lunes, 6 de enero de 2014

Palabras para Nuria



Los Reyes han venido
adelantados
trayendo una muñeca
entre sus brazos.


Nuria, no llores,
que te traigo la vida
con sus colores.


Gramo tras gramo crece
sin impaciencia
la alegría de tu casa
y de la nuestra.


Duérmete, Nuria.
Te cantan una nana
bajo la lluvia.


Cambiando tus pañales
también se cambia
la oscura incertidumbre
por esperanza.


No tengas miedo,
ya verás que tu vida
se escribe en verso.






martes, 31 de diciembre de 2013

Porque estuvimos allí

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por do m'han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;
(Garcilaso de la Vega)


Frente a frente, hoy te miro y no vacilo un instante en reconocer que ha merecido la pena. Uno más. Y sí, claro que ha habido de todo: luces y sombras, sonrisas y lágrimas, cales y arenas pero ¿Qué buena película, qué brillante guion o qué misteriosa intriga se echan a andar con unos ingredientes distintos?

Tú lo sabes bien. Al final esas cosas nos curten, nos perfilan pero somos nosotros, siempre, los que vamos moldeando el barro húmedo para darle la forma que hemos imaginado tantas veces y, viendo el resultado, podemos decir que cada vez se parece más a esa figura, al boceto que dibujamos una vez, ilusionados, en el papel en blanco de aquellas tardes, proyectos de vida…

¿Y cómo íbamos a pensar que, a pesar de los nervios de la noche antes del examen o la incertidumbre de la larga espera, acabaríamos contemplando las estrellas bajo el cielo raso en una noche de verano, o que la inspiración vendría en el momento más inesperado como la brisa silenciosa y anónima de una mañana despejada en forma de fumata blanca, latina y pobre,  San Francisco predicando a los pájaros, o que Nuria extendería su mano diminuta para acariciar el mundo un mes antes del estreno?  Decrecer para crecer…

Y es verdad que han partido algunos de los grandes. El viejo Madiba cogió el barco después de una larga despedida y, aunque llevábamos tiempo esperándolo, es inevitable que nos entristezca después de una vida tan dilatada de entrega y lucha. Una vida, una vida es poco para conocer el mundo, para abrazarlo y comprenderlo y, sin embargo, nadie ha tenido más que eso, ni los más grandes ni los más pequeños, para llevar a cabo las más bellas empresas.


         También se fue  el maestro Argenta, el golpe de batuta que marcó el despertar de la magia de la música en nuestra infancia y hoy nos hace a muchos buscar caminos entre armonías ensoñadoras y pentagramas inquietos. La música, la literatura, el cine, el arte, la poesía, el telón de fondo, la banda sonora de nuestra vida, ese caleidoscopio privilegiado para ver el mundo a través del espejo de la belleza, dentro del laberinto, cadencias…

Y nos vimos, otra vez, como ese Chaplin de Tiempos Modernos , ingenuos e inconscientes, pero apasionados, inmersos, sin darnos cuenta, en el tumulto embravecido de la calle, convertidos en abanderados de causas ajenas y propias para alimentar la lucha por la justicia y prender antorchas de esperanza. Igual no conseguimos transformar nada más que nuestro corazón gélido e indolente, a lo mejor despertamos alguna búsqueda adormecida o dibujamos el vuelo de una mirada perdida, vivencias… pero estuvimos allí.

           Y se va poniendo, Miguel, “ el tiempo amarillo sobre mi fotografía”  y juntos  seguimos remando mar adentro y si Paulette Goddard me da la mano esta noche  yo me pierdo  con ella en el horizonte del último fotograma de este 2013 para darte las gracias  y desearte las mejores vivencias y cadencias para el 2014.

Feliz año nuevo.


martes, 24 de diciembre de 2013

Hoy que naces




Extraño, bello, frágil, contingente,
oculto y silencioso en lo profundo,
anónimo en la noche y en el mundo,
te haces uno más entre la gente.

Alientas con tu llanto generoso
la espera de la tierra y de los hombres.
Cercenas bajo el filo de tu nombre
la plácida doblez del poderoso.

Hoy que naces, sin prisa, sin tardanza,
acercas a la lumbre de esta casa
el barro de tu pan y tu justicia

y los dedos, rendidos de esperanza,
se hunden, sudorosos, en la masa:
semilla, levadura, sal, caricia.








jueves, 19 de diciembre de 2013

Estación de autobuses.



