martes, 2 de junio de 2026

La música, el oficio y el beneficio

 

Semana de EBAU. Se siente entre las aulas la expectación y los nervios ante las pruebas de la selectividad. En las conversaciones con el alumnado surge la pregunta sobre qué van a estudiar (en mi caso, en un centro integrado donde se compagina la ESO y el Bachillerato con el aprendizaje de un instrumento, es inevitable preguntar si contemplan continuar con los estudios superiores de música). Como pasa siempre, la nota de corte de la carrera deseada condiciona el nivel de presión ante estas pruebas. No es lo mismo dormir con la tranquilidad de que un cinco basta para entrar en una flamante ingeniería (aunque quizá no para salir de ella) que enfrentarse a la competencia salvaje de titulaciones sanitarias que reparten el bacalao del diez para arriba, con este sistema de calificaciones ampliadas que escala hasta el catorce, y que a los millennials trasnochados nos sigue pareciendo novedoso más de quince años después.

Pero hay algo que no cambia. Es un momento de dudas, de inquietud, de ilusión, de deseos. Es la proyección hacia un futuro inmediato en el que la carrera condicionará no solo el centro donde estudiar y la ciudad en la que vivir; también, y sobre todo, configurará las experiencias vitales, las relaciones, la visión del mundo. Cuando echo la vista atrás —ahora, como profe— me reafirmo en que a los diecisiete es muy difícil saber lo que uno quiere hacer con su vida. Al final mucho depende del azar de una conversación o de un encuentro que quizá te acaban llevando por un camino que no era el que inicialmente visualizabas, pero donde todo acaba confluyendo. A mí me pasó. Así que, si me preguntan, trato de quitarle hierro al asunto, de restarle trascendencia a ese momento del fin del Bachillerato que se presenta como el instante de la elección de tu vida. Siempre hay tiempo para cambiar de ruta cuando se está en búsqueda. 

La música, además, con independencia de que te acabes dedicando profesionalmente a ella, te brinda herramientas para toda la vida, recursos que te permiten encararla con resistencia y perseverancia (los fracasos abundan y los frutos se hacen esperar) al tiempo que, paradójicamente, te enseña a vibrar con el presente y a celebrar lo que tienes delante, sin demasiada ansiedad por lo que está por venir.

Recuerdo las reacciones cuando, a pesar de que mis notas me permitían elegir cualquier carrera, opté por seguir con el piano. Una profesora del conservatorio me dijo que era valiente porque, frente a la seguridad que me ofrecían el resto de opciones (“en prácticamente cualquier otra cosa tienes la certeza de que te va a ir bien”), estaba eligiendo un camino mucho más incierto. Un profesor de mi instituto (hoy amigo, que ha seguido de cerca todos mis pasos a lo largo estos años) zanjó el asunto de forma lapidaria, invitándome a que estudiara otra cosa: “La música para los fines de semana”. Un par de semanas atrás compartía la anécdota con Olga, la violinista de mi grupo de música antigua, y declaraba: “Pues al final ha acabado teniendo razón: la música para los fines de semana”.  

Y es que cuando termina la jornada docente es cuando empiezan las horas extra que necesitas dedicarle a tu proyecto para que eche andar, para que continúe caminando, para que crezca: pensar repertorio, escribir textos, establecer contactos con instituciones, llamar a puertas de festivales y ciclos. Correos, llamadas, correos. Hace unos días, la noche antes de un concierto, reflexionaba sobre ello al repasar todas las cosas que tenían que estar listas para el día siguiente: la ropa, los zapatos, las partituras. La hora de salida, la ruta, la operación de carga y descarga del clave, el tiempo de afinación, la temperatura. Son mil detalles que desconoce la gente que va a escucharte y que simplemente disfrutará, disfrutará del concierto durante apenas una hora. Ese es el encanto, la magia del oficio. Las infinitas tramoyas que se mueven, ocultas, para que el espectáculo continúe. Casi nadie (solo los cercanos a tu gremio) reparará en ellas.

Si midiéramos el beneficio en términos de las horas extra pagadas y dedicadas, rara vez saldría rentable. Sin embargo, esa es la riqueza: que cuando inviertes tantas energías en aquello que te hace feliz no contabilizas. No hay mayor tesoro que gastar el tiempo en lo que te apasiona y te hace sentir vivo, aunque siempre andes mirando el estado de tu cuenta bancaria antes de invitar a un café, como le pasaba al actor Pedro Pascal hasta los 39 años. El caso es que hay algo de adictivo en lo de subirse a un escenario, en lo de consagrar tanto esfuerzo a algo inmaterial y efímero a través de una artesanía manual y minuciosa que no cambia con los años. Quien lo probó lo sabe.

Lo que no sabía yo es si todavía seguían los profesores de secundaria y los padres y madres de los muchachos con el sonsonete de las “salidas profesionales”  ante esta encrucijada estudiantil por la que inevitablemente pasan los futuros universitarios (por otro lado, muy comprensible y legítima preocupación cuando quieres el mejor futuro para tus mochuelos en un mercado laboral cada vez más hostil). Cuando se hablaba, allá por 2008, de las dichosas salidas profesionales, las carreras científicas y tecnológicas parecían una imbatible alfombra roja hacia un futuro laboral y económicamente resuelto. Las humanidades, por el contrario, te las vendían como alimento para el alma e irremediable hambre para el cuerpo. Ya lo decía mi directora de tesis, con un hijo filósofo al que los amigos le aseguraban que encontraría muchas salidas con su profesión: “podrás ser camarero filósofo, taxista filósofo, recepcionista filósofo…”

Ahora que la Inteligencia Artificial parece que amenaza con sustituir a buena parte del personal y ventilarse gran cantidad de puestos de trabajo de carácter científico y técnico, algunos dicen que las humanidades van a conocer un renovado auge. De repente van a hacer falta filósofos, pensadores y humanistas en cada departamento de empresa para recordar dónde está el norte y no ceder totalmente ante la tecnología en esta esquizofrenia digital puesta al servicio de las fake news, la extrema derecha, la violencia y la maquinaria de guerra.

 ¿Y la música? Como pasó con el Titanic, quizá no evitará que el barco se vaya a pique. Pero al menos contribuirá a mantener los ánimos hasta el último momento.



 

 

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