martes, 12 de abril de 2022

El currículum oculto

 

Así voy devolviéndole a Dios unos centavos

del caudal infinito que me pone en las manos.

(Jorge Luis Borges)

 

 

Mi amigo Jesús me dijo una vez que los McDonald´s tienen algo de religioso. Ante el vacío que nos hacen sentir aquellas grandes preguntas para las que no encontramos respuesta, las religiones nos invitan a sujetarnos a una (a veces, dudosa) red. Nos ofrecen seguridad frente a lo desconocido. Nos venden certezas, a coste variable. Lo mismo nos pasa al encontrarnos fuera de nuestro hogar. Cuando visitamos un país lejano a menudo desconocemos su moneda, nos cuesta saber si algo es caro o barato y, si es la primera vez, tampoco podemos adivinar, más que por referencias indirectas, si tal o cual comida nos gustará.

En ese contexto, y hasta en el lugar más recóndito del mundo, suelen avistarse, más cerca que lejos, unos arcos dorados que nos ofrecen un asidero al que agarrarnos. Ante lo desconocido, se convierten en un oasis en medio del desierto: sabemos exactamente el tipo de comida que encontraremos, su sabor y el coste que tendrá. Incluso nos imaginamos con rapidez la propia configuración interna del local (prácticamente idéntica en cualquier parte del mundo).

El capitalismo funciona así. Cuando las coordenadas cambian, nos pone delante los suficientes elementos conocidos como para hacernos sentir el confort, la ficción de la libertad de elegir. Por muy lejos que nos encontremos siempre habrá un lugar donde experimentemos, aunque no sea más que un mero espejismo, que tenemos todo lo necesario para sentirnos en casa.

Sin embargo, este sistema económico suele obviar rápidamente las variables que contemplan el cuidado y el sostenimiento de la vida. Quienes hemos elegido caminos como la música, el arte y la educación nos hemos dado cuenta de que la productividad de nuestra actividad solo puede medirse con otros parámetros. Y la carrera académica es exigente en dedicación y dilatada respecto a la posibilidad de vislumbrar un escenario de estabilidad al final de tantos escalones.

«Con el tiempo aprenderás que hay diferencia entre conocer el camino… y andar el camino…», le decía Morfeo a Neo en Matrix (2001), esa fábula moderna que nos hizo alucinar a los niños de los noventa, y que ya ha cumplido nada menos que veintinún años. Que se lo digan a ellos: imaginaron un 2199 repleto de desarrollo tecnológico, realidades digitales paralelas y saltos mortales sin gravedad, pero…seguían usando cabinas telefónicas ¡vaya! Desde luego, no conocían el camino…

Cuando decides, rozando los treinta, aventurarte a andar el camino incierto de realizar una tesis doctoral, después de haber emprendido prácticamente todas las rutas opuestas a aquellas que podían encarrilarte hacia un futuro seguro (estudiar una carrera musical, consagrar los años centrales de tu juventud a la militancia en una organización estudiantil…), la incertidumbre que se te presenta delante es la misma. Y la emoción, afortunadamente, también. Además, eliges orientar tu investigación hacia Hispanoamérica, una tierra que no has pisado nunca, pero desde la que –por alguna extraña razón– llevas tiempo mirando, pensando y sintiendo el mundo; el mundo, y la música.

    Y nos sobreviene una pandemia, que te deja en la orilla, y frena por dos años tu deseo de cruzar el Atlántico. La cosa se complica.

Y en el trayecto que comienza, la gente que bien te quiere te asesora para introducirte en un complicado entramado que requiere estrategia, trabajo, perseverancia, visión de futuro: delimitar bien tu perfil, armar el currículum…estudiar, enseñar, publicar. Calcula cada paso, pero no pierdas el alma por el camino, no te olvides de la motivación y el sentido.

