jueves, 19 de febrero de 2015

Utilidad de la literatura








La prosa para el día
para recorrer esa mecánica
aprendida ese trayecto
de intenciones y de formas esa
administración precisa
de los nombres de las cosas
la prosa para dar cuerda
al corazón de los autómatas
para inyectar el brillo eléctrico
en sus miradas remotas
la prosa laberinto imposible
que transforma las biografías de
las mujeres los hombres
en singulares historias





el verso es en la noche y es al filo
el verso solo es verso en la frontera bajo
los labios sellados el verso
son subtítulos que gritan
la verdad de nuestra historia el verso
atraviesa la garganta nos tatúa
como amor proscrito noche
oscura fugitiva el verso
es en la noche y es al filo
el verso solo es verso en la frontera




el verso solo existe si me nombras








viernes, 6 de febrero de 2015

Empleando la vida



En medio de todos los mensajes, correos y llamadas que circulan cada día entre mis manos y mi cabeza, el jueves de la semana pasada, justo antes de salir de la sede de la Juventud Estudiante Católica, saltaron a la pantalla del ordenador unas palabras esperadas y deseadas que me despertaron una emoción especial.


Los logros ajenos y los propios, las frustraciones y las satisfacciones dibujan un cóctel que a veces no nos sitúa en el lugar que desearíamos y, sin embargo, uno privilegia poder sentirse inmensamente humano cuando siente, sin remisiones, la alegría del otro  como la suya propia.

      Más aún cuando se trata de esas personas que, a pesar de la lejanía física, sientes que están siempre ahí, creyendo, confiando y apostando por ti sin condiciones y sin juicios, contra viento y marea aún cuando los cimientos de esa casa a la intemperie que conforma tus proyectos arriesgados e imposibles, se tambalean para muchos otros.




¿Y tú qué opinas de que me vaya a trabajar a Badajoz?


Era Inés, Inesu. Hace varias semanas leía su testimonio, una historia llena de vida asolando por las grietas de la dificultad y la incertidumbre en un proceso académico y laboral lleno de descubrimientos y de riqueza que emerge en la aparente debilidad.

El testimonio podría ser una más de tantas historias anónimas de esta juventud “empleada o empeñada” que ha invertido mucho esfuerzo y sacrificio en conquistar su destino y en invertir al máximo sus talentos en una sociedad que, tras años de formación, parece no concederle un hueco donde poder dar el ciento por uno.

Ella estudió Matemáticas en la Universidad de Extremadura. Yo la conocí al poco tiempo de llegar al movimiento de la JEC, donde se encargaba de la coordinación de la economía en la zona de Extremadura.


Tras esa imagen de organización y responsabilidad inicial, al poco descubrí a una persona que había luchado mucho para concluir sus estudios y que, tras un profundo discernimiento, había encarado la dificultad para llevar adelante su vocación. El descubrir la propia limitación la había ayudado a acercarse de un modo más cercano a aquellos alumnos con dificultad, a los que ahora atendía al otro lado del pupitre.

Yo, que nunca había tenido dificultades en mis estudios, no supe cuánto me iba a enseñar su experiencia hasta que me vi a punto de naufragar intentando hacerme un hueco en el competitivo mundo del piano, espacio en el que, por primera vez, no me sentía uno de los mejores, de los brillantes y destacados.

La riqueza de su proceso a la hora de afrontar el fracaso, de integrar la debilidad y de arriesgarse a buscar nuevos caminos para desarrollar una vocación elaborada desde la profundidad, sin rendirse y decidida a apostar por lo más firme y auténtico, me han enseñado mucho durante todo este tiempo.


Fue, sobre todo, a raíz de experimentar juntos la lejanía del hogar (o quizá el descubrimiento del hogar universal), el contraste de la cultura y el sueño compartido de otro mundo hablado en lenguajes y colores polifónicos cuando, en el verano de 2011, viajamos a Nueva Delhi (India) para representar a la JEC de España en un Consejo Mundial de nuestra organización.




Un par de años después, ella abandonaba España en busca de trabajo, sin renunciar a la apuesta por la persona con la que quiere compartir y comparte su vida, cargando la maleta con ilusión, esperanza y deseos, aunque también con riesgo e incertidumbre.


