A través de ella tomé contacto con la comunidad de Sant Egidio, un colectivo de personas laicas pertenecientes a la Iglesia Católica que buscan, desde el seguimiento radical de Jesús de Nazaret, la justicia social y la solidaridad con los más pobres.




Intervienen en la mediación  de conflictos internacionales en diversos países y en Madrid organizan una ruta periódica cada miércoles y viernes. Tras reunirse para meditar el Evangelio a la luz de los acontecimientos mundiales más sangrantes que ponen en la primera línea los rostros de la pobreza, la opresión y la desigualdad, visitan diversos puntos del centro de Madrid en los que reparten comida a personas que duermen en la calle.

No se trata de asistir, sino de estar, de llamar a la persona por su nombre y acompañarla en sus situaciones, a veces de paso, a veces dilatadas por tiempos indefinidos que las hacen crónicas e irreversibles. Mosaicos de historias que traslucen anécdotas de derrotas y  alegrías compartidas.  Aterrizajes en realidades cercanas con nombres y apellidos, contacto necesario que humaniza y solidifica el sentido de las luchas que otros intentamos entablar en el ámbito social, político y eclesial.




Conchita duerme en la calle. Organiza su espacio vital, su residencia particular, en torno a un banco de un parque del centro de Madrid, cubierto de plásticos y mantas. En medio de este campamento improvisado, busca y rebusca y saca alguna cacerola con comida de hace algunos días que nos ofrece. Enciende su radio. A veces habla sola, canta y baila. La gente pasa, los muchachos beben alcohol y conversan unos bancos más abajo.

El otro día, Conchita se extrañó al no reconocerme entre los voluntarios habituales que asisten a las rutas nocturnas de los viernes y me preguntó quién era y qué estudiaba. Yo le dije que lo mío era la música, pero no la música que suena continuamente en su radio y que exhibe en sus camisetas negras heavy metal, sino la música “clásica”.

Ella se entusiasmó y me dijo que le encanta Liszt, que a través de su radio escucha a Haendel, a Wagner, a Albinoni y los Conciertos de Brandemburgo de Bach.

Yo recordé Días de Radio, de Woody Allen, aquella película de instantáneas nostálgicas  de la Nueva York de los años 40. Historias de personas trabajadoras, familias luchadoras y personajes en sepia que, en la rutina y la dificultad de cada día, se reunían en torno a la radio, que se convertía en un elemento dinamizador de sus vidas, en una verdadera ventana al mundo.



Y me pregunté, de nuevo, ¿para qué sirve la música? ¿para acompañarnos? ¿para curarnos?  ¿para educarnos? ¿para hacernos pensar?

La respuesta, Claude Debussy en 1900:


“No es necesario que la música haga pensar a las personas...sería suficiente con que las hiciera escuchar”.








martes, 7 de abril de 2015

La Pascua para todos




Con el paso de los años he descubierto que la dimensión espiritual del ser humano es una parte que nos configura y define tanto como la social, la política o la afectiva. Poner nombre a las búsquedas de sentido, de felicidad y plenitud que nacen en nuestro interior y que tocan todas las esferas de nuestra vida a veces no es fácil y, sin embargo, las preguntas asoman en la confianza de las relaciones que se abren a la profundidad.



Durante mis siete años de compromiso en  la Juventud Estudiante Católica, movimiento enfocado a la evangelización del medio estudiantil, he entendido nuestra misión no como la defensa y significación de lo explícito de la religión en el ambiente, sino más bien como la presencia normalizada en el medio desde unas opciones profundas.

 Opciones de servicio, apuesta por la comunidad y acompañamiento de las personas, en especial de las más desfavorecidas, propiciando la humanización de las estructuras y la justicia. De esta forma, entiendo, el testimonio cristiano emerge de la propia naturaleza de una motivación que va más allá del mero activismo o de la apuesta altruista, y que hunde sus raíces en una manera de ver el mundo desde la óptica de la esperanza y la creencia en un Dios que se hace presente en las personas y en los hechos de cada día.

Muchos  compañeros y compañeras de la JEC y otros espacios eclesiales, gente muy comprometida en lugares de frontera y que dan su vida por los demás, se enfrentan continuamente a la indiferencia, a la incomprensión o al rechazo en una sociedad en la que abundan los prejuicios hacia lo religioso y la imagen que se tiene de la Iglesia se reduce a visiones fragmentarias de ciertos sectores y posturas polémicas de la jerarquía y la institución.