Así las cosas, cuando el camino empieza a desbrozarse te das cuenta de que no es solo gracias a tu valía académica, sino a la apuesta generosa de personas que van moviendo fichas delante de ti para que el tablero se despeje de manera casi natural a tu paso: desde el profesor que te orienta sistemáticamente para tomar las decisiones acertadas a los vecinos de un humilde barrio de Sevilla que prestan unas mantas para preparar la habitación de la casa de un amigo que te acoge durante un mes de estancia de investigación. O esa familia que te recibe a 9.000 km de tu ciudad y dispone la mesa para tu llegada. Y la compañera que te abre las puertas de su hogar y su microcosmos creativo y, durante un mes, aparca su agenda para vivir desde ti y guiar tus sentidos por “mi Buenos Aires querido”.

El capitalismo y su lógica de franquicia norteamericana sacude a quien no tiene los resortes económicos y personales para soportar las embestidas, pero la historia (que sigue siendo profana y sagrada a la vez) nos habla al mismo tiempo desde las redes comunitarias que cuidan y sostienen la vida. Sin ellas, sería imposible vivir la aventura.

Hace unos días, una profesora de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid nos contaba que, durante la defensa de una oposición a profesora titular a la que recientemente había asistido, la candidata empezó enumerando aquellos proyectos en los que se había embarcado y vivencias que “no le habían reportado nada” para su engrosar currículum académico, pero que habían definido el tipo de persona y profesora que hoy era.

El “currículum oculto”. Ese paisaje de personas, emociones y momentos que configuran nuestra biografía personal y profesional. Ese expediente que, sin computar de forma directa en los ránkings mejor posicionados, hace posible andar el camino. Y que tiene una traducción directa en nuestra forma de relacionarnos con el mundo, de aprenderlo y de enseñarlo.

Gracias.


 

sábado, 1 de enero de 2022

2022: Episodio piloto

 

Cuida de mis sueños,

cuida de mi vida.

No maltrates nunca mi fragilidad.

Pisaré la tierra que tú pisas.

(Pedro Guerra)

 

En las buenas historias de ficción –para estirar el chicle lo máximo posible– los supervillanos suelen añadir complejidad a sus poderes a lo largo de varias entregas para vencer a las fuerzas del bien. Después de infinitas derrotas, los malos siempre regresan con renovadas capacidades y ganas de venganza. Con más recursos y con más mala leche, vaya.

En Terminator 2, una de las distopías cinematográficas que con más nostalgia recordamos los que crecimos durante la década de los noventa, el viejo androide T-800 (el estelar Arnold Schwarzenegger de “Sayonara, baby”) es enviado para proteger al futuro líder de la rebelión contra las máquinas, John Connor. Pero los esfuerzos de los rebeldes, que han reprogramado al androide para proteger al niño, parece que poco tienen que hacer ante el nuevo invento de sus enemigos: el sofisticado y letal T-1000 interpretado por Richard Patrick. El T-1000 no solo tenía la misma fuerza que el Terminator original, sino también la capacidad de mimetizar su físico con el mobiliario, adoptar la apariencia de cualquier humano con el que hubiera estado en contacto y diluirse para colarse por cualquier rendija antes de volver a tomar forma humana. Tras innumerables intentos de acabar con él, el T-1000 siempre encontraba la manera de reagrupar sus moléculas para volver a la carga.


Algo así parece que ocurre con la COVID-19, aunque en este caso la distribución de culpas entre “buenos” y “malos” quizá no sea tan fácil de administrar como en la película de James Cameron. Hace varias semanas, y después de unos meses en los que la vacunación parecía habernos llevado a un contexto de control de los contagios y de reducción de la gravedad de la enfermedad, daba la sensación de que habíamos vuelto a la casilla de salida. La variante Omicron se consolidaba en la escena y la intranquilidad parecía campar a sus anchas de nuevo en nuestras vidas. De repente, todos conocíamos a alguien que había estado en contacto con algún positivo la última semana, revisábamos con arrepentimiento los últimos eventos de nuestra agenda social antes de las vacaciones de Navidad y los grupos de whatsapp se inundaban de mensajes alarmistas sobresaturados de datos e interpretaciones.