La adaptación, difícil, pero poco a poco se van amoldando a esa nueva vida, a un idioma desconocido y a un trabajo que, sin ser el ideal de unas aspiraciones de desarrollar en plenitud su vocación, permite vivir con dignidad. Y, a pesar de eso, las palabras traslucen el desencanto de la realidad que se aleja de los proyectos soñados:

“En términos de vocación es normal que encuentre frustrante y triste que la sociedad a la que pertenezco no me da la oportunidad de desarrollarme profesionalmente y de aportar a la sociedad todo aquello que puedo dar, no para beneficio propio sino para beneficio de todos, puesto que aquí puedo esforzarme por ser la mejor limpiadora que tiene mi jefa pero no creo que sea tan importante para la sociedad que ha pagado mi formación como en que me esfuerce en ser la mejor profesora que tengan mis alumnos, si es que algún día los tengo.”


Después de esta odisea, Inés se vuelve a Badajoz, y lo hace para ejercer el magisterio de las matemáticas en un colegio situado en una de las zonas más deprimidas y necesitadas de la ciudad, con el deseo de que toda esa vida empleada, sedimentada en la vocación de poner las matemáticas al servicio  de los que más lo necesitan, pueda dar de verdad su fruto más abundante.

Enhorabuena.





lunes, 29 de diciembre de 2014

Posmodernidad






Despierto cada mañana. Abro las ventanas virtuales de la posmodernidad para pasearme por los balcones de felicidad ajena, espejos donde busco el brillo de mi propio reflejo, alimentando a Narciso regando mi lista de contactos VIP, abrillantando el encuadre de las instantáneas que ilustran cada uno de los puntos del itinerario vital perfectamente trazado y envuelto en papel de plata para uso, disfrute y envidia de la galería. La vida se comparte,  se multiplica exponencialmente en los escaparates de la red social donde agoniza la sabiduría encorsetada en píldoras, en cápsulas inconexas, en sentencias fragmentarias que calman la ansiedad de la rutina sin saciar la avidez profunda de trascendencia que atora las pasiones de las mujeres y los hombres. He sucumbido ante todas estas nuevas formas de comunicación líquida, ante la dictadura de los ciento cincuenta caracteres y la seducción del culto a mi  imagen




y sin embargo


aún me sorprende, silencioso, el declive de la tarde en los parques

en el instante de la mágica

revelación del verso

que duerme en los anaqueles esperando

el hallazgo fortuito

que acontece siempre por primera vez

en cada biografía

en cada mano

en cada boca.


Somos la revolución de la belleza.

Somos hijos de otro tiempo.

Nuestro sigue siendo el amor de Dido,  la Arcadia y el mar de Ulises.


Nuestra patria son los ocasos y los sueños.








lunes, 8 de diciembre de 2014

Madrid (diez haikus)











Viajando en metro
olvido mi parada
cuando me miras.






Es el azar
el que mueve los hilos
de nuestra historia.






A tu camino
el músico en la calle
le pone swing.






En las esperas
se escuchan narraciones
extraordinarias.






La noche sabe
enseñarte a olvidar
mejor que nadie.






Bajo el neón
se cruzan las miradas
de los amantes.






Son solo niñas
las que venden sus sueños
en esa calle.






En los cajeros
los cartones nos hablan
de la derrota.






Entre el bullicio
la música es el cóctel
de los lenguajes.






Con la palabra
los extraños rompieron
su anonimato.





















lunes, 1 de diciembre de 2014

Impresiones para una noche de piano




Entrar en la calidez del sonido desde la intimidad de las primeras notas de Evocación es detenernos por primera vez en la inflexión de un aroma, en la intuición de una estampa que se dibuja a trazos en la lejanía de un horizonte indeciso. Pero también es volver. Volver a un lugar ya conocido, volver a esa patria primera, necesaria e insondable, depositaria de tiempos y nostalgias. 



Quizá sea porque esta Iberia tiene algo de recorrido inaugural y peregrino, de viaje iniciático, y a la vez huele a regreso , a retorno a la Arcadia, a ese Sur mágico y misterioso, espejo que escapa de las antologías y recupera el imaginario de lo pintoresco, lo desgarrado y lo profundo de una manera de sentir y de vivir, para ilustrar el mapa de una geografía personal y comunitaria, de una historia propia y compartida.