Sin embargo, yo he tenido la suerte de contar, en prácticamente todos mis círculos de relación (el de los amigos, el asociativo, el musical, el familiar…) con personas que respetan mi compromiso creyente y se interesan continuamente por la labor que llevo a cabo desde la Iglesia, con activa curiosidad e interés por los proyectos que desempeñamos y las reivindicaciones que sostenemos.


A menudo, amigos y amigas que no tienen vinculación con la religión y la Iglesia, se acercan desde la pregunta inquieta y la curiosidad a intentar entender qué le puede decir la fe a un joven de hoy y cómo puede le puede llevar a transformar su vida.



Este sábado, finalizando la Semana Santa, período de celebraciones y reflexión pero también de descanso, vacaciones y reencuentros, había quedado con Sara, Noelia y Blanca, amigas de mi conservatorio de Badajoz, para ponernos al día y compartir nuestro momento y nuestros proyectos.


Yo les comenté que prefería quedar a media tarde o bien entrada la noche porque iba a asistir a la vigilia pascual en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, una “misa muy especial que marca el final de la Semana Santa y el inicio de la Pascua”. Ellas, que a menudo me han escuchado hablar de la JEC o de mi comunidad parroquial, me preguntaron, que “si podían ir” y “si había que llevar algo” aunque me avisaban de que “hacía mucho que no iban a misa”. Personalmente me sorprendió esa curiosidad tan fresca, ese deseo de conocer, saber y compartir qué es aquello que los cristianos y cristianas celebramos en una noche tan especial.

Cuando llegaron, se sentaron en primera fila, participaron activamente en los cantos y en  toda la celebración, acercándose después a intercambiar impresiones con gente de la comunidad durante el aperitivo final.


Después, ya solos y tomando algo en una terraza, les preguntaba qué les había parecido y me confesaban que, a pesar de no ser manifiestamente creyentes, habían disfrutado de la belleza de la liturgia y habían descubierto mensajes y enseñanzas iluminadoras para sus vidas, además de un rostro de Iglesia muy diferente al que están acostumbradas a ver.

A mí no se me ocurre mejor manera ni mejor compañía para iniciar esta Pascua de 2015 pues, al final, celebrar a Jesús Resucitado es afinar la mirada para ver que, en una historia tantas veces plagada de oscuridad, sufrimiento e incertidumbre como es la historia del mundo o nuestras propias trayectorias personales, la última palabra siempre la tiene la luz.

Y solo siendo conscientes de esta confiada certeza podemos coger el aliento necesario para lanzarnos con libertad y valentía a continuar escribiendo  nuestro destino y a seguir edificando, juntos, nuestros más ilusionantes proyectos.



Sentir desde el estudio, estudiar desde el sentido


Publicado por Revista Ecclesia el 21 de enero de 2015.



Con la plasticidad de los recuerdos que la memoria conserva en la viveza de todo su mosaico de colores, tengo aquel verano de 2008 guardado como el comienzo de una aventura que empieza con pies descalzos y confiados hacia rutas nuevas. Perales del puerto. Mi primer verano fuera de casa, mi primer campamento. Un “acampado” tardío de diecisiete años que, recién finalizado el bachillerato y con la mirada puesta en un futuro académico bien trazado y planificado, dejé desbrozar mis esquemas mentales para sumergirme en desafíos profundos y arriesgados a los que solo me podían conducir historias y experiencias nuevas de personas. Personas jóvenes, personas del mundo, personas que viven, luchan, se alegran, sufren y sienten. Gente corriente y gente diferente. Gente libre a la que vi latir con las pulsiones de lo alternativo y la emoción de remar a contracorriente.


Yo era un joven con fe, sí, una fe asumida desde una herencia familiar de vivencia del Evangelio con la radicalidad de la opción por los pobres y que, sin embargo, permanecía latente en la búsqueda de respuestas que delinearan un nuevo momento vital muy concreto: mi etapa de estudiante. Un período, para mí, muy condicionado por el estudio entendido de manera elitista y competitiva.