Sin embargo, esta vez había algo distinto. Ante el riesgo de caer en la histeria colectiva, en algunos foros se llamaba la atención sobre otro problema cuyos estragos, en este y en cualquier contexto, pueden llegar a ser tan nocivos como la propia COVID: la salud mental. 

Desgraciadamente, los acontecimientos de las últimas semanas ya habían llevado este tema al centro de muchas conversaciones. La soledad y el aislamiento han agudizado la ansiedad y la depresión, en la mayoría de los casos vividas en silencio y en el anonimato. Pero este no es un problema que haya llegado ahora, y está dejando cada día de ser un tabú entre la gente joven.

Quienes nos movemos en la intersección entre los millennials y la Generación Z habitamos una tierra de nadie en el desafío de mirarnos de frente para construir nuestra identidad. 

Si nos comparamos con quienes nacieron a comienzos de los 80 vemos que ellos, ellas, a menudo han podido sentar antes y con más solidez que nosotros las bases de un proyecto de familia, de hogar y de estabilidad laboral. Los que vinieron después, por el contrario, han abrazado con más normalidad cuestiones como la diversidad sexual o el carácter líquido de los vínculos emocionales, cosa esta última que a menudo a nosotros nos desconcierta y se nos escapa.

Algo que compartimos y que, probablemente, se va consolidando como una conquista importante de nuestro tiempo es el normalizar el diálogo sobre la salud mental. Hablar sobre lo que nos pasa y cómo nos sentimos es cada vez más frecuente en estos tiempos en los que la atomización individual y el enclaustramiento de los afectos se suman a las dificultades que ya teníamos para hacer que nuestras vidas echen a rodar.

Una de las series que refleja con más crudeza, pero también con enorme ternura y dosis de humor esta realidad es Pure (2018). Charly Clive da vida a Marnie, una joven con un trastorno obsesivo-compulsivo muy peculiar: su cabeza se ve continuamente invadida por pensamientos intrusivos de contenido sexual, hasta tal punto que el bombardeo de imágenes le impide totalmente desarrollar una vida normal. Tras un episodio catastrófico que echa por tierra la celebración del aniversario de sus padres, Marnie decide alejarse de su familia. 


Para sobreponerse a su problema y dar un giro a su vida se muda a Londres a iniciar una nueva etapa. A partir de ahí comienza un camino de búsqueda: convencida de que abrirse a experimentar nuevos encuentros sexuales le permitirá apaciguar su mente, Marnie acaba inmersa en un sinfín de situaciones que suelen terminar en desastre. Como un juguete roto, fracasa estrepitosamente en sus intentos de vivir experiencias que le ayuden a entender lo que le pasa, causando bastantes estragos por el camino. Sin embargo, su personaje nos encandila por su encantadora torpeza, por su manera vitalista e imprudente de encarar la vida; por su capacidad de levantarse una y otra vez y alzar la cabeza ante cada recaída con el deseo de ser feliz.

Marnie va poco a poco superando el tabú y el estigma impuesto por la sociedad y por sus propias amistades, que etiquetan su trastorno como perversión e incluso bromean con el disfrute que este podría ocasionarle. En una escena cargada de dolor y de esperanza, Marnie brinda una lección de amor propio al espectador al decirle a su mejor amiga que se aleje de ella porque no se siente cuidada: “Creo que no deberíamos ser amigas durante un tiempo”/ “¿Estás rompiendo conmigo?” / “Te quiero, pero odio sentirme así cuando estoy contigo”.

La actriz, según un reportaje publicado en El País, afirmó que la autora del libro en que está basada la serie le ayudó a preparar el papel: “Una de las cosas que me dijo es que, cuando tienes un TOC, es importante que te recuerdes a ti mismo que esos no son tus pensamientos, no son una representación de lo que eres como persona. Yo tenía que encontrar una separación entre aquellos aspectos contra los que está luchando Marnie en su vida en general y aquello contra lo que lucha por el TOC”.