A pocos minutos de las ocho de la tarde, noche oscura y fría. El autobús, cerrado. Veinte o veinticinco minutos de parada reglamentaria. Los viajeros esperando fuera, ida y venida, el cigarro en la mano, una calada rápida, una mirada al reloj. Me acerco al autobús procurando no alejarme demasiado del bar que me proporciona la conexión wifi. De pie, delante de un banco, una voz masculina, educada. “Perdón”. No entiendo bien lo que viene después. Me giro y me acerco para que me lo repita. Son treinta y tantos largos o cuarenta, la cabeza despejada por la calvicie avanzada, una sudadera sencilla, las manos en los bolsillos. Buen aspecto. De nuevo “Perdón” y después que si tengo dos euros que le faltan para completar el importe del billete. Ahora me doy cuenta. Lo siento. El final de la intervención, la palabra vacilante, la mirada cabizbaja, el ademán inseguro te delatan. Concluyo, mucho antes de inspeccionar los bolsillos de mi cazadora, que no tengo nada suelto que ofrecer y me lamento para seguir caminando y perderme en la multitud que espera la apertura del autobús. Nueva destinataria: la chica sentada en el banco. La misma petición y negativa rotunda y aire despreocupado. Él se levanta, camina con disimulada intranquilidad. Se pierde, va y viene, señor mayor en el otro extremo de la estación, brazo en el hombro con gesto compasivo y vuelta al banco, ahora vacío, para sentarse, atusar el pelo con nerviosismo, intentar construir la fingida normalidad en la soledad del trasiego. Ida y venida y tú te quedas ahí y yo me monto en el autobús, me monto en el autobús o en el tren o en la vida mientras tú te quedas, como siempre y con los tuyos, te quedas en la estación, en la parada , en la puerta, en la frontera, en la periferia, sin que nadie te de los dos euros para emprender el viaje como todo el mundo y yo voy subiendo y una última mirada para ver lo que deja traslucir el cartel de peligro,  yonki, drogadicto y me asomo a la historia truncada, la familia abandonada, los sueños rotos, la juventud partida y me pregunto ¿Dónde queda la dignidad perdida? ¿Dónde se compra la esperanza?



sábado, 30 de noviembre de 2013

De concertinos y concertinas

Hasta hace pocos días y desde mi más tierna infancia pensaba que el concertino o concertina era aquél violinista aventajado que, situado en la primera fila frente al público y en el lado iquierdo del escenario, daba la afinación al resto de los instrumentistas antes de comenzar el concierto de una orquesta sinfónica.

Pero la lengua es un instrumento cambiante que se transforma a un ritmo mucho mayor de lo que pensamos para   reflejar las realidades nuevas que van surgiendo en el mundo y nuestro gobierno central, al que parece que esto de la música y la cultura no es algo que le entusiasme demasiado, se ha apresurado en darle un nuevo  y afilado sentido a esta palabra.

Se trata de las famosas cuchillas instaladas en la valla fronteriza de Melilla que el Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha calificado de “elemento de disuasión pasivo”.

El señor Fernández Díaz, que se define como cristiano y católico y es,  además, miembro supernumerario del Opus Dei, considera que dichas cuchillas provocan “erosiones leves ,superficiales” a aquellos que intentan sobrepasarlas.

Este santo varón es, además, quien ha suavizado sensiblemente su anteproyecto de Ley de Seguridad Ciudadana, que ahora contempla, por ejemplo, multas  de entre 1.001 y 30.000 euros por infracciones como  “La perturbación de la seguridad ciudadana que se produzca con ocasión de reuniones frente a las sedes del Congreso de los diputados, el Senado y las Asambleas Legislativas de las Comunidades Autónomas, aunque no estuvieran reunidos…” y “ Las ofensas o ultrajes a España, a las Comunidades Autónomas y Entidades Locales o a sus instituciones, símbolos, himnos o emblemas, efectuadas por cualquier medio, cuando no sean constitutivos de delito.”


Me imagino que se tratará de una serie de normas de disuasión pasiva a los ciudadanos que tan solo provocarán erosiones leves y superficiales en el ejercicio de sus derechos y  libertades.

Concertinas para defendernos de los de dentro y de los de fuera, pues mucho parece que es lo que hay que temer en ambos frentes ahora que la indignación se acrecienta en el espectáculo de una España en la que ve la luz  la LOMCE con el rechazo de toda la comunidad educativa y una gran parte de la sociedad mientras que la Justicia les impone penas irrisorias a corruptos como Fabra y Díaz Ferrán.

Y respecto a la inmigración y ahora que se acerca la Navidad, no me quiero ni imaginar cómo este devoto creyente y ministro hubiera gestionado la llegada de una pareja de inmigrantes no casados y con un bebé recién nacido huyendo por motivos políticos y buscando asilo en Egipto hace dos mil años.

Pero esto son solo reflexiones mías. Yo respeto  que cada uno viva su fe de puertas para adentro que es como debe ser y el tema de las concertinas no me afecta.

Al fin y al cabo, mi instrumento es el piano y el problema de la afinación, con llamar a Gabriel o a Wilburg una o dos veces al año, lo tengo solucionado.

lunes, 18 de noviembre de 2013

De utopías y distopías

La distopía es una ficción literaria o cinematográfica que proyecta la mirada desalentadora de un futuro apocalíptico caracterizado por la supremacía de las máquinas y la tecnología frente al sometimiento y esclavitud de la humanidad, el advenimiento de oscuros regímenes totalitarios o la contaminación de la naturaleza en un escenario desolado y desesperanzado para el hombre.

1984, Un mundo feliz o Blade Runner son algunos de los títulos más conocidos que han desarrollado estos inquietantes relatos de un mañana decadente y degenerado.