En aquel campamento de la Juventud Estudiante Católica, de la que poco o nada sabía y hacia la que no me faltaban prejuicios, conocí a jóvenes estudiantes de toda Extremadura. Mientras yo gastaba horas en calcular con meticulosa racionalidad los pros y los contras profesionales de las distintas puertas que me abría la nota de corte que tanto sacrificio me había costado lograr, ellos se cuestionaban cómo los hábitos de consumo y de vida de nuestra sociedad repercutían en el día a día de los más empobrecidos de la Tierra, con planteamientos avanzados de justicia y solidaridad que quedaban muy lejos de mi persecución superficial de la excelencia y la tranquilidad individual.
Allí me enteré, entre otras cosas, de que el gasto desbocado de tecnología móvil en el primer mundo se llevaba a cabo a costa de una sangría en el Congo por la extracción del mineral Coltán (hace unos días, Antena 3 emitió un duro e interesantísimo documental sobre el tema en su programa En Tierra Hostil ).
Aquellos estudiantes reflexionaban, eran críticos, cuestionaban el mundo y sus dinámicas, pero con la vista puesta en la esperanza y con la vocación de llevar buenas noticias a las realidades más erosionadas de nuestro tiempo. Y, tras esos compromisos firmes, no cabía el mero activismo vacío, sino la profundidad de la fe y del seguimiento de Jesús de Nazaret como referente en la construcción de la persona con la mayor plenitud y sentido.

Entre los adultos y adultas que acompañaban y animaban a los jóvenes en aquellas jornadas estaba Pepe, un sacerdote al que conocía por su vinculación al pueblo de mis padres y a las comunidades parroquiales de Guadalupe y Perpetuo Socorro de Badajoz. Allí me enteré de que él, además, era profesor de la Universidad de Extremadura y consiliario de la JEC. La palabra consiliario me recordaba al consiliere (consejero) de la película El Padrino, aquel irlandés que, sin ser hermano biológico de los Corleone y sin ejercer de líder y partícipe directo en la toma de decisiones, acompañaba y asesoraba en segundo plano a los que combatían en primera línea.
A partir de ahí, entré de lleno en la vida de este movimiento que tanto me ha aportado en la comprensión de un estudio que puede ser no solo instrumento de realización individual y promoción personal, sino herramienta comunitaria de servicio y de opción por los otros y por la justicia.
En ese sentido, la labor de José Moreno Losada, Pepe, desde la JEC, desde las aulas de la Universidad de Extremadura y desde la delegación de Pastoral Universitaria en el marco de la Iglesia diocesana de Mérida-Badajoz, ha sido garante de un estilo de presencia cristiana en el medio que no se caracteriza por la significación de lo religioso como símbolo, reacción y reducto frente a la cultura actual, sino que se inserta sin complejos en los lenguajes de dicha cultura para aportar, desde el estar sereno y auténtico, planteamientos de fe y profundidad. Esbozos que han tocado, iluminado y transformado los planteamientos de tantas y tantos jóvenes que han pasado a lo largo de veinte años por espacios de vida y de diálogo, como han sido las aulas de la universidad, las actividades de la delegación o los espacios formativos de la JEC.
Este camino no culmina, pero sí cristaliza y da luz a un trabajo de investigación de más de cinco años: la tesis doctoral Estudio “con-sentido” en la Universidad. Motivación del estudio en los universitarios extremeños y el bien interno de las profesiones, que se presentó el 23 de enero en el salón de grados de la Facultad de Educación de Badajoz.

Por eso, la JEC y todos los que hemos sido testigos, partícipes y protagonistas de este proceso debemos mucho a las líneas de ese trabajo y a toda la vida y los nombres que laten tras ellas.
¡Enhorabuena!

domingo, 15 de marzo de 2015

Llanto por el país de los puros








Junio de 2011. Cena de las naciones en el Colegio St. Michael de Nueva Delhi (India). En las mesas, mezclados por el barullo de las llegadas, el desorden de las miradas y el cansancio de los viajes, nos disponemos para comer. Yo me aventuro, cómo no, a entablar conversación con quienes me acompañan.