El sábado volví a Málaga, a Antequera, a La Línea, a Badajoz, a los rincones, miniaturas, detalles y lenguajes de un magisterio de cinco años que acrisola enseñanzas para toda una vida.

Escuchar, por primera vez completa, Iberia de Albéniz, de manos de mi maestro de piano, Ángel Sanzo, me llevó a aquellas primeras clases en La Línea de la Concepción que transcurrían entre paseos por atardeceres marítimos y noches que se alargaban con vocación de no encontrar el amanecer.

Ángel me hablaba de la disonancia en la Iberia como un ingrediente fundamental del lenguaje de Albéniz por su vasta polisemia: en Almería, la disonancia era una caricia que coloreaba la música con pura amabilidad. En El polo, marcaba la decidida agresividad  que se expresaba a través de la incisiva precisión del ritmo.

La disonancia, tensión necesaria para experimentar la viveza orgánica de la música, es reflejo, posiblemente, de la propia dialéctica consustancial a la vida humana, en la que la confrontación que serena y desestabiliza nos empuja cada día a crecer y avanzar en una búsqueda y lucha continua con y por nosotros mismos.

Me aseguraba que no encontraría  ni una sola nota en la Iberia que no contuviera multitud de indicaciones precisas y de relaciones intrincadas con otras notas. Toda una arquitectura de enorme complejidad y exigencia física puesta al servicio de un mensaje expresado en el lenguaje universal  de las danzas, los ritmos y las melodías que hablan de los orígenes primigenios de un pueblo y de su historia.

En eso debe de consistir el arte. En desplegar toda una paleta de medios, conocimientos y minucioso trabajo artesano para ofrecer, con sencillez y naturalidad, un discurso que acierte hacia el blanco de la diana de lo que sentimos y lo que somos, que nos emocione por dar forma y cauce a los estadios de nuestra trayectoria vital.



El sábado recapitulé muchas de las lecciones magistrales recibidas a lo largo de cuatro años, lecciones que me abrieron las puertas de la comprensión, hasta entonces muy vaga para mí, de la técnica pianística, y que además me revelaron una sabiduría que trasciende del mero conocimiento, sedimentada a base de experiencias, contrastes y encuentros personales profundos, algo que me parecía esperable de  grandes figuras de manos gastadas y frente arrugada, pero que se me antojaba insólito en un pianista que tan solo contaba treinta y tantos años de edad por aquel entonces.

 Pero si hay algo que me hace descubrirme ante él es la sensibilidad y la comunicación, que no restan un ápice a la elevada exigencia en la consagración al total compromiso con el arte. Y ahí, en ese compromiso por la belleza, no exento de sacrificios, de dudas y trances, aparecen pistas para aprender a vivir, algo paradójico cuando la dedicación seria y rigurosa a este oficio nos lleva, a veces, a alejarnos del trasiego y las entrañas de nuestra propia vida.



Se me ocurre esa clase en la que siempre habla de que tenemos que enamorarnos de aquello que se nos atraganta, que nos resulta especialmente difícil (un pasaje de una obra…) cuando no nos queda otra que convivir con ello. ¿No es acaso esa una verdadera lección magistral para la vida?






También podría detenerme en todo ese viaje espiritual por Liszt y San Francisco que recorrimos el curso pasado, pero hoy me quedo en esta Iberia capital alumbrada tras la gestación de muchos años de convivencia, aprendizaje y búsqueda, de la que algunos, aunque no hayamos acertado más que a vislumbrar la sombra de tus pasos, hemos sido testigos privilegiados.



lunes, 24 de noviembre de 2014

Aprendizaje







Medir en bruto el peso de las cosas
en este altar de barro. Haber bebido
la sustancia profunda del sentido.
Saciar la sed en ánforas preciosas.
Creer que la vigilia transfigura
el sueño. El mundo mira agradecido
las manos que transforman, el sonido
de gargantas ardiendo con bravura.
Retar a la rutina del fracaso,
a la incercia constante a lo prohibido.
Luchar, seguir. Sentir a cada paso.
Rendirme a la locura si te miro.
Alzar el vuelo indómito. Saber
perderlo y darlo todo en un suspiro.














lunes, 3 de noviembre de 2014

El Paseo del Prado



Calle Alfonso XI, descenso por Calle de Alcalá, Plaza de Cibeles y Paseo del Prado hasta Atocha. En la ruta diaria por el centro de Madrid se suceden los destinos cruzados, los ritmos acelerados, la rutina  vertiginosa de lo cotidiano.