A lo mejor el aprender a poner nombre a lo que nos pasa, el saber mirarnos desde más allá de lo que nos duele y demandar de los demás esa mirada no solo es un ejercicio necesario de amor propio en estos tiempos de generalizada ansiedad y baja autoestima. Quizá es también un camino alentador para tejer espacios de comunidad y sostener vidas que, mal que nos pese y por culpa de la COVID y otras causas, van a seguir tocadas por la precariedad, la ruptura y la fragilidad.

Que los límites con los que nos topemos por el camino no nos impidan hacer de este año el mejor capítulo posible de nuestras vidas.

Feliz 2022.

 


 

 

martes, 2 de noviembre de 2021

Algo que ver con la vida

Como es habitual en los niños de su edad, Veda suele quedarse ensimismada jugando con el desayuno antes de ir al colegio. Su padre, de pie y listo para empezar la jornada laboral, extiende la mano para prepararse las tostadas ante una de esas mesas de cocina norteamericana en las que no falta de nada a primera hora de la mañana.

-Papá, no quiero preocuparte, pero mi pecho izquierdo se está desarrollando más rápidamente que el derecho. Eso significa una cosa: cáncer. Voy a morir.

Así arranca My chica (Howard Zieff, 1991); en apariencia, una de esas producciones concebidas para explotar el estrellato precoz de Macaulay Culkin –el niño travieso de Solo en casa– y condenadas a las parrillas de sobremesa de los sábados. Nada más lejos de la realidad. La película es una reflexión preciosa, dura y, a la vez, llena de ternura, sobre la muerte desde los ojos de la infancia.

          El fantasma de la culpa planea sobre Veda desde que su madre no superara las complicaciones del parto, pero la muerte forma parte del paisaje cotidiano de su vida. Su padre es el gerente de una funeraria instalada en el domicilio familiar y Veda se obsesiona cada día con las causas del fallecimiento de los clientes que llegan. Continuamente acude al médico desesperada asegurándole que tiene un hueso de pollo atravesado en la garganta o que padece preocupantes dolores de próstata.

          Quizá la imagen más desoladora de la película, por traernos de manera palpable a esa experiencia, es aquella en la que Veda contempla desde los barrotes de la escalera de casa el funeral de su amigo. Mientras tanto vemos en segundo plano a su abuela, una mujer muy mayor, cuya memoria marchitada hace tiempo que la ha alejado de este mundo. Es la incomprensión que sentimos cuando personas jóvenes y llenas de vida parten de forma inesperada mientras las sobreviven otras, en un lento proceso de apagarse y con un gran camino recorrido.

        Como le ocurría a Veda, la muerte se acomoda en nuestro escenario y nos preguntamos por ella. La pregunta ante la muerte forma parte de la pregunta sobre la vida. Recuerdo que hace varios años compartí una jornada de retiro con un grupo de personas –diversas en edad, procedencia y situación vital– que no nos conocíamos previamente. Era un sábado santo, ese día en el que los cristianos reflexionamos sobre el silencio e incomprensión que suceden a la pérdida, y se nos llamaba a compartir experiencias de muerte en nuestro entorno. Me llamó la atención la culpa tan poderosa que taladraba a una chica a raíz de la muerte de un familiar, al que sentía que no había correspondido con el mismo cariño que había tenido durante toda la vida con ella. Esa experiencia le había convertido en una persona mucho más generosa con la expresión de sus afectos, pero la imposibilidad de ofrecerlos a quien se la transmitió la llenaba de remordimientos.

 “A las personas no las enterramos; las sembramos para que den fruto”. 

