martes, 7 de abril de 2015

Sentir desde el estudio, estudiar desde el sentido


Publicado por Revista Ecclesia el 21 de enero de 2015.



Con la plasticidad de los recuerdos que la memoria conserva en la viveza de todo su mosaico de colores, tengo aquel verano de 2008 guardado como el comienzo de una aventura que empieza con pies descalzos y confiados hacia rutas nuevas. Perales del puerto. Mi primer verano fuera de casa, mi primer campamento. Un “acampado” tardío de diecisiete años que, recién finalizado el bachillerato y con la mirada puesta en un futuro académico bien trazado y planificado, dejé desbrozar mis esquemas mentales para sumergirme en desafíos profundos y arriesgados a los que solo me podían conducir historias y experiencias nuevas de personas. Personas jóvenes, personas del mundo, personas que viven, luchan, se alegran, sufren y sienten. Gente corriente y gente diferente. Gente libre a la que vi latir con las pulsiones de lo alternativo y la emoción de remar a contracorriente.


Yo era un joven con fe, sí, una fe asumida desde una herencia familiar de vivencia del Evangelio con la radicalidad de la opción por los pobres y que, sin embargo, permanecía latente en la búsqueda de respuestas que delinearan un nuevo momento vital muy concreto: mi etapa de estudiante. Un período, para mí, muy condicionado por el estudio entendido de manera elitista y competitiva.


En aquel campamento de la Juventud Estudiante Católica, de la que poco o nada sabía y hacia la que no me faltaban prejuicios, conocí a jóvenes estudiantes de toda Extremadura. Mientras yo gastaba horas en calcular con meticulosa racionalidad los pros y los contras profesionales de las distintas puertas que me abría la nota de corte que tanto sacrificio me había costado lograr, ellos se cuestionaban cómo los hábitos de consumo y de vida de nuestra sociedad repercutían en el día a día de los más empobrecidos de la Tierra, con planteamientos avanzados de justicia y solidaridad que quedaban muy lejos de mi persecución superficial de la excelencia y la tranquilidad individual.
Allí me enteré, entre otras cosas, de que el gasto desbocado de tecnología móvil en el primer mundo se llevaba a cabo a costa de una sangría en el Congo por la extracción del mineral Coltán (hace unos días, Antena 3 emitió un duro e interesantísimo documental sobre el tema en su programa En Tierra Hostil ).
Aquellos estudiantes reflexionaban, eran críticos, cuestionaban el mundo y sus dinámicas, pero con la vista puesta en la esperanza y con la vocación de llevar buenas noticias a las realidades más erosionadas de nuestro tiempo. Y, tras esos compromisos firmes, no cabía el mero activismo vacío, sino la profundidad de la fe y del seguimiento de Jesús de Nazaret como referente en la construcción de la persona con la mayor plenitud y sentido.

Entre los adultos y adultas que acompañaban y animaban a los jóvenes en aquellas jornadas estaba Pepe, un sacerdote al que conocía por su vinculación al pueblo de mis padres y a las comunidades parroquiales de Guadalupe y Perpetuo Socorro de Badajoz. Allí me enteré de que él, además, era profesor de la Universidad de Extremadura y consiliario de la JEC. La palabra consiliario me recordaba al consiliere (consejero) de la película El Padrino, aquel irlandés que, sin ser hermano biológico de los Corleone y sin ejercer de líder y partícipe directo en la toma de decisiones, acompañaba y asesoraba en segundo plano a los que combatían en primera línea.
A partir de ahí, entré de lleno en la vida de este movimiento que tanto me ha aportado en la comprensión de un estudio que puede ser no solo instrumento de realización individual y promoción personal, sino herramienta comunitaria de servicio y de opción por los otros y por la justicia.
En ese sentido, la labor de José Moreno Losada, Pepe, desde la JEC, desde las aulas de la Universidad de Extremadura y desde la delegación de Pastoral Universitaria en el marco de la Iglesia diocesana de Mérida-Badajoz, ha sido garante de un estilo de presencia cristiana en el medio que no se caracteriza por la significación de lo religioso como símbolo, reacción y reducto frente a la cultura actual, sino que se inserta sin complejos en los lenguajes de dicha cultura para aportar, desde el estar sereno y auténtico, planteamientos de fe y profundidad. Esbozos que han tocado, iluminado y transformado los planteamientos de tantas y tantos jóvenes que han pasado a lo largo de veinte años por espacios de vida y de diálogo, como han sido las aulas de la universidad, las actividades de la delegación o los espacios formativos de la JEC.
Este camino no culmina, pero sí cristaliza y da luz a un trabajo de investigación de más de cinco años: la tesis doctoral Estudio “con-sentido” en la Universidad. Motivación del estudio en los universitarios extremeños y el bien interno de las profesiones, que se presentó el 23 de enero en el salón de grados de la Facultad de Educación de Badajoz.