 En el camino, los pensamientos fluyen y confluyen. A la salida de la sede del movimiento de la Juventud Estudiante Católica, la cabeza cargada de fechas, de agendas marcadas con citas importantes, encuentros, llamadas pendientes, informes, cartas, peticiones, reflexiones, el bullicio de la vida entregada y el compromiso, la necesidad de acompañamiento y el regusto sosegado de la lectura creyente de cada acontecimiento.

 A medida que me alejo, me sumerjo en lo próximo que toca afrontar, me traslado a la Europa de los siglos XVII y XVIII, a ese universo Barroco de emergencia de una nueva estética musical, a la expresión pasional de los afectos a través del sonido. Voy planeando por la música escrita en esa grafía tan humana que hace sentir el aliento y el pulso del arte gestado hace trescientos años. Me dirijo al Real Conservatorio Superior de Música de Madrid para asistir a las clases de clave y música antigua, aparcando, por un momento, el trasiego de la misión apostólica en el mundo juvenil en que estoy inmerso desde el Equipo Permanente de la JEC.

Este recorrido diario representa, en cierto modo, la dialéctica de mi vida en la capital, de los dos proyectos que ocupan esta nueva etapa vital. 

Es el itinerario que transcurre por el Paseo del Prado, un trazado donde uno encuentra diariamente una  galería de personajes en su ubicación fija, con una expresión corporal y ademán postrado que observan al viandante con voluntad suplicante. 

     No son la servidumbre de la corte  de Felipe IV inmortalizada por Velázquez. Son estampas vivientes de nuestro tiempo, son los olvidados de siempre, los Bartimeos del siglo XXI que habitan las esquinas y los bordes de los caminos, pidiendo  limosna y compasión a los espectadores silentes del drama, a los que no nos dejamos interpelar ni nos salimos de la dirección trazada por la corriente de cada día.



Ellos están ahí desde antes de que pasemos, a la vuelta seguirán estando y permanecerán cuando a nosotros la vida nos lleve por otras sendas. Siempre tuvieron el nombre de la exclusión y el anonimato, aunque hoy se presentan bajo la forma de la inmigración, el desempleo, la vejez o el olvido.


Yo, como el resto, continúo por el camino previsto sin interrumpir la marcha, pero la escena me remueve interiormente y reflexiono, en ese discurrir geográfico entre los dos centros de mi actividad cotidiana y el discurrir mental entre mis dos proyectos, cómo uno y otro podrían servir para tener, en el centro, a esos desterrados que claman inmóviles. Cómo el mundo asociativo puede permitirnos edificar estructuras fraternas que promuevan la justicia y la apuesta por los débiles y cómo la música, el arte, nos puede hacer más sensibles a las realidades del mundo, dando expresión a nuestros sentimientos más profundos y primigenios.



Pienso en lo que me traigo entre manos, en las campañas que los militantes de la JEC lanzarán como una bomba hacia las conciencias de los jóvenes estudiantes en las próximas semanas: ¿Sigues la corriente o piensas diferente?, sobre la necesidad de ser auténticos y críticos en las aulas de los institutos; ¿Estudiar? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Para quién? sobre el debate entre un estudio mercantilizado y pragmático o un estudio vocacional y con sentido, que tenga en el horizonte final la apuesta social y comunitaria y no la seguridad individual. Y, finalmente, Juventud ¿Empleada o empeñada?, en torno a la sangría del desempleo juvenil y la precariedad laboral, a los deseos de tantas y tantos jóvenes de hoy de ser dueños y protagonistas de su futuro.


Me vienen a la cabeza, también, las recientes palabras de Jordi Savall, una de las figuras más importantes en la difusión y recuperación de la música antigua, que, en su renuncia al Premio Nacional de Música, califica este arte como “fuerza y lenguaje de civilización y de convivencia.”

Quizá, si voy encauzando este camino, pueda atravesar nuevamente el Paseo del Prado sin vapulear la conciencia de mero espectador pasivo y sentirme parte de ese cambio del que la realidad nos llama a ser protagonistas a los que estamos convencidos de que entre  creer y crear solo dista una pequeña e insignificante letra.