Hace algunos años, antes de descubrir el amor por la literatura clásica, devoraba con pasión los betsellers de Stephen King (muchos de ellos llevados con mayor o menor fortuna a las pantallas de cine) que alimentaban en mi toda la fascinación por el terror clásico en el que me había sumergido años atrás el maestro Edgar Allan Poe.

Uno de los libros que cayó en mis manos fue El Fugitivo, novela que responde a este esquema de la distopía.  

A pesar de ser una narración mucho más corta que los grandes éxitos del autor  como El resplandor o It, me llamó poderosamente la atención su visión de una sociedad en una profunda crisis económica y moral donde la necesidad y el hambre hacían estragos en una gran parte de la población y  esto motivaba la aparición de una serie de concursos televisivos que, sin ningún escrúpulo, aprovechaban los dramas individuales para ofrecer un macabro entretenimiento al que las personas, despojadas de su dignidad, acudían como un último recurso.

Así, en el programa Caminando hacia los billetes, una serie de enfermos cardíacos previamente seleccionados contestaban a preguntas mientras corrían sobre una cinta transportadora que aumentaba la velocidad a medida que se acumulaban los fallos.

En cambio, el programa de más éxito era El fugitivo, una emisión en la que el protagonista, seleccionado entre muchos aspirantes tras unas duras pruebas, se enfrentaba al reto de sobrevivir a una persecución por parte de los cazadores y de toda la sociedad. 
          Ante una situación de desesperación total, el individuo recurría a este concurso en el que por cada hora que se hallase en paradero desconocido, se les pagarían 100 dólares a su mujer  y a su hija.
Si no lo capturaban en un mes, ganaría el concurso y si  caía en manos de sus perseguidores , moriría, aunque el dinero  acumulado iría a parar a las manos de su familia, que atravesaba una precaria situación económica.


A la luz de esta lectura juvenil  he reflexionado muchas veces sobre  el papel de algunos programas de televisión y sobre el tratamiento de la persona y su dignidad, muchas veces relegado a un segundo plano frente al entretenimiento morboso y circense.

Recuerdo ese denigrante espectáculo que era el Juego de tu vida, un espacio en el que los concursantes sacaban a la luz y sometían a la prueba del polígrafo los detalles más  escabrosos de su intimidad e iban ganando más dinero cuando subían una escala creciente de morbosidad en las preguntas.
Casos reales o comedia nacional, el programa sacudía la dignidad y el respeto a la persona a golpe de billetes y carnaza televisiva.

En otro plano completamente distinto, me detenía , hablando con mis amigos hace unos días, en el programa de Televisión Española Entre todos. Había escuchado hablar de él pero no lo había visto hasta la semana pasada.


No dudo de las buenas intenciones de nadie pero creo que no vale todo y proyectar en primer plano las imágenes de personas asfixiadas por su situación económica  contando, entre lágrimas, su realidad y apelar a la compasión y la lástima de los espectadores para que llamen y les socorran no me parece la manera más adecuada de ayudar a los que peor lo están pasando.

En medio de uno de los últimos programas, unos estudiantes de Trabajo Social llamaron para denunciar que este modo de derivar la pobreza a la beneficencia  es desmontar el Estado del Bienestar y que es tarea de todo gobierno preocuparse de cubrir unos servicios básicos para que estas situaciones no se den.

Se trata, al final, deliberadamente o no,  de un acto paternalista en el que unos se sitúan en una posición privilegiada tendiendo la mano a los que están al borde del precipicio y esto , desde luego, no es atajar las causas estructurales que generan injusticia  y pobreza.
 Y señalar al pobre, poniéndolo delante de los focos suplicando ayuda, probablemente tampoco sea acercarse a él como un igual y reconocer su dignidad.


Muy diferente me parece la labor de los que, además de darle de comer al que siente necesidad inmediata, luchan contra la injusticia que alimenta la pobreza desde todos los frentes y siguen desafiando la etimología ("lugar que no existe") de la palabra utopía.




domingo, 10 de noviembre de 2013

Indumentarias


Me he llegado a este camino de concesiones prohibitivas
por intentar grabar mi estrella en el paseo de la fama.
He ocultado el Sol en una esquina
y he enterrado, en un frasco de cristal, el número premiado.


En la selva urbana
los maniquíes agonizan tras los escaparates
y los pisos vacíos lloran la nostalgia
del frenesí,
de las voraces fauces del mercado
y su implacable dictadura.


Leo periódicos que preconizan catástrofes en diferido
y veo a perdedores romper filas ante escuadrones de obscena indumentaria.


A pesar de todo
el amor se destila en gotas diminutas
que no se encuentran en los estantes de centros comerciales, perfumerías y multinacionales.


Cuando viene el frío me pregunto
¿Por qué seguimos luchando?
Cuando cae la noche pienso
¿Por qué seguimos despiertos?


La respuesta es una fina lluvia que anega, silenciosa, la sombra de nuestros pasos.


Dios o el dinero.


No puede ser.




Nosotros servimos a una causa más elevada.





(Fotografía: Samuel Aranda.http://www.samuelaranda.net/)