Por eso, la JEC y todos los que hemos sido testigos, partícipes y protagonistas de este proceso debemos mucho a las líneas de ese trabajo y a toda la vida y los nombres que laten tras ellas.
¡Enhorabuena!

domingo, 15 de marzo de 2015

Llanto por el país de los puros








Junio de 2011. Cena de las naciones en el Colegio St. Michael de Nueva Delhi (India). En las mesas, mezclados por el barullo de las llegadas, el desorden de las miradas y el cansancio de los viajes, nos disponemos para comer. Yo me aventuro, cómo no, a entablar conversación con quienes me acompañan.



Hay dos muchachas. La primera de ellas, de mirada gris, profunda y triste, encierra en su tez morena la belleza reservada de la timidez, la sonrisa que se hace esperar. Hay en esos ojos una huella silente de lo mucho que ha visto y vivido con tan solo dieciocho años. Se llama Parivash. Su hermana, Ravish, un año menor, es, por el contrario, extrovertida, dispersa y desenfadada, deliberadamente sensual y presumida. Algo caprichosa, pero inocente.

Tardo cierto rato en percatarme de que son hijas de la misma realidad y, sin embargo, tras las preguntas, asoman y se entrelazan los hilos de la historia común. Cuando me dicen cuál es su país de origen, tardo en entender. Llevo pocas horas en India y mi oído no se ha aclimatado aún a esa peculiar cadencia del inglés peninsular.



Pakistán. Al escucharlo, se despliegan en mi mente imágenes desoladoras de desiertos perdidos, velos, burkas y guerrillas armadas. En el imaginario occidental, la frontera de la civilización y la cuna del fundamentalismo que pocos meses atrás se tambaleó con la milimétricamente estudiada maniobra de ejecución del jerarca Bin Laden en su guarida particular.

Cuando les comento cuál es la percepción que me llega de su país, ellas no tardan en corroborar el estado de vulnerabilidad que supone la vida allí.


Pari está empezando a estudiar Farmacia y Ravish quiere cursar la carrera de Derecho. Yo acabo de finalizar el primer curso del Grado Superior de piano. Tenemos dieciocho, diecisiete y veinte años. Los tres latimos con los mismos deseos, ilusiones y horizontes y, sin embargo, me cuesta enfundarme en su piel, encarnarme en su realidad, y asumir que el futuro por el que caminan cada día transita por una pedregosa senda en la que, en el momento más imprevisible, puede estallar la más cruenta de las barbaries y dinamitar sus proyectos.

¿Cómo se asume la exposición cotidiana al peligro? ¿Cómo se ama el país, la patria, la tierra cuando está abonada con sangre? ¿Cómo se asume la rutina del miedo? ¿En qué momento se aprende a convivir con la amenaza?

Pakistán, literalmente, el país de los puros, nació en la convulsa separación religiosa entre hindúes y musulmanes. Tierra 1947, la tercera película de la trilogía de los elementos de Deepa Mehta, narra con especial dramatismo la división y confrontación de dos pueblos bajo la artificial premisa de segmentar dos maneras de acercarse a lo trascendente: el hinduismo para la India, con todo su panteón de divinidades coloristas y ritos milenarios y el Islam para Pakistán, con su rigurosa salvaguarda de preceptos y doctrinas que determinan la ley y la política, así como la administración de la esfera pública y privada de las personas.

El cristianismo, con mucha menor presencia institucionalizada que en Occidente, también tiene su hueco en el poliédrico panorama religioso de estos países, y hoy ha sido la diana del integrismo asesino en Lahore, la ciudad de Ravish y Parivash.







Esta mañana me levantaba temprano para asistir a un encuentro con el colectivo Profesores Cristianos a favor de la Escuela Pública en el barrio madrileño de Moratalaz, cuando he encendido el móvil y me ha llegado un mensaje de Ravish, con la que hacía tiempo que no hablaba. Nada me hacía presagiar que, horas más tarde, sería testigo directo de la locura terrorista en su ciudad y su comunidad.

