Semana de EBAU. Se siente entre las aulas la expectación y los nervios ante las pruebas de la selectividad. En las conversaciones con el alumnado surge la pregunta sobre qué van a estudiar (en mi caso, en un centro integrado donde se compagina la ESO y el Bachillerato con el aprendizaje de un instrumento, es inevitable preguntar si contemplan continuar con los estudios superiores de música). Como pasa siempre, la nota de corte de la carrera deseada condiciona el nivel de presión ante estas pruebas. No es lo mismo dormir con la tranquilidad de que un cinco basta para entrar en una flamante ingeniería (aunque quizá no para salir de ella) que enfrentarse a la competencia salvaje de titulaciones sanitarias que reparten el bacalao del diez para arriba, con este sistema de calificaciones ampliadas que escala hasta el catorce, y que a los millennials trasnochados nos sigue pareciendo novedoso más de quince años después.
Pero hay
algo que no cambia. Es un momento de dudas, de inquietud, de ilusión, de
deseos. Es la proyección hacia un futuro inmediato en el que la carrera condicionará
no solo el centro donde estudiar y la ciudad en la que vivir; también, y sobre
todo, configurará las experiencias vitales, las relaciones, la visión del mundo.
Cuando echo la vista atrás —ahora, como profe— me reafirmo en que a los
diecisiete es muy difícil saber lo que uno quiere hacer con su vida. Al final
mucho depende del azar de una conversación o de un encuentro que quizá te
acaban llevando por un camino que no era el que inicialmente visualizabas, pero
donde todo acaba confluyendo. A mí me pasó. Así que, si me preguntan, trato de quitarle
hierro al asunto, de restarle trascendencia a ese momento del fin del
Bachillerato que se presenta como el instante de la elección de tu vida. Siempre
hay tiempo para cambiar de ruta cuando se está en búsqueda.
La música, además, con independencia de que te acabes dedicando profesionalmente a ella, te brinda herramientas para toda la vida, recursos que te permiten encararla con resistencia y perseverancia (los fracasos abundan y los frutos se hacen esperar) al tiempo que, paradójicamente, te enseña a vibrar con el presente y a celebrar lo que tienes delante, sin demasiada ansiedad por lo que está por venir.
Recuerdo
las reacciones cuando, a pesar de que mis notas me permitían elegir cualquier carrera,
opté por seguir con el piano. Una profesora del conservatorio me dijo que era
valiente porque, frente a la seguridad que me ofrecían el resto de opciones (“en
prácticamente cualquier otra cosa tienes la certeza de que te va a ir bien”),
estaba eligiendo un camino mucho más incierto. Un profesor de mi instituto (hoy
amigo, que ha seguido de cerca todos mis pasos a lo largo estos años) zanjó el asunto
de forma lapidaria, invitándome a que estudiara otra cosa: “La música para los
fines de semana”. Un par de semanas atrás compartía la anécdota con Olga, la
violinista de mi grupo de música antigua, y declaraba: “Pues al final ha
acabado teniendo razón: la música para los fines de semana”.
Y es
que cuando termina la jornada docente es cuando empiezan las horas extra que
necesitas dedicarle a tu proyecto para que eche andar, para que continúe
caminando, para que crezca: pensar repertorio, escribir textos, establecer contactos
con instituciones, llamar a puertas de festivales y ciclos. Correos, llamadas,
correos. Hace unos días, la noche antes de un concierto, reflexionaba sobre
ello al repasar todas las cosas que tenían que estar listas para el día
siguiente: la ropa, los zapatos, las partituras. La hora de salida, la ruta, la
operación de carga y descarga del clave, el tiempo de afinación, la
temperatura. Son mil detalles que desconoce la gente que va a escucharte y que
simplemente disfrutará, disfrutará
del concierto durante apenas una hora. Ese es el encanto, la magia del oficio.
Las infinitas tramoyas que se mueven, ocultas, para que el espectáculo
continúe. Casi nadie (solo los cercanos a tu gremio) reparará en ellas.
Si
midiéramos el beneficio en términos de las horas extra pagadas y dedicadas,
rara vez saldría rentable. Sin embargo, esa es la riqueza: que cuando inviertes
tantas energías en aquello que te hace feliz no contabilizas. No hay mayor
tesoro que gastar el tiempo en lo que te apasiona y te hace sentir vivo, aunque
siempre andes mirando el estado de tu cuenta bancaria antes de invitar a un
café, como le pasaba al actor Pedro Pascal hasta los 39 años. El caso es que hay
algo de adictivo en lo de subirse a un escenario, en lo de consagrar tanto esfuerzo
a algo inmaterial y efímero a través
de una artesanía manual y minuciosa que no cambia con los años. Quien lo probó
lo sabe.
Lo
que no sabía yo es si todavía seguían los profesores de secundaria y los padres
y madres de los muchachos con el sonsonete de las “salidas profesionales” ante esta encrucijada estudiantil por la que
inevitablemente pasan los futuros universitarios (por otro lado, muy
comprensible y legítima preocupación cuando quieres el mejor futuro para tus
mochuelos en un mercado laboral cada vez más hostil). Cuando se hablaba, allá
por 2008, de las dichosas salidas profesionales, las carreras científicas y
tecnológicas parecían una imbatible alfombra roja hacia un futuro laboral y económicamente
resuelto. Las humanidades, por el contrario, te las vendían como alimento para
el alma e irremediable hambre para el cuerpo. Ya lo decía mi directora de
tesis, con un hijo filósofo al que los amigos le aseguraban que encontraría
muchas salidas con su profesión: “podrás ser camarero filósofo, taxista
filósofo, recepcionista filósofo…”
Ahora
que la Inteligencia Artificial parece que amenaza con sustituir a buena parte
del personal y ventilarse gran cantidad de puestos de trabajo de carácter
científico y técnico, algunos dicen que las humanidades van a conocer un
renovado auge. De repente van a hacer falta filósofos, pensadores y humanistas en
cada departamento de empresa para recordar dónde está el norte y no ceder
totalmente ante la tecnología en esta esquizofrenia digital puesta al servicio
de las fake news, la extrema derecha,
la violencia y la maquinaria de guerra.
¿Y la música? Como pasó con el Titanic, quizá
no evitará que el barco se vaya a pique. Pero al menos contribuirá a mantener
los ánimos hasta el último momento.




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