Paradójicamente, las personas que más nos enseñan no suelen ser las que se benefician de nuestro aprendizaje. Quienes más generosamente siembran en nosotros no recogen los frutos de la semilla que depositaron. Cuesta entender esta lógica, quizá porque no encaja con el sistema que delimita las coordenadas en que nos movemos: cada cual está llamado a ganar de acuerdo a lo que “produce” e invertir en aquello o aquellos que le reporten. No se nos educa para entregar a fondo perdido.

El hilo fino que nos vincula a los que se fueron guarda poca relación con eso. Tiene más que ver con esa esa generosidad que nos mueve a cuidar la Tierra teniendo en cuenta a los que vendrán; con las decisiones de consumo que de vez en cuando tomamos pensando en el sostenimiento de comunidades y lugares lejanos que quizá nunca conoceremos o con ese enamoramiento que de vez en cuando nos atraviesa y nos impulsa a lanzarnos instintivamente al vacío, sin vislumbrar nada claro que haya una red al otro lado.

Para evitar mencionar el tabú de la muerte a menudo nos servimos del frío eufemismo “fallecer”. En otros idiomas, los vocablos albergan metáforas mucho más consoladoras. Los franceses emplean el verbo “eteindre” (apagarse, extinguirse), la misma palabra que se usa para referirse a las estrellas, cuya luz se va debilitando lentamente y sigue brillando, tímida pero fiel, durante mucho tiempo después de haber abandonado el firmamento.

Ante la pérdida de la gente a la que queremos las grandes respuestas de la religión, la ética y la filosofía suelen quedarse cortas. Los grandes aforismos caducan enseguida. A veces confortan más unos versos, un poema, una canción. En el fondo, solo cabe el silencio, el deseo de prolongar los frutos de la cosecha recibida y la única certeza de que esto de la muerte es algo que tiene que ver con la vida.

 


 


lunes, 19 de julio de 2021

Si cantase el gallo rojo

 

Mi abuelo le ha preguntado su edad

a ese hombre mayor apoyado en la barra del bar.

Hoy cualquier muchacho tiene ochenta años, dice

mi abuelo, que ya ha visto la moldura de la cornisa en el horizonte.

 

Mi abuelo vino a este solar

con la Segunda República, con esa luz

que tan bien pintó José Luis Alcaine para Fernando Trueba

en Belle Époque

(claro, que era más fácil vivir aquellos años

cuando eras un jovencísimo Jorge Sanz solo preocupado

por debatirte entre las sábanas de Penélope Cruz,

Ariadna Gil, Miriam Díaz Aroca y Maribel Verdú).

 

Cuenta mi abuelo en sus memorias

que de niño andaba curioseando en la puerta del cuartel

de la Guardia Civil porque habían cogido a un maqui

que andaba por ahí haciendo de las suyas

y que lo habían prendido sin resistencia y que a los dos o tres días

lo sacaron a pasear y lo echaron fuera

de la carretera y le pegaron cuatro tiros

y que durante mucho tiempo

la gente estuvo yendo al lugar a mirar la sangre

 

y que en el año 1945

el hambre inundó las calles de caras hinchadas

pidiendo a las puertas de las casas

y que muchos años después hubo un alcalde

que no se había enterado de que Franco se había muerto

y una noche, después de cerrar el bar, se juntaron varios,

conspiraron y montaron un partido para echarle.

 

Yo creo que no le ha costado ser rojo y creyente

porque siempre ha ido de la mano de la Quisca, que ha debido de ser

ese Dios entre las ollas y los fogones

del que hablaba Santa Teresa unos siglos antes.

 

En los ochenta dio trabajo a bastantes muchachos

y vio cómo el alcohol se llevó por delante a más de uno

de modo que decidió beber con poso lento

una botella de Rivas del año 1963

que todavía hoy saca en ocasiones especiales.

 

No se le han dado mal los números

ha tenido amigos médicos, fontaneros, curas y albañiles

y siempre ha estado convencido de lo de la igualdad

no le han sorprendido los desmanes de la Corona

porque nunca se ha fiado de ella

y tenía ganas de ver

después de tanto tiempo

a algún comunista sentado en el consejo de ministros

de este país de vísceras calientes y memoria corta.