Al llegar a casa, me asomo a las noticias y las redes sociales. Quince personas muertas y veinticinco heridas en dos atentados contra iglesias cristianas en Lahore. Una turba quema vivos a dos sospechosos de haber participado en el atentado. Un grupo de vecinos secuestra a tres policías que se habían ausentado de su puesto para ver un partido de criquet en el momento del ataque.


Veo imágenes de terror, leo mensajes de miedo, de ira, de deseo de huida. Y solo puedo, impotente en la tarde, contemplar sereno, escribir y rezar en el dolor y la impotencia de que unos ojos más jóvenes que los míos, ojos llenos de vida y de proyectos, ojos desde los que he aprendido a mirar el mundo y que me han mirado con amor y ternura, hayan grabado esta mañana la cara del horror para siempre en sus retinas.

Y resuenan, sin llamarlos, como ecos de esta incomprensible realidad de humanidad desfigurada y religión demacrada, los versos del poeta Juan Gelman que descansan entre mis lecturas de cabecera:







miro mi corazón hinchado de desgracias

tanto lugar como tendría para las bellas aventuras






















jueves, 19 de febrero de 2015

Utilidad de la literatura








La prosa para el día
para recorrer esa mecánica
aprendida ese trayecto
de intenciones y de formas esa
administración precisa
de los nombres de las cosas
la prosa para dar cuerda
al corazón de los autómatas
para inyectar el brillo eléctrico
en sus miradas remotas
la prosa laberinto imposible
que transforma las biografías de
las mujeres los hombres
en singulares historias





el verso es en la noche y es al filo
el verso solo es verso en la frontera bajo
los labios sellados el verso
son subtítulos que gritan
la verdad de nuestra historia el verso
atraviesa la garganta nos tatúa
como amor proscrito noche
oscura fugitiva el verso
es en la noche y es al filo
el verso solo es verso en la frontera




el verso solo existe si me nombras








viernes, 6 de febrero de 2015

Empleando la vida



En medio de todos los mensajes, correos y llamadas que circulan cada día entre mis manos y mi cabeza, el jueves de la semana pasada, justo antes de salir de la sede de la Juventud Estudiante Católica, saltaron a la pantalla del ordenador unas palabras esperadas y deseadas que me despertaron una emoción especial.


Los logros ajenos y los propios, las frustraciones y las satisfacciones dibujan un cóctel que a veces no nos sitúa en el lugar que desearíamos y, sin embargo, uno privilegia poder sentirse inmensamente humano cuando siente, sin remisiones, la alegría del otro  como la suya propia.

      Más aún cuando se trata de esas personas que, a pesar de la lejanía física, sientes que están siempre ahí, creyendo, confiando y apostando por ti sin condiciones y sin juicios, contra viento y marea aún cuando los cimientos de esa casa a la intemperie que conforma tus proyectos arriesgados e imposibles, se tambalean para muchos otros.




¿Y tú qué opinas de que me vaya a trabajar a Badajoz?


Era Inés, Inesu. Hace varias semanas leía su testimonio, una historia llena de vida asolando por las grietas de la dificultad y la incertidumbre en un proceso académico y laboral lleno de descubrimientos y de riqueza que emerge en la aparente debilidad.

El testimonio podría ser una más de tantas historias anónimas de esta juventud “empleada o empeñada” que ha invertido mucho esfuerzo y sacrificio en conquistar su destino y en invertir al máximo sus talentos en una sociedad que, tras años de formación, parece no concederle un hueco donde poder dar el ciento por uno.

Ella estudió Matemáticas en la Universidad de Extremadura. Yo la conocí al poco tiempo de llegar al movimiento de la JEC, donde se encargaba de la coordinación de la economía en la zona de Extremadura.


Tras esa imagen de organización y responsabilidad inicial, al poco descubrí a una persona que había luchado mucho para concluir sus estudios y que, tras un profundo discernimiento, había encarado la dificultad para llevar adelante su vocación. El descubrir la propia limitación la había ayudado a acercarse de un modo más cercano a aquellos alumnos con dificultad, a los que ahora atendía al otro lado del pupitre.

Yo, que nunca había tenido dificultades en mis estudios, no supe cuánto me iba a enseñar su experiencia hasta que me vi a punto de naufragar intentando hacerme un hueco en el competitivo mundo del piano, espacio en el que, por primera vez, no me sentía uno de los mejores, de los brillantes y destacados.

