Son veinte años y seguimos
haciendo cola para ir al baño
en un bar de la plaza San Francisco
donde disimulas torpemente la tajá
al toparte con el padre de tu amiga.
“Yo voy bien”, te aseguras
después de haber tratado sin éxito
de mantener el tipo durante la conversación.
Aunque hipoteca, alquiler, coche,
nómina y carrito —la vida adulta apremie—
en este rincón seguimos siendo los mismos.
Bajo capas de maquillaje y abrigos de pelito
se nos calan las botas volviendo a casa
y basta acercarse a cualquier desconocido
para abastecerse de hielo, suministro indispensable
para alcanzar el puntino
y exaltar convenientemente la amistad.
En este rincón seguiremos siendo los mismos, la misma pose
de tripulación de barco hundido
o de niños perdidos
en el País de Nunca Jamás.

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