 

Mi abuelo Quico Medina.

 

Nunca le fue mucho la disciplina militar,

así que después de la mili montó un bar

y un negocio de materiales de construcción

y entre brindis por la vida, mucho sudor y baile

ha sido la historia de España

la que se ha puesto a desfilar delante.

 





jueves, 1 de julio de 2021

¿Un mundo ideal?

 

De entre todas las experiencias en las que el cine nos permite vernos reflejados siempre me despiertan especial curiosidad aquellos relatos de gentes que, teniendo ante sus pies el mejor de los mundos posibles, acaban finalmente optando por la rutina conocida. A mí, que tantas veces se me ha escapado como arena entre los dedos la compañía de personas y vivencias especiales que desearía haber atesorado, me cuesta empatizar con esos personajes que renuncian voluntariamente a los ideales a su alcance por conformarse con una vida más cómoda.

En Corazonada (Francis Ford Coppola, 1981), un matrimonio sumido en una convivencia tediosa y conflictiva decide separarse y poner fin a su proyecto compartido. A lo largo de una noche mágica, teñida por las luces de neón y la música de los motores de los coches de la ciudad de Las Vegas, cada uno emprende su propio rumbo en busca de alguien que llene su corazón. Ella queda maravillada por la labia de Raul Juliá (el actor puertorriqueño que daba vida al padre de la familia Addams), un pianista que promete llevarla a lugares exóticos que ella solo conoce a través de los folletos de la agencia de viajes donde trabaja como dependienta. 

En una escena maravillosa, la chica se sienta sola en un restaurante, apenada por haber perdido la pista a su nuevo y fulgurante pretendiente. Él reaparece en ese momento como el camarero del local, donde trabaja explotado (seguramente porque la música sola no le da para vivir…) por un jefe intransigente que le recrimina que se ponga a hablar con la chica y acaba despidiéndole. En un alarde de dignidad y teatralidad, se levanta fingiendo ser un comensal indignado por el servicio y el trato recibido y se marcha con ella a vivir una aventura al compás de bailes latinos y evocadores acordes de piano.

El marido de la chica, un tipo soso y anodino, convoca a un colega para salir por la noche a por nuevas conquistas. En un circo descubre a una hipnótica y bellísima acróbata de la que queda prendado (Natassja Kinski), que se lanza a sus brazos para vivir un romance bajo el cielo rutilante del crepúsculo a las afueras de la ciudad.

Incomprensiblemente, ni el atractivo desbordante de Juliá ni la magia funambulesca de Kinski lograrán retener a la pareja protagonista. Al final, ambos abandonan a sus arrolladores amantes de una noche para darse una nueva oportunidad, con pocas garantías de que su convivencia deje de ser el infierno irrespirable en que se había convertido…

    Mucho más conocido es el sorprendente desenlace de El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Dorothy, aquella niña pelirroja que soñaba en blanco y negro con un lugar más allá del arcoíris junto a su perrito en una granja de Kansas, despertó a un mundo maravilloso en Technicolor para recorrer el camino de baldosas amarillas hacia la prometida Ciudad Esmeralda. Sin embargo, todo ese viaje en compañía de amigos fantásticos solo le sirve finalmente para darse cuenta de que “se está mejor en casa que en ningún sitio”: una bofetada de realismo para la sociedad norteamericana de finales de los años 30, a la que quizá se estaba invitando a abandonar los horizontes elevados y a resignarse, sin intuir que lo peor aún estaba por llegar.

También la pandemia ha sido una bofetada de realismo que ha cerrado el paso a todos nuestros ideales. Nunca seremos capaces de medir el coste que ha tenido –y está teniendo– en términos de proyectos de vida truncados, de biografías marchitadas prematuramente en la soledad de las ucis y el silencio de las residencias. Nunca podremos llegar a dignificar lo suficiente tantos finales abruptos. La crisis de la COVID-19 nos ha hecho tomar conciencia de nuestros límites personales, sociales y estructurales y nos ha empujado a vivir en una realidad enclaustrada que ha cortado el vuelo a nuestras grandes aspiraciones; a movernos en unas coordenadas que no nos han permitido proyectarnos más allá de lo tangible e inmediato.