La riqueza de su proceso a la hora de afrontar el fracaso, de integrar la debilidad y de arriesgarse a buscar nuevos caminos para desarrollar una vocación elaborada desde la profundidad, sin rendirse y decidida a apostar por lo más firme y auténtico, me han enseñado mucho durante todo este tiempo.


Fue, sobre todo, a raíz de experimentar juntos la lejanía del hogar (o quizá el descubrimiento del hogar universal), el contraste de la cultura y el sueño compartido de otro mundo hablado en lenguajes y colores polifónicos cuando, en el verano de 2011, viajamos a Nueva Delhi (India) para representar a la JEC de España en un Consejo Mundial de nuestra organización.




Un par de años después, ella abandonaba España en busca de trabajo, sin renunciar a la apuesta por la persona con la que quiere compartir y comparte su vida, cargando la maleta con ilusión, esperanza y deseos, aunque también con riesgo e incertidumbre.


La adaptación, difícil, pero poco a poco se van amoldando a esa nueva vida, a un idioma desconocido y a un trabajo que, sin ser el ideal de unas aspiraciones de desarrollar en plenitud su vocación, permite vivir con dignidad. Y, a pesar de eso, las palabras traslucen el desencanto de la realidad que se aleja de los proyectos soñados:

“En términos de vocación es normal que encuentre frustrante y triste que la sociedad a la que pertenezco no me da la oportunidad de desarrollarme profesionalmente y de aportar a la sociedad todo aquello que puedo dar, no para beneficio propio sino para beneficio de todos, puesto que aquí puedo esforzarme por ser la mejor limpiadora que tiene mi jefa pero no creo que sea tan importante para la sociedad que ha pagado mi formación como en que me esfuerce en ser la mejor profesora que tengan mis alumnos, si es que algún día los tengo.”


Después de esta odisea, Inés se vuelve a Badajoz, y lo hace para ejercer el magisterio de las matemáticas en un colegio situado en una de las zonas más deprimidas y necesitadas de la ciudad, con el deseo de que toda esa vida empleada, sedimentada en la vocación de poner las matemáticas al servicio  de los que más lo necesitan, pueda dar de verdad su fruto más abundante.

Enhorabuena.





lunes, 29 de diciembre de 2014

Posmodernidad






Despierto cada mañana. Abro las ventanas virtuales de la posmodernidad para pasearme por los balcones de felicidad ajena, espejos donde busco el brillo de mi propio reflejo, alimentando a Narciso regando mi lista de contactos VIP, abrillantando el encuadre de las instantáneas que ilustran cada uno de los puntos del itinerario vital perfectamente trazado y envuelto en papel de plata para uso, disfrute y envidia de la galería. La vida se comparte,  se multiplica exponencialmente en los escaparates de la red social donde agoniza la sabiduría encorsetada en píldoras, en cápsulas inconexas, en sentencias fragmentarias que calman la ansiedad de la rutina sin saciar la avidez profunda de trascendencia que atora las pasiones de las mujeres y los hombres. He sucumbido ante todas estas nuevas formas de comunicación líquida, ante la dictadura de los ciento cincuenta caracteres y la seducción del culto a mi  imagen




y sin embargo


aún me sorprende, silencioso, el declive de la tarde en los parques

en el instante de la mágica

revelación del verso

que duerme en los anaqueles esperando

el hallazgo fortuito

que acontece siempre por primera vez

en cada biografía

en cada mano

en cada boca.


Somos la revolución de la belleza.

Somos hijos de otro tiempo.

Nuestro sigue siendo el amor de Dido,  la Arcadia y el mar de Ulises.


Nuestra patria son los ocasos y los sueños.








lunes, 8 de diciembre de 2014

Madrid (diez haikus)











Viajando en metro
olvido mi parada
cuando me miras.






Es el azar
el que mueve los hilos
de nuestra historia.






A tu camino
el músico en la calle
le pone swing.






En las esperas
se escuchan narraciones
extraordinarias.






La noche sabe
enseñarte a olvidar
mejor que nadie.






Bajo el neón
se cruzan las miradas
de los amantes.






Son solo niñas
las que venden sus sueños
en esa calle.






En los cajeros
los cartones nos hablan
de la derrota.






Entre el bullicio
la música es el cóctel
de los lenguajes.