Hay dos muchachas. La primera de ellas, de mirada gris, profunda y triste, encierra en su tez morena la belleza reservada de la timidez, la sonrisa que se hace esperar. Hay en esos ojos una huella silente de lo mucho que ha visto y vivido con tan solo dieciocho años. Se llama Parivash. Su hermana, Ravish, un año menor, es, por el contrario, extrovertida, dispersa y desenfadada, deliberadamente sensual y presumida. Algo caprichosa, pero inocente.

Tardo cierto rato en percatarme de que son hijas de la misma realidad y, sin embargo, tras las preguntas, asoman y se entrelazan los hilos de la historia común. Cuando me dicen cuál es su país de origen, tardo en entender. Llevo pocas horas en India y mi oído no se ha aclimatado aún a esa peculiar cadencia del inglés peninsular.



Pakistán. Al escucharlo, se despliegan en mi mente imágenes desoladoras de desiertos perdidos, velos, burkas y guerrillas armadas. En el imaginario occidental, la frontera de la civilización y la cuna del fundamentalismo que pocos meses atrás se tambaleó con la milimétricamente estudiada maniobra de ejecución del jerarca Bin Laden en su guarida particular.

Cuando les comento cuál es la percepción que me llega de su país, ellas no tardan en corroborar el estado de vulnerabilidad que supone la vida allí.


Pari está empezando a estudiar Farmacia y Ravish quiere cursar la carrera de Derecho. Yo acabo de finalizar el primer curso del Grado Superior de piano. Tenemos dieciocho, diecisiete y veinte años. Los tres latimos con los mismos deseos, ilusiones y horizontes y, sin embargo, me cuesta enfundarme en su piel, encarnarme en su realidad, y asumir que el futuro por el que caminan cada día transita por una pedregosa senda en la que, en el momento más imprevisible, puede estallar la más cruenta de las barbaries y dinamitar sus proyectos.

¿Cómo se asume la exposición cotidiana al peligro? ¿Cómo se ama el país, la patria, la tierra cuando está abonada con sangre? ¿Cómo se asume la rutina del miedo? ¿En qué momento se aprende a convivir con la amenaza?

Pakistán, literalmente, el país de los puros, nació en la convulsa separación religiosa entre hindúes y musulmanes. Tierra 1947, la tercera película de la trilogía de los elementos de Deepa Mehta, narra con especial dramatismo la división y confrontación de dos pueblos bajo la artificial premisa de segmentar dos maneras de acercarse a lo trascendente: el hinduismo para la India, con todo su panteón de divinidades coloristas y ritos milenarios y el Islam para Pakistán, con su rigurosa salvaguarda de preceptos y doctrinas que determinan la ley y la política, así como la administración de la esfera pública y privada de las personas.

El cristianismo, con mucha menor presencia institucionalizada que en Occidente, también tiene su hueco en el poliédrico panorama religioso de estos países, y hoy ha sido la diana del integrismo asesino en Lahore, la ciudad de Ravish y Parivash.







Esta mañana me levantaba temprano para asistir a un encuentro con el colectivo Profesores Cristianos a favor de la Escuela Pública en el barrio madrileño de Moratalaz, cuando he encendido el móvil y me ha llegado un mensaje de Ravish, con la que hacía tiempo que no hablaba. Nada me hacía presagiar que, horas más tarde, sería testigo directo de la locura terrorista en su ciudad y su comunidad.

Al llegar a casa, me asomo a las noticias y las redes sociales. Quince personas muertas y veinticinco heridas en dos atentados contra iglesias cristianas en Lahore. Una turba quema vivos a dos sospechosos de haber participado en el atentado. Un grupo de vecinos secuestra a tres policías que se habían ausentado de su puesto para ver un partido de criquet en el momento del ataque.


Veo imágenes de terror, leo mensajes de miedo, de ira, de deseo de huida. Y solo puedo, impotente en la tarde, contemplar sereno, escribir y rezar en el dolor y la impotencia de que unos ojos más jóvenes que los míos, ojos llenos de vida y de proyectos, ojos desde los que he aprendido a mirar el mundo y que me han mirado con amor y ternura, hayan grabado esta mañana la cara del horror para siempre en sus retinas.

Y resuenan, sin llamarlos, como ecos de esta incomprensible realidad de humanidad desfigurada y religión demacrada, los versos del poeta Juan Gelman que descansan entre mis lecturas de cabecera:







miro mi corazón hinchado de desgracias

tanto lugar como tendría para las bellas aventuras