Hace una semana se anunció el fin de la obligatoriedad de llevar mascarillas en los espacios abiertos, un soplo de novedad que ha llegado coincidiendo con los primeros rayos del verano. Más allá de la inconsciencia de algunos (que ha estado presente durante toda la pandemia) parece que sí se vislumbra un horizonte de esperanza con escenarios distintos que dan margen a la ilusión por emprender nuevas rutas hasta ahora vedadas.

Frente a la mirada práctica de quienes se mueven únicamente basándose en certezas y seguridades, Irene Vallejo reivindicaba hace una semana en las páginas de El País el idealismo sano de quienes, a lo largo de la historia, no se han conformado con lo que tenían delante y se han arriesgado, abriendo el camino a importantes descubrimientos: “nos ayudan más quienes tienen la cabeza llena de pájaros que quienes matan dos pájaros de un tiro”.

Ojalá, después de tanto tiempo con un bozal que nos ha impedido contarnos las historias que necesitábamos escuchar, quitarnos las mascarillas nos ayude a poner voz a los cuentos que nos hacen soñar un poco más alto. Y quizá sea el momento de acercarnos más a esas personas con la capacidad mágica de desplegar sobre un presente cada vez menos incierto la proyección de un mejor mundo posible. Al fin y al cabo, la realidad –ya nos lo ha demostrado sobradamente– se encargará de ponernos los límites.


Foto: obra de @sentydoart (instagram). La Salvaje, Oviedo

lunes, 23 de noviembre de 2020

Stand by me

 

Hay un rincón en cada patio de colegio del mundo

que nos sigue perteneciendo.

Es esa parcela de tierra donde se cavan trincheras y se tienden emboscadas,

se conquistan galaxias,

se vuela lejos

lejos de la cancha

donde otros niños juegan a fútbol y sudan con el pecho al descubierto.

 

Nosotros olíamos a Actimel a media mañana

y lucíamos un chándal que siempre estaba nuevo, un chándal

que jamás se gastaba

porque éramos los últimos elegidos para unirse a la fila

de los capitanes cuando formaban sus equipos antes del partido

pero no pasaba nada. No pasaba nada

porque esa noche daban el payaso Pennywise en Telecinco

y con un poco de suerte esta vez nuestros padres nos dejaban verlo. El payaso

Pennywise,

que aparecía y se esfumaba entre la ropa tendida con sus globos de colores

y devoraba a niños en las alcantarillas a principios de los noventa.

 

Aquellos primeros terrores llegaban con el olor irresistible

de lecturas de bolsillo en tapa blanda

con más de mil páginas

que nunca nos amedrentaban.

En todas, un escritor, una pandilla

de niños perdidos en un bosque

que los atraía lentamente con sus fauces

hacia el interior

de sus entrañas mágicas

y después de expulsarlos ya no volverían a ser los mismos:

las promesas de sangre, el primer temblor –ella le había besado–, el miedo

a hacerse un día adultos y olvidarlo todo.

 

Se nos quedaron pequeñas las zapatillas

sin habernos bajado del autobús. La prueba estaba

en esas cintas de casete donde tu hermana mayor

había copiado a mano los títulos de las canciones

del último disco de La oreja de van gogh

y se habían convertido sin quererlo

en la banda sonora de tus quince años

que nunca llegarían pero ahí estabas

emocionado porque ella

se había quedado dormida en el viaje de vuelta

con tu sudadera puesta

de modo que poco importaba

la retirada de las tropas de Irak

o que Anakin Skywalker se hubiera vuelto un adolescente

insoportable que en nada hacía justicia

a la revelación canónica de El imperio contraataca.