Con la palabra
los extraños rompieron
su anonimato.





















lunes, 1 de diciembre de 2014

Impresiones para una noche de piano




Entrar en la calidez del sonido desde la intimidad de las primeras notas de Evocación es detenernos por primera vez en la inflexión de un aroma, en la intuición de una estampa que se dibuja a trazos en la lejanía de un horizonte indeciso. Pero también es volver. Volver a un lugar ya conocido, volver a esa patria primera, necesaria e insondable, depositaria de tiempos y nostalgias. 



Quizá sea porque esta Iberia tiene algo de recorrido inaugural y peregrino, de viaje iniciático, y a la vez huele a regreso , a retorno a la Arcadia, a ese Sur mágico y misterioso, espejo que escapa de las antologías y recupera el imaginario de lo pintoresco, lo desgarrado y lo profundo de una manera de sentir y de vivir, para ilustrar el mapa de una geografía personal y comunitaria, de una historia propia y compartida.




El sábado volví a Málaga, a Antequera, a La Línea, a Badajoz, a los rincones, miniaturas, detalles y lenguajes de un magisterio de cinco años que acrisola enseñanzas para toda una vida.

Escuchar, por primera vez completa, Iberia de Albéniz, de manos de mi maestro de piano, Ángel Sanzo, me llevó a aquellas primeras clases en La Línea de la Concepción que transcurrían entre paseos por atardeceres marítimos y noches que se alargaban con vocación de no encontrar el amanecer.

Ángel me hablaba de la disonancia en la Iberia como un ingrediente fundamental del lenguaje de Albéniz por su vasta polisemia: en Almería, la disonancia era una caricia que coloreaba la música con pura amabilidad. En El polo, marcaba la decidida agresividad  que se expresaba a través de la incisiva precisión del ritmo.

La disonancia, tensión necesaria para experimentar la viveza orgánica de la música, es reflejo, posiblemente, de la propia dialéctica consustancial a la vida humana, en la que la confrontación que serena y desestabiliza nos empuja cada día a crecer y avanzar en una búsqueda y lucha continua con y por nosotros mismos.

Me aseguraba que no encontraría  ni una sola nota en la Iberia que no contuviera multitud de indicaciones precisas y de relaciones intrincadas con otras notas. Toda una arquitectura de enorme complejidad y exigencia física puesta al servicio de un mensaje expresado en el lenguaje universal  de las danzas, los ritmos y las melodías que hablan de los orígenes primigenios de un pueblo y de su historia.

En eso debe de consistir el arte. En desplegar toda una paleta de medios, conocimientos y minucioso trabajo artesano para ofrecer, con sencillez y naturalidad, un discurso que acierte hacia el blanco de la diana de lo que sentimos y lo que somos, que nos emocione por dar forma y cauce a los estadios de nuestra trayectoria vital.



El sábado recapitulé muchas de las lecciones magistrales recibidas a lo largo de cuatro años, lecciones que me abrieron las puertas de la comprensión, hasta entonces muy vaga para mí, de la técnica pianística, y que además me revelaron una sabiduría que trasciende del mero conocimiento, sedimentada a base de experiencias, contrastes y encuentros personales profundos, algo que me parecía esperable de  grandes figuras de manos gastadas y frente arrugada, pero que se me antojaba insólito en un pianista que tan solo contaba treinta y tantos años de edad por aquel entonces.

 Pero si hay algo que me hace descubrirme ante él es la sensibilidad y la comunicación, que no restan un ápice a la elevada exigencia en la consagración al total compromiso con el arte. Y ahí, en ese compromiso por la belleza, no exento de sacrificios, de dudas y trances, aparecen pistas para aprender a vivir, algo paradójico cuando la dedicación seria y rigurosa a este oficio nos lleva, a veces, a alejarnos del trasiego y las entrañas de nuestra propia vida.



Se me ocurre esa clase en la que siempre habla de que tenemos que enamorarnos de aquello que se nos atraganta, que nos resulta especialmente difícil (un pasaje de una obra…) cuando no nos queda otra que convivir con ello. ¿No es acaso esa una verdadera lección magistral para la vida?






También podría detenerme en todo ese viaje espiritual por Liszt y San Francisco que recorrimos el curso pasado, pero hoy me quedo en esta Iberia capital alumbrada tras la gestación de muchos años de convivencia, aprendizaje y búsqueda, de la que algunos, aunque no hayamos acertado más que a vislumbrar la sombra de tus pasos, hemos sido testigos privilegiados.