 

Un día nos soltaron en la puerta sin previo aviso

y nos dejaron solos

a nosotros que como en la fábula de Tim Burton

éramos peces grandes en un estanque pequeño

nos soltaron en mitad del océano

pero habíamos aprendido a nadar y aderezar las historias

con ese realismo mágico

de soldado paracaidista

infiltrado en una misión secreta en territorio asiático

que logró salvar su vida una noche

ablandando con su historia de amor

el corazón de dos bailarinas siamesas.

 

Nos ayudó ver al fantasma

de Humphrey Bogart instruyendo a Woody Allen

“así no, hijo, tienes

que ser duro con ellas”

para entender al final que el secreto solo consistía en ser

nosotros mismos

si queríamos cruzar el hangar y conquistar otros cielos.

  

Todavía a veces mi abuelo

me coge en brazos y me asegura

que, pese a lo que me dirán en la calle,

fumar no me hará más hombre.

No lo pone en nuestro currículum

pero tuvimos la mejor escuela

en quienes nos enseñaron que también era de hombres

flaquear ante las grandes empresas.

 

 



lunes, 13 de julio de 2020

El día que murió Ennio Morricone


Se ha muerto Ennio Morricone y nosotros
que pensábamos que todavía lo veríamos
coger la batuta una vez más
reapareciendo
en uno de esos conciertos
en homenaje a toda su carrera.

Sergio Leone le dijo a Ennio Morricone
que la música le daba
más de la mitad
de su significado a una película
y Ennio compuso para él
la banda sonora de Hasta que llegó su hora
antes de que Bernardo Bertolucci escribiera el guion.
Bertolucci quería colocar la cámara
bajo la falda de Claudia Cardinale
al apearse del tren
para capturar su sexualidad telúrica
incendiando
las colinas de Monument Valley y el desierto de Almería
pero el bueno de Sergio
con su ojo de fisonomista romano
curtido como ayudante de dirección
en los péplums de los cincuenta
impuso su mirada poética
sobre la versión definitiva.

Así, nos regaló el plano inolvidable de Claudia,
la primera mujer (con permiso de Joan Crawford)
protagonista de un western, ese género de factura antigua
y de cariz irremediablemente masculino.
Ni el coloso de la interpretación Henry Fonda
concitando en su mirada azul
toda la maldad del mundo
ni el estoico Charles Bronson
pudieron hacerle sombra.

Claudia bajando del vagón
con su belleza italotunecina
inauguraba el cine, traía
las vías del tren
las medidas del progreso
el trazado de la civilización
sobre una tierra sin ley, un oeste
salvaje
que daba sus últimos coletazos
antes de su extinción inexorable.
Sergio pintó en cinemascope el lienzo
para el que Ennio había compuesto
una de las melodías más bellas de la historia del cine.

Los dos viejos amigos volverían a trabajar
juntos por última vez
para firmar el capítulo final
de esa crónica del paso
a la mayoría de edad
de un país fraguado bajo la ley
del fuego a quemarropa
en las calles, los alijos
de alcohol en los guetos
y la rutina de titulares
de prensa salpicados en sangre.

Pero Ennio volvió a Italia
para señalarte sin contemplaciones
a ti, que encerraste en una caja de viejos recortes de celuloide
los sueños esparcidos
por el camino pedregoso de la infancia
para acariciar el éxito -ahora tus paisanos te tratan de usted-
junto a una mujer en tu cama, que siempre es distinta
y que nunca le presentas a tu madre.

Hubiéramos sido siempre niños
bajo el sol de Sicilia. La patria
eran las letras encendidas del Paradiso,
el primer amor, la sabiduría de Alfredo.
Ennio Morricone le regaló a su hijo Andrea
la autoría del tema
que nos enseñó que solo
podemos recordar quiénes somos
mirando nuestro reflejo en los fotogramas
censurados de un paraíso remoto
en el que, sin movernos de una butaca,
todo era posible.